
"Mis viejos me inculcaron la cultura del trabajo; siempre me decían que todo plato de comida que se regala, alguien lo paga. Nada es gratis en esta vida". Gustavo Alfaro se relaja cuando habla de sus raíces, en la armonía de exponer la historia de sus padres como una especie de homenaje a los que forjaron su espíritu.
A los 56 años, subió peldaño por peldaño para hacer cima en su carrera justo cuando transita sus últimos pasos como profesional. Alfaro, mientras advertía que estaba caminando rumbo a la puerta de salida de los entrenadores, se topó con el desafío en Boca. No hubo atajos para él. Todo fue tracción a sangre. La cultura del trabajo que le inculcaron sus padres dio resultado.
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La historia de los Alfaro comenzó en Junín, casi una década antes de 1962, año de nacimiento de Gustavo. Julio Pascual saltó desde Rafaela a Buenos Aires para trabajar en la fábrica de Siam Di Tella durante su apogeo. El destino lo empujó tiempo después a 266 kilómetros rumbo a los talleres de los Ferrocarriles Argentinos. La nacionalización de los trenes a comienzos de la década del 50 abrió la puerta a la representación sindical: Julio Pascual fue elegido por sus compañeros para una de las dos listas postuladas.
"En la empresa también trabajaba mi abuelo y ahí, en Junín, conoció a la que sería mi futura mamá. Cuando nacionalizan los ferrocarriles él ya llevaba unos años trabajando. En ese momento hay elecciones para elegir delegado gremial y los compañeros le dijeron que vaya él. No quería porque había otra rama sindical de los peronistas que estaban para quedarse con el sindicato. Con un grupo de independientes se presentó y ganó las elecciones, pero lo metieron preso. Le levantaron un cargo por una confrontación sindical y lo metieron preso…", relató ante este medio el flamante conductor Xeneize.
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"Contaba mi vieja que en ese momento hacían desfilar a los presos por la calle para mostrarle a la sociedad cómo se debían comportar. Mi viejo pasaba junto a todos los presos comunes…", recordó según las anécdotas que le contó su madre, ya que por entonces todavía faltaban varios años para su nacimiento.

El conflicto en la fábrica decantó en una problemática familiar. Su madre fue separada del cargo de maestra rural que ocupaba como una especie de castigo. Pueblo chico, infierno grande: "Mi vieja daba clases en una escuela rural donde había muchos chicos de los campos y una comunidad toba muy grande. Ellas iban a hacer los censos, a educar y convencer a los caciques para que manden a los chicos al colegio. Venían con las carretas y los caballos a clases. Mi tía era la directora".
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Aquel escenario obligó a la familia a volver sobre los pasos iniciales de Julio y decidieron afincarse en Rafaela, donde tiempo después nacería Gustavo. En la tierra por el "Lechuga" para recluirse cuando llegue la hora del retiro, su padre tuvo diversos negocios que le sirvieron para sustentar a su familia pero también para dejarle enseñanzas a sus hijos.
"Cuando era adolescente mi viejo tenía una fábrica mediana y en los períodos de vacaciones yo no me quedaba a dormir como todos mis amigos. A las 6 de la mañana me iba con mi viejo a laburar hasta las 2 de la tarde y después eso me daba la posibilidad de pagar el abono de la pileta en el verano", explicó. Eso se daba cuando no estaba de vacaciones en Junín, visitando la rama familiar de su madre y compartiendo algunos días de escuela con tobas e hijos de peones rurales: "Iba a esa escuela porque a veces no coincidían los períodos vacacionales de Santa Fe y Buenos Aires, entonces todavía tenía una semana de clase y me hacía ir a la escuela de campo para tomar clases con mis primos. Me educaba ahí".
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El resto fue historia conocida para Alfaro. Un proletario dentro del campo de juego que no pudo trepar hasta las grandes ligas y que a una corta edad tomó la decisión de pasar del otro lado de la línea de cal para construir durante más de dos décadas el camino ideal para cumplir la promesa que le hizo a su padre antes de morir: "Le prometí que iba a llegar a lo máximo".

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