* Enviado especial a Doha, Qatar
Esta comunidad itinerante de argentinos que desembarcó en Doha durante los últimos días para acompañar a la selección argentina rápidamente generó sus propios códigos. Una especie de idioma particular, de costumbres, de rituales. Especialmente en el barrio Barwa, donde vive un gran número de seguidores de la Scaloneta. Entre esos asados ya característicos, torneos de fútbol relámpago y banderazos, un músico sacó el teclado a la ventana de su habitación una noche para darle forma a lo que sería un ritual.
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Matías Cesanelli tiene 35 años, pero pocos lo conocen por su nombre y apellido. “Mati Teclas”, el nombre artístico que lo acompaña, revoluciona cada noche el lugar con un show que va desde temas de cumbia hasta las habituales canciones de cancha. “Se dio así. Llegamos justo a nuestra habitación y tuvimos la casualidad que daba a planta baja. La primera noche estábamos tocando adentro, empezó a venir gente y se asomaba a la venta. Después entraban a la habitación. Ahí sacamos las cosas y empezó el ritual de tocar en las noches. A la noche es un show de horas y horas. La gente la rompe mal, el show lo hacen ellos. Yo solo acompaño con el teclado. Me pone muy feliz lo que se generó”, la cuenta a Infobae con la “voz rota” y avisando que justo hoy decidirá parar porque la fiesta post triunfo contra Polonia se extendió más allá de lo esperado.
La particularidad es que el músico es amigo de muchos de las estrellas de la Albiceleste, a punto tal que fue uno de los pocos que tuvo acceso a la concentración en Qatar University durante la estadía en Doha. “A la concentración fui a visitar, no toqué. Fui por la amistad que tengo con Exequiel Palacios, fui a tomar unos mates, estuvimos charlando. Después vi a varios de los chicos. Una locura tremenda estar ahí adentro. Ver todo, es increíble. No podía entender dónde estaba. Miraba para todos lados y decía, mirá dónde estoy, qué locura donde estoy sentado”, refleja.
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Si bien mantiene un vínculo más estrecho con Palacios, Thiago Almada, Enzo Fernández, Julián Álvarez o la familia Mac Allister, existe una relación de afecto o admiración con la mayoría de los integrantes del plantel: “En la concentración todo es hermoso, es algo único. Es un mundo aparte. Es tocar el cielo con las manos estar ahí adentro. La decoración, ver el logo con el “campeones de América”. Todas las fotos, tantas cosas lindas. La puesta en escena del lugar. Ver a los jugadores pasar por ahí, es todo muy loco. Fuimos a tomar unos mates, a charlar. Riéndonos, contándonos anécdotas. Compartiendo entre amigos normal”.
Sus redes sociales están minadas de imágenes con futbolistas de jerarquía o comentarios de ellos en sus posteos. Matías asegura que todo fue “boca en boca”, que eso le permitió ir metiéndose en este ambiente sin “planearlo” hasta convertirse en un habitué de varias fiestas o llegar al controlado búnker celeste y blanco. “Primero fue con Tito Canteros, que estaba jugando en Chapecoense. Ricky Álvarez... Todos me fueron ayudando un montón la verdad. Así se fue dando con la mayoría. Después lo conocí al Exe Palacios y ahí pegué amistad. Lo mismo con Thiago Almada. Con la mayoría muy buena onda”.
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Este momento de inesperada revolución, de parte de un ritual, lo encuentra en un momento especial de su vida. Ese nenito que a los 4 años se largó con el teclado y después aprendió el acordeón no tuvo una vida fácil. Intentó ser futbolista en el Club Ideal de Villa Lugano, pero si bien el deporte no terminó siendo su destino, ese entorno social le permitió desarrollarse en su otra pasión. “Siempre tocaba el acordeón en el salón del club. Y después empecé a tocar en bares, en la calle, en todos lados. Lo mismo con el teclado. Venían mis amigos y veía que se generaba algo copado cuando tocaba. Siempre toqué solo, toda la vida”, cuenta después de “trabajar de todo” hasta poder vivir de la música desde hace una década.
“No iba a venir al Mundial, se decidió muy sobre la marcha. Estaba pasando un momento personal delicado y no sabía si iba a venir. Mismo cuando sacamos los pasajes dudé. Vine con tres amigos más y caímos al Barwa porque no conseguíamos hospedaje sinceramente. Nos estábamos volviendo locos. Acá se vive algo especial. Mucha gente que había venido a Mundiales me decía que se vive algo especial y es así. Tenés que estar acá para entenderlo. Muchas culturas, muchas costumbres”, aclara.
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El sábado será otra jornada especial para él. Una de esas que, espera, termine con otro show interminable con cientos de compatriotas mientras suenan los hits del ritual del Barwa: “Los que más suenan son “Muchachos”, “Esta es la banda loca de la Argentina” y “Vamos Argentina, sabés que yo te quiero””.

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