De jugar en San Lorenzo y ser verdugo de Brasil con la Selección a manejar el cartel electrónico de un estadio y recibirse de perito accidentológico

Víctor Hugo Ferreyra surgió de Racing de Córdoba y edificó una carrera que lo llevó al fútbol escocés y japonés. Tras el retiro, tuvo que reinventarse: “Vivís en una burbuja y, cuando dejás, todo se acaba y chocás con la realidad”

Ferreyra, junto al Beto Acosta y Darío Siviski en San Lorenzo
Ferreyra, junto al Beto Acosta y Darío Siviski en San Lorenzo

“Cuando dejás el fútbol, todo se acaba y chocás con la realidad. Ponés los pies sobre la tierra, porque cuando sos futbolista vivís en una burbuja, ya que no pagás impuestos, te alquilan tu casa, comés gratis en los restaurantes, te dan el auto que vos querés. En definitiva, vivís en otro mundo. El problema es cuando dejás todo eso y tenés que tener los huevos bien puestos para bancarte esa situación y salir a pelearla para llegar a fin de mes”. De esta manera, se presenta Víctor Hugo Ferreyra, delantero que se desarrolló en varios clubes argentinos, además de haber pasado por el fútbol de Escocia y de Japón.

El Gallo, por su parecido vocal con el Gallo Claudio, el icónico dibujo animado, nació futbolísticamente en Racing de Córdoba. Debutó en 1984 en Nueva Italia y durante cuatro años convirtió 12 goles, lo que le permitió pegar el salto a San Lorenzo de Almagro, pedido por el ex entrenador Héctor Bambino Veira.

“Integré un grupo espectacular como Los Camboyanos, más allá de todas las carencias que tenía el club. Nos bañábamos con agua fría. No teníamos ropa para entrenar. Entrenábamos por la mañana en los bosques de Palermo, y por la tarde en otra plaza o parque de Capital Federal. A la Ciudad Deportiva íbamos únicamente a practicar fútbol, en unas canchas que no eran como las actuales. Fueron épocas muy duras en el club de Boedo. Hoy, los jugadores viven en cuna de oro”, recuerda el ex atacante que marcó 10 tantos en 80 presentaciones con la camiseta azulgrana.

El oriundo de Rio Tercero tuvo sus experiencias internacionales en el Dundee escocés y en el Urawa japonés entre 1991 y 1993. En la temporada 93/94 volvió a su provincia natal para disputar 18 partidos en Belgrano. Luego pasó un año a Talleres, recaló en Estudiantes de La Plata y en Argentinos Juniors.

También, el Gallo Ferreyra fue convocado a la selección argentina en la era Basile en 1991, marcando un recordado gol de media vuelta en un amistoso ante Brasil que finalizó 3 a 3.

A los 36 años, finalizó su carrera jugando en el Nacional B con Douglas Haig de Pergamino. ”Cuando colgué los botines, me dediqué a estudiar para terminar el secundario. Además, puse una panadería que tuve que cerrarla porque quebramos. Posteriormente, trabajé en el autotrol del Chateau Carreras (hoy Mario Kempes) y me recibí de perito accidentológico. Me alejé del ambiente del fútbol porque no me interesaba”, cuenta sobre su pasado laboral.

Asimismo, agrega: “Duele no ser reconocido en Córdoba porque hice la mayor parte de mi carrera en esta provincia. Tendría que ser un poco más agradecida la gente cordobesa por todo lo que le dimos los ex jugadores” remarca el hombre de 58 años, en un mano a mano con Infobae.

-¿Qué es de tu vida, Víctor?

-Estamos radicados en Córdoba hace muchos años. Soy perito en accidentologia y estoy trabajando en un estudio jurídico.

-¿Cómo llegaste a trabajar en eso?

-Cuando colgué los botines, me puse a estudiar y terminé el secundario. Al mismo tiempo, estaba jugando al fútbol en un colegio de Abogados y me hice amigos de varios que me tiraron para ese lado. Luego de recibirme en el secundario, averigüé por esa carrera y me gustó.

-¿Estás viviendo bien?

-Sí, estoy tranquilo porque hago lo que me gusta. Se puede decir que estoy bien, dentro de todo. Viste cómo está la situación en Argentina, bastante convulsionada, y no podés decir que estás bien porque en cualquier momento la podés pasar mal, ya que no sabés lo que podría llegar a pasar mañana. Económicamente estoy bien y llego a fin de mes, la verdad que no me quejo.

-¿A qué te dedicaste una vez que colgaste los botines?

-Puse una panadería grande donde laburaba junto a mi viejo. La tuve muchos años hasta que quebramos; nos fue mal. Después, me largué a estudiar, trabajé en el autotrol en el Chateau Carreras (hoy, Mario Alberto Kempes) y luego arranqué como perito.

