
¿Hay algo que distinga especialmente los cuartos de final de un Mundial de fútbol?
Solo para empezar, una cuestión numérica fundamental: todo equipo que supere esa instancia habrá logrado el objetivo de jugar el máximo de partidos posibles en el torneo.
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Tal vez por eso no sea casual que cueste encontrar actuaciones avasallantes en esa instancia de los últimos torneos. Hace cuatro años, Francia e Inglaterra resolvieron módicamente ante Uruguay y Suecia, Bélgica superó ajustadamente a Brasil y Croacia necesitó penales para deshacerse de Rusia. En 2014, Brasil, Alemania y Argentina vencieron por la mínima a Colombia, Francia y Bélgica y la entonces Holanda resolvió por penales el dilema que le planteó Costa Rica.
Más allá del rival de turno, estoy convencido de que una instancia tan sensible enfrenta a los futbolistas a un adversario extra: la circunstancia.
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No es esta la única razón por la que es lógico ser prudente en la previa de la final (la cuarta consecutiva que deberá jugar el equipo de Scaloni) con Países Bajos. Ni por asomo.
Vayamos por una enumeración sucinta:
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- El rival no brilló especialmente en ninguno de sus partidos previos, pero mostró una solidez que no exhibió ninguno de los rivales argentinos hasta el momento.
- Su técnico, el admirado y cuestionado Van Gaal, es uno de los más complejos analistas del juego, que ha hecho un culto de convencer a sus futbolistas de ponerse en cuerpo y alma al servicio de su idea. Y de ser un minucioso lector de las características de sus rivales. Nunca nada librado al azar.
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- Parte de las virtudes neerlandesas –sobre todo el ataque a través de laterales disfrazados de extremos-, pueden desnudar las mayores debilidades de nuestro seleccionado.
- Cody Gakpo, figura sobresaliente a fuerza de definiciones entre explosivas y exquisitas, es, a sus 23 años, un futbolista que perfectamente puede aún estar descubriendo su techo de rendimiento.
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- Nuestro seleccionado, que dio una notable muestra de resiliencia desde el mismísimo momento en el que quedó prematuramente a una derrota de una eliminación sin precedentes, pareció, ante Arabia Saudita tanto como ante Australia, no tener una capacidad homogénea para absorber contratiempos.

Hasta aquí, parte del debe.
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Del lado del haber, un montón de matices se anteponen a las ilusiones naranja: la mencionada resiliencia, el nivel de los zagueros centrales, el éxito que han tenido casi sin excepciones los cambios resueltos por Scaloni y sus compañeros de cuerpo técnico, el afianzamiento de titulares inesperador como Mac Allister, Enzo Fernández o Julián Álvarez y la sensación de que varios de los puntos altos que tuvo en el aspecto individual el actual ciclo del seleccionado aún tienen mucho más para dar. Con Di María y De Paul a la cabeza, aunque entrada la madrugada qatarí nadie se animaba a asegurar su presencia en la noche del Lusail.
Pero, por encima de todo, la Argentina cuenta con un intangible, para mi gusto, torpemente subestimado por el entrenador rival: Lionel Messi y un instinto competitivo que lo mostró en el último partido como pocas veces en sus Mundiales.
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Es verdad que los argentinos nos acostumbramos a un equipo con Messi y ya no hiperdependiente del crack. Tan cierto como que la dinámica de este torneo trastocó todos los planes, desde la deserción de Lo Celso y la salida de la titularidad de Paredes hasta la incertidumbre por las molestias de Di María y De Paul; es decir, una sucesión de cuestiones impensadas que lastimó sensiblemente el corazón creativo del equipo.
La Argentina resolvió esos contratiempos con apariciones como las mencionadas pero, sobre todo, con un liderazgo extraordinario del mejor jugador del planeta.
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Los periodistas caemos constantemente en la tentación de imaginar escenarios en eternas previas que jamás responden a lo que sucede en el campo de juego. Personalmente, me cuesta imaginar otra cosa que una batalla áspera, cerrada, con pocas opciones de gol y, quizás, una definción más allá de los 90 minutos de juego. Ni que hablar si la Argentina saliera a la cancha jugando con tres zagueros centrales y dos laterales, casi en modo espejo del rival. Es probable que esas conjeturas respondan más a un deja-vu –Brasil 2014- que a un análisis desprovisto de las tensiones que, admito, me cuestan disimular 24 horas antes del juego.
Sin embargo, por encima de cualquier elucubración, el fútbol de gran parte del planeta tiene una sospecha bien fundada: difícil que este Lionel Messi virtuoso, tenaz, agresivo y hasta pendenciero resigne como si tal cosa la que puede ser su última chance de ganar lo único que le queda pendiente en su incomparable carrera.
Sus compañeros van detrás de ese destello. Y si el camino lo ilumina ese líder, para algunos, insospechado, todo sueño puede ser posible.
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