Se hizo famoso por liderar la hinchada argentina en Qatar y volvió al país para celebrar una fiesta secreta: “La gente me agradece por la Copa”

El “Patovica de la Selección” le contó su historia a Infobae en el día de su cumpleaños

Guardar
La Fiesta Privada De Martin Muñoz El Patovica De La Seleccion

A Martín Ezequiel Muñoz pocos lo conocen como Martín Ezequiel Muñoz. El Patovica de la Selección es el apodo con el que los usuarios lo identificaron en las redes sociales por su exposición durante la Copa del Mundo en Qatar con la hinchada argentina y que él adoptó. De hecho, así figura en su cuenta verificada de Twitter. A siete meses de la proeza del equipo de Lionel Scaloni en Doha, uno de los tantos personajes albicelestes que saltaron a la fama por la fiebre mundialista se dio el gusto de volver al país para organizar una fiesta exclusiva, “secreta”, por su cumpleaños. Allí le compartió su historia a Infobae.

Es argentino, acaba de cumplir 32 años y reside en Australia desde 2017. Trabaja como personal trainer y seguridad en boliches. En las tribunas qataríes se hizo notar por su imponente físico y la ubicación, casi siempre a la vera de los carteles publicitarios y cerca de donde pasaban los fotógrafos autorizados del campo de juego. Su preponderancia entre los simpatizantes comenzó en el primer banderazo en Doha, cuando casi se arma una batahola con los aficionados de Túnez: “Hubo un quilombo bárbaro porque ellos estaban alteradísimos y querían pelear a full. Si volaba una sola piña, se armaba. No pasó porque nos manejamos bien nosotros”.

Lo del “Patovica de la Selección” surgió impensadamente en Qatar. “Empecé a ser tomado por las cámaras en las tribunas y tener exposición. Se corrieron rumores sobre quién era yo. Algunos decían que era el líder de los barras argentinos, otros que era el enviado del Chiqui Tapia para manejar la barra”, repasó Martín, que había pagado su pasaje en avión y estadía como cualquier mortal, con la excepción de que su país de origen era Australia y no Argentina. Ni tenía antecedentes en una barrabrava de un club de fútbol ni jamás había hablado con el presidente de la AFA.

Sí había sufrido en vivo con el seleccionado dirigido por Jorge Sampaoli en el Mundial de Rusia, mientras que también estuvo presente en la Finalissima contra Italia en Wembley en 2022 (no así en la Copa América que se adjudicó Argentina en 2021, ya que no se permitía el público por la pandemia del coronavirus). “Desde el Mundial dije que nunca más iba a dejar de seguir a la Selección y es lo que hice. Aparte me tienen como amuleto de la suerte. Si no voy y pierden, me matan”, infló el pecho este trotamundos que hasta llegó a ser stripper para juntar dinero. Tras la gesta en Qatar, viajó a Argentina para los amistosos en el Monumental y Santiago del Estero, a la vez que no faltó a China e Indonesia en junio.

El Patovica de la Selección
El Patovica de la Selección alentando a Argentina en el estadio 974 de Doha, frente a Polonia (REUTERS/Jennifer Lorenzini)

“Yo no soy barra, vivo en Australia. Imaginate lo que es el fútbol ahí, está lejos de haber barras. La selección argentina no tiene barra, hay pibes que son barras de algunos clubes, pero juntaron la plata como pudieron para ir y estuvieron en Qatar de alguna forma. De los que yo conozco, que son varios, ninguno fue bancado por nadie”, afirmó el ex “Patovica de Bagatelle” (así era su antiguo usuario de Twitter antes de vincularlo con la Selección), que también señaló cuál fue el clic para terminar de ganarse el respaldo del público argentino en Qatar. “El primer partido contra Arabia Saudita pareció que no hubo hinchada, no se escuchaba y eran todos árabes. Para el segundo se empezó a armar un poco más la cosa. Organizamos una caravana, un banderazo y fuimos al estadio todos juntos. Yo no conocía a ninguno de los pibes ni nada. No teníamos tickets para ingresar por la misma puerta y les dije a los chicos que, si empujaban, yo iba al frente y corría la valla para que se metieran. Salió un video en el que se me ve a mí en cuero manejando la toma de molinetes. Se ve que estoy hablando con la seguridad y pido que los dejen pasar”, rememoró.