-¿Cómo nació tu trabajo en el autotrol?

-Tengo un amigo abogado que fue presidente del estadio Chateau Carreras de Córdoba y me llevó a trabajar en la parte del autotrol. Un día trabajé como acomodador en la sala de prensa del estadio. Llegaban los periodistas y los iba ordenando en la tribuna. Luego, volví a manejar el cartel lumínico del estadio. Actualmente, existe el tablero electrónico, pero cuando yo trabajaba lo manejábamos desde una cabina con una computadora muy vieja que se había estrenado en el Mundial 78. Ahí poníamos la alineación de los equipos y los cambios. Estaba buena esa labor porque veía el partido también.

-¿Cuánto hace que estás alejado del ambiente del fútbol?

-Desde que dejé el fútbol en el 2000, tenía 36 años cuando me retiré. Me alejé porque no hice el curso de técnico ni seguí ligado de alguna manera, salvo cuando trabajé en el autotrol. Pero no me interesaba estar ligado al ambiente del fútbol, a pesar de que siempre tuve una buena relación con mis ex compañeros. La verdad es que nunca se me dio ser entrenador ni nada que se le parezca.

-¿Por qué?

-El ambiente del fútbol ha cambiado bastante con respecto a cuando jugaba. En mi época, los representantes no existían, salvo para aquellas figuras que se destacaban en Europa. Yo nunca tuve representante. Recién conté con uno cuando me fui a Japón por intermedio de Manolo Corrado, quien me llevó al Urawa Reds y luego me permitió regresar a Belgrano, pasar por Talleres, Estudiantes de La Plata y Argentinos Juniors. Cuando arranqué, no tuve un agente,

-¿Los representantes llegaron para hacerle bien al fútbol?

-No me gusta que un chico de 11 años tenga representante, me parece un poco mucho. Recién debería tener representación a los 17 o 18, cuando está por llegar a la Primera División. Hoy, está bueno tener un agente que te acerque a un club, que te oriente y que te guíe porque nosotros no lo tuvimos y nos hubiera hecho mucha falta.

-¿Para qué?

-Para manejar bien el dinero que ganábamos. Para eso, es ideal contar con un representante que te ayude a manejar la plata. Tener a uno de confianza que te guíe y te diga “vamos para allá o para acá”.

-¿Cómo te fue con el manejo de tu dinero?

-No me fue bien, y me tendría que haber ido un poco mejor sí tenía a un representante que me asesorara. Igualmente, no hicimos una fortuna como lo hacen los jugadores actuales. Pero si hubiera tenido a alguien que me ordenara las cuentas hubiese sido lo mejor. Nunca fui de jugar ni de derrochar plata. Tampoco era de salir, ni de gastar sin sentido, pero cuando la invertí en negocios como la panadería me fue muy mal; hice malos negocios.

-¿Se puede tener amigos en este ambiente deportivo?

-Es difícil, son muy exitistas todos. Cuando estás arriba, tenes muchos amigos porque salís en televisión, viajas, venís, te conocen y a estos “amigos” les gusta estar a tu lado para ingresar a un boliche, a una cancha, para comer gratis en un restaurante o para que le regales una camiseta. Pero cuando estás abajo, esos mismos “amigos” desaparecen. Son los “amigos del campeón”, como decía Diego Maradona. No están siempre, sólo cuando estás bien. Yo tengo cuatro amigos de la infancia que estuvieron siempre, que son amigos de la vida, no del fútbol, y los únicos que me han quedado.

-¿Los otros se borraron de un día para el otro?

-Sí, se van borrando. Cuando dejás el fútbol, todo se acaba y chocás con la realidad. Ponés los pies sobre la tierra porque cuando sos futbolista vivís en una burbuja. No pagás impuestos, te alquilan tu casa, comés gratis en los restaurantes, te dan el auto que vos querés. En definitiva, vivís en otro mundo. El problema es cuando dejás todo eso y tenés que tener los huevos bien puestos para bancarte esa situación, ya que pasás a estar en tu casa todos los días y debés salir a pelearla para llegar a fin de mes.

El Gallo, junto a Claudio Paul Caniggia en su etapa en Argentinos
El Gallo, junto a Claudio Paul Caniggia en su etapa en Argentinos

-¿Te usaron mucho esos “amigos del campeón”?

-No sé sí me usaron mucho, porque tampoco yo era un gil. Pero sí te usan en el sentido de que están con vos por interés, por una camiseta, por una entrada a la cancha, etcétera.

-¿Cómo manejaste ese momento de abandonar el fútbol y chocarte con la realidad?

-Siempre fui la misma persona jugando o no al fútbol. Nunca cambié y fui el mismo en todo momento. No me afectó tanto el retiro como futbolista, ya que lo hice cuando quería hacerlo. Sabía que en algún momento iba a llegar ese día y me fui preparando.

