
Resulta increíble pero Mauro murió de temor. Durante más de un año comunicó su miedo al COVID-19 y trató de transmitirle a la comunidad que veía sus programas su propio pánico. Terrible el destino finito y corto que termina dándonos una noticia increíble por cuanto Mauro Viale parecía eternizado frente a la pantalla a cualquier hora y con cualquier perfil de programa donde pudiera decirse alguna cosa provocativa e inteligente.
Es muy triste despedir a un profesor, pero es trágico despedir a un alumno que luego fue discípulo.
Mauro Viale se sentaba junto a Marcelo Araujo -quien también está luchando contra el COVID-19 hace más de 30 días en el Hospital Italiano- en un aula de la Escuela del Círculo de Periodistas Deportivo. Una noche de 1968 este alumno me preguntó en voz alta ante el silencio de la clase: “Profesor, qué es el Mayo francés que está conmocionando al mundo desde las calles de París”. Fue entonces cuando traté con la aceptación de toda la clase hablar de la protesta estudiantil y dejar de lado lo programáticamente previsto que era discurrir sobre la estructura del lenguaje.
Aquel alumno conocido luego como Mauro Viale tenía inquietudes, curiosidades y preocupaciones que trascendían la información, el relato y el comentario de fútbol con el cual habría de iniciar su carrera en Radio Rivadavia y en El Gráfico tras un intento por ingresar al periodismo escrito que resultó fallido.
La semana pasada al verlo rodeado de científicos, políticos, comunicadores, legisladores... pensé en aquella imagen y también en la transformación que fue desde el famoso “quién mueve” hasta el show televisivo que Mauro ofreció durante 50 años.

Su estilo fue el de tener la dinámica de reunir mucha gente y manejarse con los invitados sublimes, como un Maradona o un Alfonsín, y otros abyectos, como algún delincuente listo para entregarse a la policía en cámara después de haber cometido el delito; su periodismo abrazaba a todos pues sabía extraer de cada uno aquello que habría de repetir.
No parece posible que el COVID-19 le haya ganado el duelo al que invitó a la pelea desde hace más de un año con una prédica que trasuntaba su propio temor.
Todavía bajo emoción es un intento vano explicar quién fue quien a través de imágenes inolvidables nunca dejará de ser. Mauro Viale murió a los 73 años en la plenitud que transmite el estado de gracia que transitaba al hacer su show como conductor y su participación en cualquier programa fuera de radio o de televisión.
Podría decirse sin riesgo a equívocos que logró ser un maestro sin proponérselo, pues el rigor con el que asumía la producción de cada uno de sus programas era personal y anticipado. No solamente le pedía a sus colaboradores las notas a realizar sino que les enseñaba cómo conseguirlas y tenía verdadera obsesión por lograrlas estando de manera minuciosa encima de cada una de ellas. Mauro era un periodista que producía sus ideas y las exigía con particular énfasis. Costaba mucho satisfacer sus exigencias pero trabajar con él significaba estar preparado para crecer en la profesión.
No fue un periodista bohemio ni un transeúnte de la nocturnidad de la época; el tiempo del que disponía siempre fue un tiempo de trabajo para pergeñar la agenda del programa de hoy y preparar el de mañana. Tampoco perteneció al grupo de las mesas con charlas y divagues tan características de los 70 y los 80 que reunían a colegas en estado de debate permanente para transitar los temas que la trasnoche permitía. Antes bien Mauro llevó una vida de mucho cuidado físico y de mucha austeridad para el ocio. Apenas podía darse el gusto de caminar junto a su mujer por Palermo algún sábado en la mañana siempre y cuando no hubiese un acontecimiento que habría de derivar en ideas para el programa inminente. Una vez que se retiró del periodismo deportivo para abordar la información general no dejó ningún ancla que lo retrotrajera a su pasión inicial por el fútbol; claramente, el alumno del 68 que preguntaba por el Mayo francés había encontrado en el show periodístico abierto y general el camino de su verdadera vocación y aunque fue un exitoso relator de fútbol dormía en su espíritu una inquietud avasallante cuyo significado le resultaba superior a cualquier gol.
Haber trabajado 50 años en el periodismo implica el milagro de sostener su vigencia para más de tres generaciones y su muerte no representa evocar a alguien que fue sino a alguien que estaba siendo.
Siento un profundo dolor tras su muerte y ahora bajo los efectos de la emoción evoco con admiración al relator de fútbol que cambió la narrativa generando un nuevo orden, al periodista radial que le quitó ceremoniosidad al mensaje comunicacional y al conductor de televisión que transformó el periodismo en show. Pero también evoco a un padre afectuoso y pendiente de sus hijos y a un abuelo que encontró en la dulzura de sus nietos la energía para renovar su vigencia.
Es inimaginable que hoy y los hoy que continuarán no esté el infalible Mauro Viale pidiéndonos desde cualquier medio que nos cuidemos del COVID-19.
El enemigo invisible contribuyó a su injusta muerte.
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