Quizás haya sido el hombre que más conoció a Alejandro Sabella en la intimidad no bien lanzó su carrera como entrenador. Sus inicios fueron a la sombra de Daniel Passarella, que tuvo el gran desafío de tomar las riendas de la selección argentina tras el Mundial del 94. Américo Rubén Gallego tardó un poco más en sumarse al cuerpo técnico y conformar un triunvirato que tenía un cuarto mosquetero: Eduardo Bongiovanni, el jefe de prensa.
El periodista que en otro capítulo reveló historias mínimas referidas a la participación de Argentina en la Copa del Mundo en Francia 98, contó intimidades de las concentraciones y los inicios de Pachorra como DT, mucho antes de que dirigiera al Estudiantes campeón de América en 2009 y se hiciera cargo de la Selección previo al Mundial de Brasil 2014.
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Según recuerda Bongiovanni, las tareas del cuerpo técnico se dividían: “El que hablaba era Daniel (Passarella); el Tolo (Gallego) era más motivador; y Alejandro el más analítico. Eso sí, cuando Sabella hablaba, todos lo escuchaban. Era perfil bajo, una persona totalmente simple y sencilla que no se hacía notar, pero tenía el don de hablar con claridad. Cuando uno lo escuchaba, pensaba ‘me hubiera gustado decir lo que dijo’”.

En tiempos en que la tecnología no estaba tan avanzada, Sabella y Gallego preparaban las cartulinas con las formaciones de Argentina y el rival de turno con los nombres y las disposiciones en el campo, incluidas las pelotas paradas a favor y en contra. Meticuloso como se exhibió a lo largo de su carrera, también dejaba espacio para su divertida personalidad: “Aunque a veces no teníamos partidos, nosotros concentrábamos igual y se hacían largas noches hablando de fútbol o jugando al dominó. Él y Daniel siempre me hacían trampa. Nos divertíamos y distraíamos de esa forma”.
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Con una técnica privilegiada, Sabella también se sumaba a las prácticas de fútbol, donde no desentonaba. Los planteles para los Panamericanos del 95, el Preolímpico y los Juegos Olímpicos del 96, contaba con apenas 18 jugadores. Entonces cuando faltaban piezas para hacer fútbol, se ubicaba de la posición que faltara, salvo arquero: “Jugó de 4, de 2, en todos los puestos. Él fumaba, no se cuidaba, pero seguía jugando bárbaro como cuando era profesional”. En los picados Passarella siempre lo ponía en su equipo. Y era su pareja si había torneo de fútbol-tenis: “Al Tolo lo dejaban con el carro de pescado, conmigo y otros que éramos de madera. Para mí estar con ese cuerpo técnico fue como haber ido a la universidad”.
Sabella era sin dudas el intelectual de ese grupo de trabajo. Sus años en Inglaterra y Brasil le habían permitido perfeccionar dos idiomas. Por eso Passarella, quien lo había reclutado para dirigir la Reserva de River donde promovió a juveniles de la talla de Marcelo Gallardo y Hernán Crespo, le encomendaba ver equipos de elite en Europa para traer información de primera mano sobre los sistemas y entrenamientos de los equipos más desarrollados.
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“Era un docente, un maestro. Desde el periodismo lo hemos podido disfrutar porque no daba conferencias para decir si su equipo había jugado mal o bien, eran para aprender”, añadió Bongiovanni. Tan grande fue el nivel de confianza que tuvieron Passarella y Sabella que el Kaiser es padrino de Alejo Sabella, hijo de Pachorra.
Otra de las virtudes del carácter de Sabella que cautivaron a Passarella fue su nivel de lealtad: “Recién cuando Daniel dijo que no dirigía más, Alejandro agarró Estudiantes. Lo acompañó a Uruguay, Parma, Monterrey y River”. Y ya sobre sus condiciones como estratega, el ex jefe de prensa recordó: “En el Mundial de Clubes al Barcelona le jugó la mejor final posible. Hizo un planteo tremendo para contrarrestar a Messi y compañía. Sus jugadores lo interpretaron bien, se le escapó en el suplementario”.
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Bongiovanni aseguró que el desgaste que le generó la responsabilidad de la selección argentina probablemente haya repercutido en su salud en el último tiempo: “Él nunca transmitió nada porque era como una esponja”. El ex colega que hoy acudirá al velatorio en el predio de Ezeiza de la AFA para despedirlo, contó la sensación que le generó su pérdida: “Le había escrito un par de veces a Silvana, su esposa. Y el jueves o viernes de la semana pasada me contestó que esperaban que mejorara. El domingo le volví a escribir y no recibí respuesta. Ahí me intranquilicé. Cuando vi la noticia fue un mazazo”.

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