
Camino a una Copa América que huele a trampa, Lionel Messi debería pedirle urgentemente una charla a César Luis Menotti para clarificar algunas cosas demasiado importantes, temas que crecieron en volumen tras la derrota ante Venezuela en Madrid. Al fin y al cabo, a Menotti le gusta charlar y dar consejos, en eso es casi imbatible y en eso nada cambió: el director de selecciones nacionales sigue hablando de la actualidad del equipo como si fuera un comentarista, y no el hombre más importante de la estructura en la AFA. ¿Será casual?
Son más que conocidas las conversaciones entre Menotti y Josep Guardiola antes de que el español iniciara su fantástica historia al frente del Barcelona. Menos se ha hablado, en cambio, de lo que Menotti le dijo a Luis Aragonés, aquel hombre que sacó a España de su histórico complejo (y confusión) para llevarla al título europeo, antesala del mundial conquistado con Vicente Del Bosque al mando.
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Era de noche en Madrid y Aragonés fue directo al grano en aquel verano de 2004: "César, si tuvieras que dirigir la selección española, ¿qué harías?".
Menotti no dudó: "Muy simple, si asumís ese puesto vas a tener que elegir entre ser toro o torero".
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Aragonés, el hombre más castizo del mundo y apasionado por las corridas de toros, entendió al instante y no dudó: "¡Torero! Yo quiero ser torero".

Era fácil decirlo y difícil hacerlo en una España acostumbrada a ser toro toda la vida. Lo sanguíneo era lo importante en una selección que llevaba el apodo de "La furia". Con Javier Clemente al frente, la selección embestía al rival con la fuerza y la ceguera de un toro, recuerda Roberto Saporiti, confidente de Menotti tras aquella conversación fundacional.
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La selección argentina está hoy en un momento parecido, con la diferencia de que no se insinúa el florecimiento de una generación de Xavis, Iniestas, Puyoles o Piqués. Es como si Menotti necesitara el consejo de otro Menotti, porque está claro que la Argentina no es hoy torero. Falta ese que, en palabras de Saporiti, "piensa y desarrolla", ese "que ve cómo esquivar al toro que lo viene a embestir".
Si no cambia algo importante y pronto, a la selección la va a embestir la Copa América, ese torneo que es una doble trampa. Lo es para Argentina, siempre obligada a ganar, y lo es sobre todo para Messi, obligadísimo a ganar cada vez que se pone una camiseta de fútbol, ni hablar de la celeste y blanca. Solo una pregunta: ¿puede Brasil darse el lujo de otro fracaso en casa cinco años después de la debacle de Belo Horizonte?
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Por eso es que es urgente definir la función de Menotti en la selección. Hoy no está nada clara.
Menotti dijo lo siguiente en enero: "La figura del entrenador de Argentina está por encima de todo. Yo estaré ahí para acompañarlo. Jamás voy a intervenir en las decisiones del entrenador. Estaré para ayudar, para aconsejar".
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Seis semanas después dejó otra frase: "Yo no hubiera citado a Messi".

Y unos días más tarde volvió sobre el asunto, ya en versión recargada: "Me da miedo que Messi juegue, lo veo muy cansado".
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Tiene mucho sentido que Menotti crea que Messi necesita un descanso de la selección. Es posible incluso que él también sienta a la Copa América como una posible trampa, pero piense lo que piense, lo importante es que lo ponga en práctica, porque es el jefe. A menos que realmente crea eso de que jamás va a intervenir en las decisiones del entrenador. Si así fuera, su puesto no tendría sentido. ¿Puede Menotti destituir a Lionel Scaloni, pero no aconsejarlo (o incluso imponerse) en algo tan vital como es la la relación con Messi, clave de bóveda del fútbol argentino?
Menotti anunció también que el 8 de abril va a comenzar a funcionar el proyecto de la selección local, una idea que históricamente suena bien, pero que nadie sabe bien en qué consiste ni a qué llevaría. Mucho menos si se escucha una reciente declaración del director de selecciones: "No sé cuántos futbolistas hay afuera mejores que los que juegan acá".
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Una teoría en la que profundizó: "Lo fácil es que Scaloni se vaya a Milan a ver a Lautaro Martinez, se coma unos fideos cerca de la cancha y regrese y luego viaje a Alemania y regrese. Yo lo quiero ver entrenando acá, ver cómo trabaja, con una selección local", opinó.
Desconcertante si se tiene en cuenta que los mejores jugadores argentinos, aquellos que realmente pueden hacer de la Argentina una selección competitiva, están en Europa. Pero no sorprendente, porque la de la selección local es una idea que enlaza bien con esa convicción de tantos argentinos de que, si Messi es exitoso en Europa, es porque allá no lo marcan como lo harían en la Copa Libertadores. O en el torneo local. Mete goles porque juega contra conos.
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"Lo de la selección local es demagogia", dijo a Infobae alguien que conoce a la perfección y aprecia mucho a Menotti, y que precisamente por ello pidió no ser identificado. "Ya Basile quiso hacer una selección local, y no pudo".
Plantear la Copa América como un torneo en el que el título no sea el objetivo es algo que repugna a muchos, y puede entenderse que así sea. Argentina, la bicampeona del mundo, tiene que salir siempre a ganar. Pero Argentina, la bicampeona del mundo, no gana un torneo desde 1993. ¿Hace tanto daño que tampoco se gane en 2019 cuando en lo que hay que trabajar es en el Mundial de 2022, probablemente el último de Messi?
No, no hace tanto daño, porque la selección sigue acompañada por la fortuna.
Primero, porque camino a los 32 años Messi continúa siendo un jugador descomunal que asombra al mundo y sostiene a la selección: no solo porque no piensa dejarla, sino porque sigue siendo el abrumador e ineludible argumento ofensivo del equipo. Segundo, porque la más que probable ampliación de Qatar 2022 a 48 selecciones transforma por completo a la clasificación sudamericana: irán al Mundial seis de diez equipos, o incluso un séptimo vía repechaje. La presión no será la de siempre, será la ocasión para modelar un equipo y un estilo de juego.
Es, aunque suene a frase trillada, una oportunidad única, porque la selección tiene aún tres años y medio para encontrarse a sí misma. Y lo primero que necesita es no caer (ni hacer caer a Messi) en la trampa de Brasil, ese trapo rojo que enceguece al toro.

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