Entre los partidos de la Selección, sus excursiones a los bares nocturnos que estaban habilitados para hacer fiestas en Doha y las caminatas por el centro de la capital qatarí, el Patovica empezó a tomar consciencia de su popularidad. “Me saludaba alguno en la calle, en el shopping o en algún gimnasio. No pensé que en Argentina iba a ser así. Hasta que vine acá, caí en verano y justo después de haber ganado el Mundial. No lo podía creer, la gente me agradecía, me decía ‘esto es tuyo, gracias’. Yo no jugué, yo cantaba en la tribuna nada más. Obviamente se entiende el fanatismo de la gente porque me vio a mí en la tribuna y el equipo empezó a ganar. Si hubiera sido al revés, me hubieran matado. Iba a ser ‘el mufa musculoso’”.

En las últimas semanas hizo lugar para un sello más en su pasaporte y se reencontró con amigos en la fiesta de cumpleaños que planificó durante meses. Lejos de renegar de su reconocimiento público, tiró la casa por la ventana e invitó a famosos del espectáculo, futbolistas y disc jockeys internacionales. La celebración en la que no faltaron bailarinas con “bottle service”, show de gogo dancers y música electrónica hasta entrada la madrugada tuvo lugar el fin de semana pasado en un bar secreto de la ciudad de Buenos Aires.

Su fiesta exclusiva fue en
Su fiesta exclusiva fue en un bar "secreto" de la ciudad porteña

LA HISTORIA DETRÁS DEL PERSONAJE

Desde pequeño jugó al fútbol en un club social de Burzaco. Es hincha de Boca -fanático de Juan Román Riquelme- y se desempeñaba como número 9, potente y de fuerte remate, aunque hoy está casi retirado de las canchas porque asume que su cuerpo está preparado para “estar parado empujando en una posición” y no para el fútbol. En uno de sus últimos picados duró apenas unos minutos porque se desgarró.

Cuando cursaba cuarto año del secundario, les planteó a los padres la posibilidad de abandonarlo definitivamente. En realidad lo echaron del colegio al que iba por mala conducta y tampoco le fue bien en el siguiente al que asistió, por lo que se resignó y a los 17 años empezó a trabajar (hace un tiempo finalizó los estudios secundarios en una escuela nocturna). A los 20, cuando sus entrenamientos decantaron por el powerlifting, una disciplina que consiste en la sumatoria de press banca, sentadilla y peso muerto, vendió todo, juntó dinero y viajó a Rusia en busca de entrenarse con Andrey Malanichev, el “Maradona” de su deporte. “Le escribí por Facebook y en un inglés medio rústico me respondió que fuera para allá. Renuncié al laburo en la oficina y de seguridad y me fui a la mierda, de caradura, sin hablar ruso ni mucha plata. El amigo con el que viajé se volvió a los tres o cuatro días. Yo me quedé viviendo en la casa de una pareja de rusos que se ofrecían por internet”, relató.

Su presentación con Malanichev fue casi inverosímil: “Un entrenador de 80 años, de esos típicos de la Unión Soviética, me dijo que lo esperara en el gimnasio si quería entrenar. Cuando entró el tipo, crujía el piso de madera. Tardó en reconocerme, pero cuando lo hizo me regaló un trofeo, un par de medias y nos empezamos a comunicar con dibujitos en un diario. Empecé a entrenar con él, hacerme amigo y mostrarme. Todos empezaron a preguntarse quién era yo. Lo acompañé a torneos y viajé. Vivía en casa de amigos o de mujeres a las que les hacía el papel de novio. Tomaba yogur y proteína, esa era mi comida. Y una carne de cerdo que comí durante tres meses pensando que era de vaca”.

