
Venancio Aires es un pequeño municipio de Río Grande do Sul. Guaraní es uno de los clubes más populares de la zona, con un estadio para 4.000 habitantes. Allí, Luiz Antônio Venker de Menezes fue delantero y luego defensor, tal vez toda una definición sobre sus condiciones futbolísticas. Sin embargo, la pelota lo apasionaba. Y nunca la abandonó, primero con los botines puestos, luego junto a la línea de cal, formándose bien de abajo, desde el subsuelo del fútbol brasileño.
En el camino, mientras se forjaba un nombre en el fútbol humilde, debía sobrevivir. Para ganarse el sustento, trabajó como operario en una fábrica de cigarrillos, manejó un bar, continuó estudiando. Se recibió de licenciado en administración de empresas, de profesor de educación física, de entrenador y, poco a poco, de Mano Menezes.
El citado Guaraní de Venancio Aires, Brasil de Pelotas, Iraty, 15 de noviembre y Caxias. Nombres de equipos que no resuenan en el oído futbolero curtido. Ascenso puro del país de la Verdeamarelha. Allí fue haciendo carrera el orientador, con pasos cortos pero firmes. De ahí el paralelismo con el argentino Ricardo Caruso Lombardi, comparación que ganó trascendencia en la época en la que Menezes llegó a la selección brasileña.
Sí, porque Mano llegó a sentarse en el banco de suplentes del Scratch. Fue entre 2010 y 2012. Pero ya llegaremos al pináculo de su carrera. Todavía el protagonista remonta la cuesta. Fue en 2004 cuando el esfuerzo invertido cosechó la atención de los directivos de los clubes más poderosos. Es que el 15 de Noviembre de Rio Grande do Sul alcanzó las semifinales de la Copa de Brasil, incluso eliminado al Vasco da Gama.
Dicha campaña le reportó otra trascendencia. Pasó a conducir al Caxias y en 2005 lo fue a buscar un grande como Gremio, entonces en desgracia, penando en Segunda División. Menezes fue el comandante de la resurrección. El elenco de Porto Alegre volvió al Brasileirao, obtuvo dos campeonatos regionales (el torneo Gaúcho) y llegó a la final de la Copa Libertadores 2007, definición en la que cayó frente a… Boca Juniors. Sí, Mano es un viejo conocido del Xeneize.
A partir de allí, el trampolín. El paso por Corinthians, al que también logró ascender y en el que celebró dos títulos de elite y logró la chance de conducir a la selección pentacampeona del mundo, impensada en la época de obrero o de voluntarioso futbolista regional.
Con la Canarinha no le fue bien. Reemplazó a Dunga con un perfil más abierto, pero Brasil quedó eliminado en cuartos de final de la Copa América 2011, disputada en Argentina, y en 2012 fue removido y su lugar lo ocupó Luiz Felipe Scolari.

Hace poco más de un mes tuvo la oportunidad de tomarse revancha al frente de un seleccionado: fue sondeado por la dirigencia de Paraguay para hacerse cargo del combinado guaraní en el proceso de cara al Mundial de Qatar 2022. Sin embargo, el elegido resultó el colombiano Juan Carlos Osorio.
De carácter fuerte, a veces volcánico, obstinado y práctico, tacticista y afecto al misterio (suele esconder la formación de su equipo o modificarla sorpresivamente para desorientar al adversario), Menezes, de 56 años, transita su segunda etapa en Cruzeiro. Y aspira a volver a dar un gran golpe desde abajo (en este caso, desde el 0-2 registrado en la Bombonera), eliminando a Boca.
"Cruzeiro se mantiene con posibilidades de avanzar a semifinales, va a revertir la serie", vaticinó en la previa del encuentro de vuelta que se jugará en el Mineirao. Si soñó (y consiguió) transformarse en entrenador de elite desde el ascenso profundo de Brasil, es lógico que se anime a presentarle batalla a uno de los grandes candidatos a quedarse con el codiciado trofeo continental.
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