El pacto de la barra brava de Racing que doblegó a la Justicia

El juicio que podía terminar con la guerra intestina en la Guardia Imperial terminó en una puesta en escena por el acuerdo entre las partes enfrentadas

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Eran las tres de la tarde del 1 de octubre de 2016. El clima invitaba a acercarse hasta Avellaneda, donde Racing enfrentaba a Patronato desde las 18. Como cada día de fútbol en el Cilindro, La Guardia Imperial, la barra oficial de la Academia, transportaba en una Toyota Hilux las banderas desde el lugar donde las guardaban distante unas 30 cuadras. A tres cuadras del ingreso, en la intersección de Colón y Arenales, Fabián Pastor, miembro conspicuo de la tribuna y responsable del traslado, estacionó esperando la llegada del resto de la barra. Cinco minutos más tarde, entendió que estaba perdido: una furgoneta y ocho motos cercaron a la camioneta y seis barras de la facción disidente de Villa Corina con máscaras plateadas bajaron a robar los trapos. Pastor, apodado el Mono Burgos, intentó defenderlos y recibió dos tiros. Como el operativo de seguridad estaba dispuesto, al escuchar las detonaciones varios patrulleros se acercaron al lugar por lo que los barras disidentes decidieron en vez de pasar los “trapos” a su vehículo huir directamente con la Hilux, que fue encontrada abandonada dos horas después en el barrio Santa Teresita, en Lanús. Sin las banderas. El golpe comando era el hecho que venía a confirmar la guerra interna por el poder de la tribuna académica, que estaba por entonces en manos de Raúl Huevo Escobar y que tenía como desafiante a Leandro Paredes, líder del bando de Corina.

La Policía hizo averiguaciones y dio también con la furgoneta que había participado del hecho. Ahí, en el descuido de abandonarla, encontraron un documento de identidad: el de Martín Gavilán, alias Cabecita de Plomo, quien hasta 2012 integraba la cúpula de la barra de Lanús cuando fue echado al intentar desbancar al jefe, Diego Goncebatte, e integraba también un grupo para todo tipo de quehaceres con barras de distintos clubes, entre ellos Independiente. Así, la Policía hizo un cerco y terminó una semana después deteniéndolo a él y a uno de sus secuaces, Rodrigo Zelarrayán, de la facción Corina de la Guardia Imperial y acusado de haber sido quién le disparó a Pastor.

El caso entró entonces en los intrincados caminos de los Tribunales de Lomas de Zamora aunque la interna barra estuvo lejos de terminar. Cercado por las balas que picaban cerca, Escobar se refugió en Dock Sud y dejó en el mando a Josi Repetto y a su sobrino Facundo, quienes contrataron mano de obra pesada para bancar la parada, aunque hubo múltiples hechos de distinto grados de violencia y ambos Repetto terminaron presos, el tío en 2017 y el sobrino, el año pasado. Por eso, a comienzos de este año asumió responsabilidades máximas en el Cilindro Hernán Pastor, sí, hermano de Fabián y ahora hombre fuerte en la tribuna.

Con todo este caldo de cultivo, se esperaba la llegada del juicio que pusiera a los barras tras las rejas y acabara por el momento con una guerra que siempre está a punto de cobrarse muertes. No parecía muy difícil la tarea para el Tribunal Oral 4, ya que los testigos del hecho era toda la plana mayor de La Guardia Imperial, entre ellos Julián Escobar, Dario Cariatti y los hermanos Pastor. La fiscalía tenía un caso sólido para acusar por robo en poblado y con armas en concomitancia con lesiones. Pero no contaba con un dato clave que había sucedido en febrero, a dos semanas de iniciarse el caso: hubo una reunión entre las partes enfrentadas de la barra y a cambio de la devolución de aquellas banderas robadas y de una contribución en efectivo, los damnificados se olvidarían de toda la cuestión. Y el juicio fue una pantomima donde los integrantes de La Guardia Imperial dijeron que la furgoneta que los había atacado era gris y no azul, como la de Gavilán, y que tanto a Cabecita de Plomo y a Zelarrayán no los habían visto en su vida, no sólo el día del hecho, sino siquiera alguna vez en la cancha. Insólito. A eso se sumó que la Policía labró un acta de allanamiento a la casa de Gavilán con imperfecciones, casi como si fuera a propósito para dejar abierta la posibilidad de nulificarla y aunque la fiscal no les creyó nada y pidió siete años de prisión para los barras de la facción disidente, el Tribunal se apoyó en el no reconocimiento facial de los imputados y en el color distinto de la camioneta y decidió este lunes, a sólo horas de que se decretara la inactividad judicial por el Coronavirus, absolverlos de culpa y cargo. Una vez más, la Justicia volvía a ser doblegada por un pacto de barras. Como ayer, como hoy, como casi siempre.

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