Gerardo Werthein
Gerardo Werthein

Ayer se inauguró por primera vez un evento olímpico en el país. Los Juegos Olímpicos de la Juventud, naturalmente, no tienen la relevancia ni el impacto de los Juegos Olímpicos, el evento principal, que paraliza al mundo y convoca a los mayores atletas de cada disciplina; sin embargo, estos Juegos de la Juventud, nadie puede dudarlo, tienen su importancia, que con cada edición va creciendo exponencialmente. Buenos Aires recibe la tercera edición.

(Reuters)
(Reuters)

El mérito mayor de la obtención de la sede recae en Gerardo Werthein, presidente del Comité Olímpico Argentino desde 2009 (el año pasado fue reelecto hasta 2021). La elección de Werthein llegó después de las casi tres décadas del Cnel. Rodríguez (un raro caso de permanencia, unos de los pocos que continuó en su cargo luego del Proceso y atravesó varios gobiernos democráticos) y del truncado período de Julio Casanello, quien debió renunciar por su ligazón como intendente de Quilmes en los años de la dictadura.

Werthein no sólo venía a representar un cambio respecto al pasado de sus antecesores. Le otorgó al COA un perfil absolutamente diferente al que tuvo durante casi medio siglo. Lo convirtió en lo que siempre debió haber sido: en el órgano rector del deporte argentino. Después de mucho tiempo, los ciclos olímpicos comenzaron a cumplirse. Los objetivos se trazaron con claridad y realismo. La principal virtud de Werthein en sus inicios fue haber realizado un diagnóstico descarnado del estado de situación. Nada de triunfalismos demagógicos. El otro fue el de entender que el deporte para progresar necesita inversión e infraestructura. Para eso consiguió el financiamiento del Enard, a través de la ley que le otorgaba el 1% de lo recaudado en telefonía celular. Un par de años atrás, ya en el gobierno de Macri, esa ley se modificó pero Werthein siguió peleando por los fondos.

Gerardo Werthein, veterinario de profesión, es un empresario (finanzas, comunicaciones, seguros, empresas agrícolas) que se inició en la dirigencia deportiva con la equitación y ahora además del COA, preside el comité organizador de estos Juegos, el Enard e integra el Comité Olímpico Internacional.

Werthein sabe que es imprescindible para que el deporte amateur tenga financiación y puede progresar. Estos Juegos Olímpicos de la Juventud lo asociaron al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

(Nicolás Stulberg)
(Nicolás Stulberg)

Respecto a anteriores proyectos y aventuras de este tipo con el país organizando (o intentando organizar) eventos deportivos de gran envergadura, estos se diferencian. La tendencia siempre fue lo faraónico, lo estentóreo, la construcción de grandes elefantes que luego de pasados los quince días o el mes del evento sólo tenían destino de deterioro y abandono.

Un ejemplo: algunos de los sitios construidos para estos Juegos han recibido críticas porque sus tribunas son escasas, algunas pueden albergar apenas unos centenares de espectadores. Werthein explica este criterio: "Pensamos en quién lo va a mantener después. ¿Íbamos a hacer tribunas para 1.500 personas cuando en una competencia nacional nunca tenemos más de 500? No, hagamos tribunas móviles para esta gran concentración y después construyamos lo que es sustentable para Argentina. Y si mañana hacemos Mundiales, alquilaremos tribunas móviles. Siento que esto es más legítimo".

Los grandes eventos deportivos modernos, en especial Mundiales y Juegos Olímpicos, son una combinación de destreza, coraje, belleza, política y negocio. Es imprescindible entender y asumir las múltiples dimensiones que tienen para poder decidir de manera adecuada. Por lo general aportan repercusión internacional durante un escaso tiempo pero luego dejan quebranto económico una vez que los deportistas se retiran y las cámaras se apagan. Estos eventos deben dejar un legado, deben ser aprovechados para aportar infraestructura, para modernizar instalaciones, para traer cambios urbanos positivos. No hay que dejarse llevar por el impulso de los políticos de turno que pretenden aprovechar sus quince días de fama y exposición, sin importarles qué pasará después con lo construido. "Estos Juegos fueron una inversión muy controlada y nos van a dar mucho rédito -explica Werthein-. La Villa Olímpica fue un ejemplo: es una megaobra que dinamizó la economía, revitalizó el Sur y se construyó a un precio promedio menor al del mercado".

