
* Desde Qatar
Es probable que muchos de ustedes hayan oído hablar de Dante Panzeri sin demasiado registro de la profundidad que tuvo realmente su aporte a la historia del periodismo argentino, mayormente, pero no solo, especializado en deportes.
Panzeri fue el más prolífico, contundente e inspirador hombre de medios que conocí -”gracias también por esto, añorado Abuelo Diego”- y, seguramente sin proponérselo, el que más enseñanzas nos dejó dentro del rubro.
Fue él y no otro quien desmitificó la remanida y aún vigente idea de que “el periodista debe ser objetivo”; el mero hecho de publicar una noticia en lugar de otra, por inocuas que sean ambas, ya convierte esta presunta mezcla de tibieza y falacia en un acto subjetivo.
Es más. Panzeri se animó a desarrollar la idea de que, de tanto en tanto, el cronista no debe sentir temor a caer en cierta parcialidad.
Al fin y al cabo, las sensaciones, los gustos y el sentido de pertenencia condicionan lógica y hasta necesariamente nuestra forma de ver los asuntos.
Esta extensa introducción tiene cierto aroma a mantra culposo: imposible ejercer la objetividad y hasta la imparcialidad cuando se vive una noche como la del Lusail. Una noche que pudo perfectamente terminar con un desplante sin precedentes para la historia de nuestro fútbol; eso y mucho más hubiese sido quedarse fuera del Mundial en la segunda fecha de la fase de grupos.
Aquello de que a veces no se puede evitar cierta parcialidad tiene que ver, en este caso, con un doble factor: el de la pasión futbolera y el profesional.
Por un lado, ¿cuánto sentido tiene un Mundial de fútbol sin varios de los últimos orfebres del Siglo XXI? ¿Cuánto tardaremos en corroborar que existen futbolistas merecedores del trono que comparten fenómenos de la dimensión de Cristiano, Neymar, Modric o Mbappé? Desolación estética. Eso y tantas otras cosas hubiese sido ver a Lionel Messi retirarse derrotado ante los mexicanos.
Por el otro, aun desde un concepto universalista de la cobertura de esta competencia, ¿para quién se canta desde un escenario repleto de árabes, franceses, ingleses, belgas o ecuatorianos pero ausente de argentinos? Difícil resetear tantas décadas de chauvinismo mundialista si, apenas una semana después de comenzado el torneo, el equipo de Scaloni se hubiera tomado el avión de regreso.
Desde ya que somos un montón los que, aun sin la Argentina compitiendo, nos dejamos llevar por el disfrute de esa energía inexplicable que genera un torneo como éste. Pero los desafío a imaginar como hubiese sido este domingo si, promediando los últimos minutos del primer tiempo, el seleccionado no hubiese empezado a construir, casi como caminando sobre asfalto quebrado, una victoria que, para los de afuera y para los de adentro, tuvo, por encima de todo, sabor a alivio.
Aún envuelto en una tensión que ya creía desterrada de la maleta de emociones, hubo una jugada, la que terminó con un híbrido de centro y remate de Gonzalo Montiel, que me dio la sensación de que, pasada más de media hora de partido, la Argentina comenzaba a hacerse amiga de la pelota y de su propia historia reciente.
Como pasa cada vez que se tiene la sensación de que algún maleficio anda merodeando sus deseos, costó aceptar que, efectivamente, el equipo comenzaba a gestar un triunfo imprescindible. Y merecido.
Ya ante Arabia Saudita nos habíamos comprado un conflicto innecesario. ¿Por qué, entonces, seríamos capaces de torcer el destino?
No fuimos pocos a los que, ni siquiera la maravilla de Messi, nos sacó de un asfixiante escepticismo. Solo después de ese momento sublime en el que Enzo Fernández nos avisó que hay un futuro que ya llegó pude sacarle punta a un lápiz que, durante casi noventa minutos, no pudo bosquejar ni el mínimo apunte sobre un partido que debe haber sido de lo más flojo del torneo (Panzeri tampoco aconsejaba descartar la imparcialidad, aun en los momentos de mayor euforia).
Solo después de ese segundo gol comenzamos a desmenuzar una actuación que fue indudablemente de menos a más, que tuvo como cómplices decisivos a cuatro factores principales: la inusitada ligereza del equipo mexicano, las variantes que realizó el banco argentino, la capacidad del equipo de recuperar la memoria esquivando finalmente el triste episodio más reciente y la inconmensurable vigencia de Lionel Messi. En un partido que parecía morirse entre la reticencia mexicana y la impotencia argentina, el capitán volvió a demostrar que, además del más amateur de los profesionales, es un animal competitivo que no podía dejarnos vacios de Mundial.

Siempre que se vive una jornada como ésta, tan llena de nervios, tan repleta de angustias y euforias inexplicables –¿cuántos goles gritamos recientemente tanto como los dos de ayer?-, la abundancia de detalles explicaciones y variantes de la crónica periodística termina empalagando desde lo remanido. De tal modo, solo voy a permitirme un poco de cautela: no tengo dudas de que, así como el primer gol árabe nos llenó tanto de dudas que se convirtió en una autopista veloz camino al segundo y convirtió en rígidas las piernas durante un largo rato del cotejo con los mexicanos, la victoria de ayer seguramente será un disparador de confianza que ayude a que los muchachos recuperen la parte de la memoria que todavía parece distante.
Sin embargo, es falsa la sensación de fiesta que tuvimos casi todos en Doha y en cada rincón del planeta en el que habite un corazón celeste y blanco. Así como no me animaría a sugerir que la Argentina sea la gran candidata al titulo, sí creo que tiene potencial y argumentos para aspirar a un Mundial de siete partidos. Para eso falta, todavía, una enormidad. Y quedarnos fuera de los octavos por segunda vez desde 1962 todavía es algo que asusta desde el horizonte.
Que esto no suceda dependerá, para mi gusto, de la principal variable que tiene la alta competencia. Que no son ni el saque ni el drive en el tenis, ni la plasticidad en la gimnasia, ni la puntería en el tiro con arco, sino la capacidad mental para que el talento, la dedicación y la práctica tengan sentido.
Ninguno de nuestros futbolistas es un negado. Todos merecen ser una vigesimasexta parte del plantel. Simplemente deben refrendarlo recuperando la frescura emocional que se fue al subsuelo en esos ocho minutos fatídicos ante los árabes y que, quién sabe, tal vez se haya recuperado en el mismísimo momento en el que Messi y Enzo Fernández nos ofrecieron esa maravillosa versión qatarí del abrazo del alma.
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