
Le pegaba con un cañón. De centro o de apertura, la patada de Pablo Cremaschi siempre impresionó, por su efectividad y potencia. Cuentan que en su provincia, Mendoza, en el torneo de la Unión de Rugby de Cuyo, metió un penal desde su propio campo con la camiseta de su club, Los Tordos. Era una de esas tardes ventosas, bien parecidas a cuando sopla el viento zonda, cuando marcaron una infracción en las 25 yardas de su propio campo. Pablo pidió palos, y con un tremendo patadón hizo pasar la pelota por el medio de la haches, haciendo gala de su potencia y dirección.
Su apellido ahora resuena en otro ámbito deportivo, la MLS, porque su hijo Benjamín juega en el Inter Miami junto a Lionel Messi, y fue clave en el partido frente a Dallas con un gol ni bien entrò desde el banco de suplentes y se hizo cargo del último penal para convertir el tanto que clasificó a su equipo.
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Pablo jugó en Los Tordos de Mendoza hasta el año 1996, el club azulgrana del que también surgió Gonzalo Bertranou, el medio scrum de Los Pumas que nos representará en el próximo Mundial de Francia, que comenzará en septiembre.
Cremaschi es el Puma número 487, jugó seis partidos para el seleccionado entre 1993 y 1995. Tiene un 100% de efectividad con la camiseta albiceleste, ya que ganó los seis que jugó, cinco desde el inicio y uno como suplente. El dato curioso, además, es que anotó 40 puntos en esos cotejos: tres tries, ocho conversiones y tres penales.
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Con Los Pumas debutó en Tucumán, el 15 de mayo de 1993 contra Japón. Una semana después volvió a medirse con los nipones, en la cancha de Ferro Carril Oeste. Su rival más importante fue Italia en 1995, compartiendo el plantel junto a figuras destacadas del rugby argentino, como Agustín Pichot, Lisadro Arbizu, Federico Méndez, Rolando Martin, Sebastián Salvat y Diego Cuesta Silva, entre otros. Ese, curiosamente, fue su último partido con el seleccionado.
Su récord personal lo consiguió en el Campeonato Sudamericano de ese año, en Asunción, cuando le marcó 22 puntos a Paraguay, en la goleada 103 a 9.
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“Boquita” como así le decían por su enorme boca, se mudó a Buenos Aires, donde formó parte del plantel de Alumni, entre 1997 y 2002. En 2001 integró el grupo que se consagró campeón del torneo de la URBA.

“En ese equipo no tuvo mucha participación como apertura, en general era el primer centro, ya que en esa posición jugaban Germán Krebs o Nacho Visser. Tenía un cañón en el pie. No sólo tenía un cañón en el pie, sino que pateaba a la antigua. Todos en esa época usaban arena. Pablo enterraba el talón en el pasto, hacía un pozo, ubicaba la pelota y desde ahí le pegaba. Era muy habilidoso con las manos, tenía una enorme calidad y entendía muy bien el juego, además de tener un tackle demoledor, porque era muy grandote. Jugando de primer centro (número 12) pesaba como 105 kilos, era un centro poco común. Si pasabas cerca, seguro, te ibas a acordar toda tu vida”. Así fueron los primeros recuerdos de Santiago Van der Ghote, un ex compañero de Alumni con el que jugó por aquellos años.
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En el 2001, cuando Alumni consiguió el quinto título de su historia tras nueve años, Pablo comenzó a viajar a Miami por temas laborales. Entonces empezó a jugar en la Intermedia, ya que sus compromisos laborales le impedían entrenar con la frecuencia adecuada. En el 2002 se fue a vivir a Florida, porque estaba en una empresa de publicidad que hacía cartelería en la vía pública. Fue allí para abrir esa empresa y se quedó a vivir.

“Pablo es una gran persona. Todos los de aquella época seguimos en contacto, tenemos los mejores recuerdos de él. Es un gran anfitrión, cuando alguno viaja a Miami él lo recibe de la mejor manera. Su mujer, Jimena Lara, fue jugadora de hockey en el seleccionado de Cuyo. Tiene cuatro hijos, Juanita, Benjamín, Santiago y Segundo. Juanita nació en la Argentina, los tres varones en los Estados Unidos”, comentó el Chino van der Ghote, campeón con Alumni como jugador en 2001 y luego como entrenador, en 2018.
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Boquita fue un pateador que no tenía barreras. Un goleador que dejó su impronta en Los Tordos, Alumni y Los Pumas, con su magnífica pegada como sello.
Ese mismo sello que hoy disfruta con su hijo, Benjamín, nada menos que gritando los goles junto al mejor jugador del mundo, Lionel Messi. Un lujo que saborea como una pelota cuando está en la red o como una conversión, con el vuelo de la ovalada metiéndose entre medio de las haches. En las dos, la de ayer o la de hoy, con un Cremaschi en el medio de la cancha.
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