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Hay una polémica en ciernes. Posiblemente el Cenard deje de usarse y sea trasladado al actual Parque Olímpico. La intención del COA es aprovechar las construcciones nuevas que cuentan con los últimos avances y no duplicar el gasto. Hay resistencia de algunas federaciones y deportistas. Werthein ha afirmado que el camino es el consenso, intentar convencer. La mira está puesta en la profesionalizan y modernización. Pragmatismo y austeridad: no tiene sentido duplicar estadios, piletas, pistas.

Respecto de los anteriores grandes eventos deportivos, estos Juegos Olímpicos de la Juventud aportan otra novedad, que también surge de esta concepción moderna y actual. Si bien no son los primeros Juegos que se inauguran en las calles (fueron los de Singapur 2010), la inauguración en espacios públicos -no en estadios con capacidad limitado y entradas caras- y la posibilidad de acceder a todas las competencias sin cargo, sólo tramitando el pase olímpico, democratiza la actividad y amplía las posibilidades de acceso. Ese posiblemente sea el mayor acierto de la gestión Werthein y de estos Juegos.

No hay que olvidar que esta concepción de política deportiva llevó a que Argentina tuviera cuatro medallas en los últimos dos Juegos Olímpicos (tres doradas en Brasil aunque eso sea una eventualidad) y once diplomas olímpicos. Lejos todavía de las grandes potencias pero con un progreso evidente respecto a las actuaciones de las décadas pasadas.

El Estadio Olímpico fue una de las últimas obras terminadas para los Juegos (Reuters)
El Estadio Olímpico fue una de las últimas obras terminadas para los Juegos (Reuters)

La inserción internacional también posibilita que Argentina pueda organizar los Juegos y sea mirada de otra manera en las altas esferas deportivas. Werthein fue noticia mundial en la Asamblea del COI en Río 2016 cuando atacó a la Agencia Antidopaje y su manejo mediático e incompetente de la cuestión. Ese discurso duro produjo un impacto y posicionó al dirigente argentino. Acentuó su cercanía con el presidente del COI, el alemán Thomas Bach. Algunos hasta consideraron en ese momento que Werthein estaba siendo el vocero de Bach. Pocos meses atrás, Werthein fue elegido presidente del OBS del COI, es decir de la comisión que se encarga de la televisación de los Juegos. No hace falta destacar la importancia que tiene esa cuestión en estos tiempos. Posiblemente sea la posición de mayor relevancia e influencia de un dirigente deportivo argentino exceptuando, naturalmente, la vicepresidencia de la FIFA (y el manejo de su dinero) por parte de Julio Grondona, el hombre que a diferencia de Werthein no sabía ni una palabra de inglés. El ferretero de Sarandí hacía milagros (algunos de ellos ilegales).

El desafío es que Argentina aproveche la oportunidad. No tanto como sostienen los políticos de mostrarse ante el mundo, sino de generar infraestructura y políticas deportivas duraderas, que lleguen hasta las escuelas. Entender y saber aprender qué es lo que hacen las países que progresan. Y que estos estadios, canchas, pistas y piletas generen nuevos deportistas y no estén descascaradas y cubiertas de moho y yuyos en unos pocos años.

El sueño argentino de los Juegos Olímpicos

País fundador del Comité Olímpico Internacional (COI), Argentina fracasó cada vez que intentó traer los Juegos Olímpicos al país. La confianza desmedida de nuestros dirigentes siempre chocó (de frente, colisión violenta con secuelas importante cada vez, pero que poco sirvieron de enseñanza) con la realidad, con el escaso apoyo internacional que recibió en cada oportunidad.

La vez que más cerca se estuvo de organizar unos Juegos fue en 1956. La elección favoreció sólo por un voto a Melbourne. La leyenda sostiene que el voto que decidió la cuestión fue el del representante chileno, quien habría dicho: "A Buenos Aires voy todos los años, esta es la única posibilidad que tengo de conocer Australia". En las restantes ocasiones el sueño argentino fue destrozado por la falta de apoyo. La última vez fue durante el gobierno menemista cuando se disputó la sede que recaería en Atenas 2004. Los vaivenes argentinos, su falta de estabilidad política y económica, la nula previsibilidad, hacen que (casi) siempre los votos que deciden sedes decanten hacia otras latitudes.

La otra cuestión que siempre perjudicó las chances argentinas era la calidad institucional de sus dirigentes deportivos. Sin roce, sin visión global, sin estatura intelectual, ni comprensión de los problemas y los fenómenos deportivos. Hombres que llegaban a esa posición por oscuros manejos políticos, por su cercanía con el poder.

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