
Soraya Jiménez sabía que la historia le aguardaba un sitio en el olimpo. A 12 mil kilómetros de distancia, su hazaña hizo latir a todo un país. Se convirtió en la primera mujer mexicana en ganar una medalla de oro en unos Juegos Olímpicos y terminó con 14 años de sequía desde Los Ángeles 84. Artífice del instante que rompió en dos la historia del olimpismo mexicano para siempre, en ese suspiro pleno de concentración iba reflejado el esfuerzo innato que la llevó a la victoria. Cada segundo que pasaba era un paso hacia la gloria eterna o hacia la derrota sin remedio. Había que levantar los 127. 5 kilogramos contenidos en esas pesas, porque en ese momento cargaba en realidad con todo un país: con sus expectativas, con sus sueños, con sus ganas de gritar un triunfo.
Un viaje en el tiempo al nuevo milenio
Es la primera vez en los unos Juegos Olímpicos que las mujeres compiten en levantamiento de pesas. Y Soraya sabe que esta oportunidad es inmejorable, que no hay alternativas ni dilemas: viajó hasta el otro lado del mundo con la única intención de volver con una medalla colgando en el cuello. El camino ha sido sinuoso. Jamás dudó de su capacidad. Desde niña supo que estaba hecha para los deportes. Pero las vías que la han llevado hasta Sídney, este 18 de septiembre del 2000, han sido extrañas. Mucho azar, sí, pero también el empeño natural de quien se sabe que la victoria le espera en algún lugar.
Desde chica practicó baloncesto y bádminton. Su tenacidad y persistencia la hacían una competidora de cepa. Pero a la halterofilia la encontró por casualidad. Casi se puede decir que la halterofilia la encontró a ella y no al revés. Lo que empezó como un pasatiempo terminó por convertirse en su boleto a la eternidad. Su habilidad fue detectada rápidamente por sus entrenadores, quienes, sorprendidos por su capacidad para levantar grandes cantidades de peso, la motivaron a profesionalizarse. Aquellos entrenadores tuvieron don de profetas. Pero Soraya nunca dudó. La determinación no entiende de buena o mala suerte. Ella se sabía ganadora por derecho propio.

Los primeros Juegos del nuevo milenio. Más simbólico no puede ser. Más significativo, tampoco. Su abuelo murió hace unos días. Si toda gesta heroica debe tener un tinte de tragedia, la cuota ha sido pagada. Pero la fuerza de Soraya es irrevocable, a prueba de todo. Jamás nadie podrá decirle que no puede. Porque las agallas no se regalan. Se tienen o no. Sabe lo que es convivir con el éxito. Triunfó en los Juegos Centroamericanos y en los Juegos Panamericanos. Ya para nadie es sorpresa que su nombre tenía pinta de oro. Ella se lleva bien con la presión. No la incomoda. Desde Naucalpan hasta Sídney, una vida demasiado rápida. Con 23 años, es dueña de su destino.
Ya levantó 95 kilogramos, en la arrancada. Su rival, la norcoreana Ri Song Hiu, no ha tenido el mejor día. Todo se conjunta. Las circunstancias conspiran a su favor. A 127.5 kilogramos de la gloria todo toma sentido. Recuerda la falta de apoyo. Recuerda que tuvo que buscar a su propio entrenador por Internet. ¿Existía Internet en ese entonces?, se preguntará alguien. Y sí, existía. Por eso Soraya pudo encontrar a Georgi Koev. Recuerda que consiguió que la empresa de gas en la que trabajaba su papá la patrocinara. Sabe que va a levantar los 127.5 kilogramos. Todos podrán dudar, pero ella no. Sabe que René de la Serna, secretario técnico de la Federación Mexicana de Levantamiento de Pesas, desearía que la tierra lo trague. Dijo que las pesas no eran para las mujeres. Soraya sabe que recibirá la llamada de Ernesto Zedillo, y que aparecerán felicitaciones por doquier, porque cuando la gloria se asoma, todos estuvieron desde el principio.

La voracidad con la que la sociedad subleva y derrumba ídolos es el signo de los tiempos que corren. Nadie sabe en ese momento que la atleta que ha hecho encender todos los televisores del país a las cinco de la mañana sufrirá 14 operaciones en la rodilla, que tendrá cinco paros cardiorrespiratorios y que perderá un pulmón. Que la gloria no se repartirá en otros ciclos olímpicos, que Sídney fue el principio y el final. Y es mejor que nadie lo sepa en este momento. Soraya levanta los 127.5 kilogramos. Sostiene el peso por encima de sus hombros, tira las pesas y pega un salto de júbilo, de desahogo, de las más genuinas emociones que pueden habitar en el ser humano. La eternidad la pertenece, y lo sabe.
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