-Debutaste en Racing de Córdoba y pasaste a San Lorenzo de Almagro. ¿Te movió el piso el hecho de recalar en un equipo más popular?

-No. Yo llevé a cabo todas las Inferiores en el club de Nueva Italia. Debuté en Racing, que es un equipo chiquito de Córdoba, y de ahí salté a San Lorenzo donde me tocó andar bien, pero seguí siendo el mismo siempre. Me acuerdo de que cuando llegamos a Buenos Aires junto al Beto Acosta, quien arribaba desde Santa Fe, estábamos los dos en la misma situación, ya que ninguno había pisado antes la Capital. Era la primera vez que salíamos de un club chico para llegar a uno más popular. Así que nos encontramos ahí y vivimos muchas cosas juntos.

-¿Cómo cuáles?

-Él vino a mi casa a dormir, yo fui a la suya; y fuimos de luna de miel juntos a Villa Carlos Paz. Paramos en el mismo hotel, cada uno con su mujer.

-¿Qué balance hacés de tu etapa en San Lorenzo?

-Muy buena. Integré un grupo espectacular con Darío Siviski, Ángel Bernuncio, Sergio Marchi, Luis Malvárez, Acosta, Pipo Gorosito. Se armó un lindo grupo, más allá de todas las carencias que tenía el club.

-¿Qué problemas padecieron?

-No teníamos agua caliente para bañarnos, sino que lo hacíamos con agua mineral; por algo nos definieron como Los Camboyanos. Nos bañábamos con agua fría y no teníamos ropa para entrenar; se vivía de otra manera. Entrenábamos por la mañana en los bosques de Palermo y por la tarde, íbamos a otra plaza o parque de Capital Federal, y hacíamos fútbol en la Ciudad Deportiva, que no eran las canchas que hoy tienen. San Lorenzo no tenia estadio en ese momento. Fueron épocas duras del club de Boedo y los jugadores de ahora viven en cuna de oro.

-¿Qué recuerdos tenés de haber integrado Los Camboyanos?

-Que llegamos a las semifinales de la Copa Libertadores 88 y ganamos tres liguillas pre-libertadores para clasificar a dicha copa. Era un grupo bárbaro. Nos costaba entrenar en la semana por las dificultades que atravesamos, pero el domingo nos matábamos en la cancha, y siempre con la mentalidad de salir a ganar, hayamos cobrado o no nuestro sueldo. Nos bañáramos con agua fría o caliente, el domingo salíamos a ganar como fuera.

-En tu llegada al Ciclón, ¿fuiste dirigido por el Bambino Veira?

-Sí, un divino, te dejaba jugar. Además, la charla técnica duraba 10 minutos. Te hacía todo fácil y le entendías claramente lo que te decía. Un monstruo como entrenador.

- Notaste algún cambio al pasar del club de Nueva Italia al Ciclón del Boedo?

-Sí, en el sueldo obviamente, que era importante y también percibía una prima. Yo venía a San Lorenzo a ganar un poco más de dinero. Aparte, me iba a un equipo grande de Buenos Aires. En mi época, todos los jugadores querían hacer las cosas bien en sus clubes para saltar a los más populares de Argentina. En ese momento, Racing estaba en Primera División y cuando venían a jugar Boca, River, Independiente perdían, porque estábamos afilados y le ganábamos.

-El entrenador de la Academia cordobesa era Pedro Marchetta. ¿Qué enseñanza te dejó?

-Un monstruo, un técnico bárbaro. Acá en Racing formó un gran grupo de trabajo y lo mantuvo al club siempre en Primera División. Teníamos, además, un buen plantel con Noriega, Coloccini, Amuchástegui, Gasparini, Oyola, Ramos, que eran jugadores importantes.

-¿Es cierto que jugando en San Lorenzo en una fiesta te ofrecieron droga?

-Sí, sí, en algún momento sí. Habíamos ido a una fiesta con varios compañeros y estaban esas cosas arriba de la mesa. Había de todo. Yo respeto todo lo que hace el resto, pero obviamente que no era la onda nuestra.

-¿Quiénes te ofrecieron?

-Pusieron arriba de la mesa, nada más. No sabemos quiénes eran.

-¿Te sorprendió?

Sí, por supuesto, porque nosotros no teníamos nada que ver con esa movida. En su momento no lo comenté porque no fue algo que me haya tocado a mí. Solo vi de casualidad y nada más. En mi época, en el ambiente deportivo, nunca vi nada de eso. Sí lo vi en esa fiesta, pero nada más. Pasamos, vimos eso y nos fuimos, no nos gustó ese ambiente.

La figurita, testimonio de su paso de por Dundee United de Inglaterra
La figurita, testimonio de su paso de por Dundee United de Inglaterra

-¿Haber jugado en San Lorenzo te permitió ser convocado a la selección argentina del Coco Basile?

-El rendimiento en el Ciclón me llevó al seleccionado y ese tipo de convocatoria es todo lo que un jugador quiere y espera. Me tocó entrenar durante varios meses, y puede disputar tres amistosos. Es lo máximo que te puede pasar. Enfrenté a Brasil, Hungría y México. Frente a los europeos arranqué en el banco, pero en los otros dos fui titular. No me convocaron a la Copa América 91 porque me fui a al Dundee de Escocia. Si me hubiera quedado, hubiese disputado el torneo de selecciones sudamericano, pero desaparecí del radar del seleccionado porque nadie sabía de mí.

-¿Qué tal es el fútbol escocés?

-Un juego muy parecido al inglés en ese tiempo. Muy de fuerza, de choque y puramente físico. Estuve tres años y medio, que fueron muy buenos; me gustó mucho. Aprendí el idioma, socialmente me incluyeron y son buena gente; mis compañeros me trataron bien. Recuerdo que las tribunas no tenían alambrado y, sin embargo, no pasó nada y se comportaron civilizadamente. Es una sociedad muy educada.

-Luego, recalaste en Japón. ¿Fuiste de los primeros argentinos en jugar en esa liga?

-Sí. El primero que pisó suelo japonés fue Fernando Moner en 1988. También Sergio Escudero, que después se convirtió en director técnico en esa liga. Cuando ellos arribaron todavía era un fútbol amateur. Cuando llegué el primer año, arrancaba la era profesional y ahí empezaron las incorporaciones. Era un juego totalmente distinto al de otras ligas. Los japonés son muy obedientes con las indicaciones tácticas del entrenador. La gente va a la cancha como si fuera el teatro y si gana o pierde le da lo mismo. Sí pierden 4 a 0 se van tranquilos a sus casas porque nadie les dice nada. Es una sociedad distinta. Cada ciudad construyó su estadio para arrancar la liga profesional.

-Tras tu estadía en Japón, ¿volviste a la Argentina?

-Sí, retorné a Belgrano, pasé por Estudiantes, Talleres y volví a Buenos Aires para jugar en Argentinos Juniors y terminar mi carrera en Douglas Haig. Somos muy pocos los que jugamos en la T y en el Pirata. Me faltaría jugar en Instituto y cartón lleno (risas). Donde tuve un muy buen paso fue en el Pincha, ya que la pasé muy lindo y compartí plantel con muy buena gente como Rubén Capria, Juan Sebastián Verón, Martín Palermo, José Luis Calderón; un grupo muy lindo. El Loco y la Bruja estaban en el banco de suplentes, pero ya se les veía pasta de cracks.

-En Belgrano o Talleres, ¿te recriminaron alguna vez que jugaste en el rival de toda la vida?

-Nunca. Porque en los dos conjuntos más populares de Córdoba lo hice de la mejor manera, y defendí la camiseta a muerte, yendo al frente como lo hice en todos lados donde estuve.

-¿Te reconoce la gente en Córdoba?

-El cordobés no es de reconocer a los ex jugadores. En Buenos Aires me reconocen un poco más. En mi provincia no nos reconocen tanto por todo lo que hicimos por el fútbol local.

-¿Te duele?

-Me duele porque hice la mayor parte de mi carrera en esta provincia. Tendría que ser un poco más agradecida la gente de Córdoba. Pero es histórico que a los jugadores cordobeses no se los reconozca en su lugar de nacimiento.

-¿Conservás camisetas de tu trayectoria como futbolista?

-No, no conservo nada. Tuve camisetas, pero las regalé todas. Del futbol no me guardé nada, sólo recuerdos y fotos. Nunca se me dio por guardar casacas porque no les di importancia.

-¿No te gusta?

-No. Las que tenía, las cambiada y sí venían a pedírmelas, se las regalaba a mis hermanos y amigos. La única que conservé fue una de la selección argentina, pero la perdí, no la encuentro por ningún lado. Esa la había guardado, pero desapareció.

-¿La vendiste?

-Esa no. Otras sí. Una de Argentinos Juniors y otra de Estudiantes. Me las pidieron y me dijeron “te las compro”. Me ofertaron dinero y las vendí.

-¿Lo hiciste porque necesidad económica?

-Sí. A nadie le viene mal un dinerito de más (risas). Pero no soy de conservar esas cosas. Lo único que guardo es un museíto que me armaron mis viejos con fotos que tengo, por ejemplo, con el Beto Acosta o cuando disputé los amistosos con la selección argentina. También, cuando me desempeñé en San Lorenzo y un par de imágenes más.

-¿Por qué te dicen Gallo?

- Cuando arranqué en Racing me lo puso el Pato Gasparini, porque cuando hablaba me parecía al gallo Claudio y me quedó para siempre (risas).

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