Como si se tratara de una pequeña representación de lo que ocurre en la sociedad, el potrero define de manera contundente las distintas conductas de los hombres. En ese pequeño pedazo de tierra, barro e ilusiones, se forja la personalidad de los actores y se recorta buena parte de lo que luego ocurrirá en la vida cotidiana.
En el potrero conviven todos juntos. Está el solidario, ese que siempre juega en donde sea necesario solo por el hecho de ser útil para el equipo. Encontramos al egoísta en ese jugador hábil al que solo le interesa su lucimiento personal y que juega "su" partido.
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El potrero nos exhibe al temeroso, cuando en los minutos finales de un duelo con resultado incierto, desaparece de la escena y casi no se conecta con el juego. El talentoso también tiene siempre su lugar. No le pidan sacrificio porque lo suyo es la creatividad. Mientras otros se entregan físicamente, él entiende al juego como un hecho casi artístico.
Y está el ganador. Ese que asume que el miedo es parte del juego, igual que de la vida, pero decide afrontarlo, darle pelea y ganarle por paliza. Ese que siempre cree que hay una chance extra, jamás se rinde ni mide riesgos. El que desde su personalidad avasallante puede disimular ciertas carencias técnicas para transformarse en una pieza vital de cualquier equipo. El que no se da por vencido ni aún vencido.
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En los potreros de Corral de Bustos, en la provincia de Córdoba, todos sabían que Oscar Ruggeri era de esa clase de jugadores. El niño que "era una especie de Messi y Maradona", el que rompía ventanas y forzaba a su mamá a que le derritiera la célebre pelota "Pulpo" para terminar con la destrucción. Y, con esas condiciones, el Cabezón se ganó un lugar de privilegio en la historia de la Selección Argentina.
Campeón y sub campeón en México e Italia, dos veces ganador de la Copa América en los comienzos de los años 90, Ruggeri fue un soldado calificado capaz de cumplir cualquier misión, incluso las más riesgosas.
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Habitué de cada certamen del seleccionado, su apellido fue un clásico durante una década que incluyó tres citas mundialistas.
Áspero en el roce, rocoso en cualquier cruce, monolítico en cada choque, nada ni nadie lo intimidaba. Temible en las alturas, su juego aéreo resultó vital para proteger a su defensa tanto como para anotar su nombre en la historia con su conquista ante Corea en su debut en las Copas del Mundo.
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El potrero moldea la personalidad de los hombres. Tal vez por eso, en la ruleta de la vida, las fichas de Oscar Ruggeri siempre apostaron a ganador.
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