Su aventura por Rusia se registró en el año 2012, cuando finalmente volvió a Argentina y retomó sus labores como seguridad en boliches, hizo custodias y hasta llegó a ser stripper: “Por los contactos de la noche y el cuerpo, se dio. Hice todo lo que puedas imaginar en la vida. Hasta lo que ves en las películas”. Un conocido lo invitó a competir en un torneo en Australia, vendió otra vez todos sus objetos valiosos y armó las valijas rumbo a Oceanía. Se desgarró un pectoral y se privó de participar en el certamen: esa lesión se repitió varias veces hasta que se le desprendió el tendón del pecho y tuvo que ser operado de urgencia. Tuvo un flechazo con Australia y allí empezó con las idas y vueltas desde Sidney a Buenos Aires. En 2017 tomó la decisión de no regresar más a Argentina.

Martín Muñoz en el partido
Martín Muñoz en el partido de octavos de final del Mundial frente a Australia (REUTERS/Bernadett Szabo)

Los inicios no fueron sencillos: recomendado por un amigo trabajó de madrugada en un gimnasio y vivía en una casa con 15 personas. “Al principio es un viaje de egresados y te cagás de risa, pero al mes, cuando tenés responsabilidades y hay un baño solo que se lava cada tres meses, te querés matar. Yo me levantaba a las 3 de la mañana y necesitaba dormir, comer seguido, era un quilombo para mí. Trabajé mucho, hice certificaciones de visas estudiantiles para estar más tiempo y conseguí otro trabajo en un boliche. Ahí empecé a hacer plata. Hace ya dos años que vivo solo”, confiesa.

Las lesiones le quitaron la posibilidad de potenciarse en el powerlifting, aunque no se queja de su realidad: “Me va muy bien, soy personal trainer, trabajo en dos gimnasios y estoy en un boliche. Cuando viajo, como ahora, les dejo mis clientes a un amigo. Estoy a cinco minutos de Sidney. Tengo mis cosas, una moto, un auto, un departamento lindo con pileta y gimnasio. Fui campeón nacional en 2014 y sigo siendo el mejor argentino de todos los tiempos en una de las categorías. Antes de dejar de competir, quiero hacer una marca que considero posible: son 900 kilos entre los tres ejercicios”.

Por último, repasó una anécdota del Mundial de Rusia, al que acudió con un par de amigos y con la ventaja de manejarse con el idioma local por su reciente estadía allí: “Caímos a Nizhni Nóvgorod, una provincia del interior como decirte Tucumán en Argentina. Viajamos 36 horas en tren, te colabas en los hostels, un desastre. La gente de ahí no había visto nunca un turista y de repente había un argentino que hablaba en ruso. A las mujeres les llamaba la atención y yo aprovechaba. Con mis amigos terminamos en una casa de campo gigante en la despedida de una chica que se iba a mudar a Inglaterra. Comimos y tomamos mirando un partido con los familiares. Estaban los padres, tíos y hasta niños. No entendíamos nada. La casa tenía una banya (sauna ruso), donde entrás desnudo y te hacen un tratamiento con hojas de eucaliptus. La madre de la chica que se despedía terminó cuidándome a mí porque había vomitado y a mi amigo, que se había caído y lastimado. Un desastre”.

En suelo oceánico no todo es color de rosa para él: “El problema de Australia es que es aburrido y yo soy bastante salvaje, no soy igual al australiano de Sidney ni en pedo. Es como que tires a un gorila dentro de una oficina”. Subraya un ítem a la hora de enumerar lo que extraña de Argentina y comparte una polémica reflexión: “La vida social, nada más. Tengo un montón de amigos, pero no soy de ponerme mal por extrañar algo, no me pasa. Estoy ocupado, hago cosas, entreno, trabajo. Cuando vuelvo, me encanta ver a mis amigos, la comida, que para mí es la mejor del mundo, el asado y los boliches y fiestas. Argentina está hecha para cualquier cosa menos para trabajar”.

Seguir leyendo: