Fischer dialoga con el autor de la nota, enviado especial de la revista El Gráfico a cubrir el encuentro que dirimía mucho más que el cetro del ajedrez.
Fischer dialoga con el autor de la nota, enviado especial de la revista El Gráfico a cubrir el encuentro que dirimía mucho más que el cetro del ajedrez.

Fue un año de glicinas y quimeras. Aquel 1972 consumía tan vertiginosamente las horas que el vértigo impedía la reflexión. Se vivía todo intensamente. Y la evocación alterna el país gobernado por el General Alejandro Agustin Lanusse -quien enfrentaba bombas y secuestros- y el Mundo distendiendo la "Guerra Fría" con las visitas del presidente norteamericano Richard Nixon a Mao en China y Leonidas Brezhnev en Moscú.

Para el deporte individual argentino fue un año de esperanzas y consolidaciones: Guillermo Vilas alcanzaba su primera final en Cincinatti y perdía nada menos contra Jimmy Connors en tierra batida por 3-6 y 3-6 preanunciando su inmenso futuro como el mejor tenista argentino de la historia. Y si bien es cierto que el enorme Nicolino Locche perdió su corona en Panamá ante Alfonso "Peppermint" Frazer sin la preparación adecuada; Carlos Monzón, en cambio, puso en fila a sus cuatro derrotados : Denny Moyer (Roma), Jean Claude Bouttier (Paris), Tom Bogs (Copenhague, evento que facilitó esta nota) y finalmente tras cierto susto a Benny Briscoe en el Luna Park.

Ese año de 1972 nos daba la dinámica memoriosa de mezclar los goles del "Gringo" Scotta con "Los Matadores" del San Lorenzo campeón junto al debut en la Formula 1 de Carlos Alberto Reuteman con su Brabham BT 34 en nuestro Autódromo aquella carrera que ganó Jackie Stewart con su Tyrrell seguido por Denny Hulme con Mc Laren.

No nos faltó nada para escribir soñando. Monzón, Vilas, Reutemann, un fútbol en plenitud de estrellas, unos Juegos Olímpicos en Munich que resultarían trágicos y un Ringo Bonavena que en Nueva York perdía ante el ex campeón mundial Floyd Patterson en una extraña, atípica y rara actuación.

No había tiempo para disfrutar del tango que por fin había llegado al Teatro Colón con "El GordoE Anibal Troilo, Horacio Salgan y el "Polaco" Roberto Goyeneche; o con Astor Piazzolla de regreso desde París tras su primer infarto, estrenando "Libertando" y ofreciendo ante el clamor popular la "Balada para un loco", escrita por Horacio Ferrer. Tampoco para aplaudir a la "Negra" Mercedes Sosa estrenando su "Cantata Sudamericana" o la "Misa Criolla" junto a Ariel Ramírez. Había que viajar, ver, cubrir, escribir, reportear y aprovechar el avión para disfrutar con lo último de los Rolling Stones, su álbum "Tumbling Dice" ("Dados tirados") en el cual se destacó "Exile On Main St".

En 1972 fui a cubrir para El Gráfico la pelea que Carlos Monzón le ganó por KO en el 5° round al danés Tom Bogs. Estaba en Copenhague, Dinamarca. Algo menos de una hora de vuelo hasta Reikiavik, Islandia. Después del match, en el vuelo Copenhague-Nueva York, en la compañía Loftleidir, escribí con mi máquina portátil Lettera 22 de Olivetti, apoyada en la mesita de la fila de a tres de la clase turista del avión, la nota que ofrecemos a continuación , cuyo título fue: "Las cosas que vi y escuché de Fischer y Spassky" (Agosto de 1972).

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"Fue como si me hubiera despertado de un largo sueño. O como si aún estuviera soñando. Me vi en una sala inmensa, silenciosa y expectante. Alrededor, unas dos mil quinientas personas ubicadas en butacas y sillas; arriba, un techo con pentágonos blancos y negros cubriendo la forma cupular; en el piso una gruesa alfombra para amortiguar el sonido del tránsito humano; al frente, un escenario con imponente cortinado blanco, cinco adornos florales de pie, un escritorio para el árbitro aislado por un biombo, un tapiz verde cubriendo todo el piso y una alfombra blanca en la superficie ocupada por la mesa de juego y los dos sillones, reclinables y movibles. Eran las 5 y 2 minutos de la tarde. Bobby Fischer y Borís Spassky ya tendrían que estar allí. Allí, frente a mí. ¿No es un sueño? (…).

Así vi cómo el campeón del mundo aparecía en el escenario con un termo bajo el brazo, paso lento, traje azul con un pañuelo lila en el bolsillo superior y un aplauso respetuoso y prolongado. Es como si Leopoldo Stokovsky hubiera tomado lugar frente a la orquesta: el público de pie. Unos segundos después, él, el genio, el único, el futuro campeón del mundo. Paso apurado, cadencioso, brazos colgantes, traje marrón claro, corbata detonante, un vaso con jugo de naranja y una manera muy particular de dejarse caer sobre el sillón. Así como cuando en el subte alguien se levanta y lo gana el que está más cerca.

Ya estaban frente a frente Fischer y Spassky en la partida 17. Algo más que un tablero los separaba: una verdadera batalla. Acaso la de mejor nivel técnico después de la Segunda Guerra Mundial y sin duda la más histórica, promocionada y fantástica.

Durante la primera media hora me quedé en el asiento. Un asiento cualquiera, pues no hay numeración. Y es lógico: la gente entra y sale. Y son más los que viven el match fuera del recinto que los que ocupan los asientos. Porque adentro hay una gran pantalla en la parte superior del escenario que va mostrando cada movimiento. En el exterior hay pequeñas pantallas del tamaño de televisores que están ubicadas en todos lados y también dan la imagen simultánea. La diferencia está en que que desde afuera se puede hacer de todo mientras Fischer y Spassky fatigan sus cerebros; en cambio adentro sólo se permite respirar. Y afortunadamente Fischer no se ha opuesto a que ello ocurra. Pero además de lograr que la primera fila esté a 15 metros, que no haya cámaras de televisión, flashes y filmadoras, Fischer ha solicitado que no se permita la entrada a menores de 10 años y que los chicos sean revisados antes de ingresar para que les saquen los chocolates envueltos en papel de aluminio. Luego de una sonrisa, el presidente de la Federación islandesa ha prometido estudiar el requerimiento. (…).

Spassky y Fischer demuestran por qué son los mejores: porque nadie en el mundo resolvería mejor que ellos cada movimiento. Cuando digo el mundo lo digo pensando en el mundo en serio. Lo que ellos dos están haciendo se sabe de inmediato en Buenos Aires y en Sydney; en Roma y en Karachi. Y los aficionados siguen y viven la partida. Por eso me pareció maravilloso estar en la sala. Es como si uno estuviera en un cine sin recibir imágenes o en un teatro sin escuchar música. ¿Cuál es el mensaje capaz de lograr tanto silencio e interés? ¿Qué están ofreciendo Fischer y Spassky para que todo el mundo hable de ellos? ¿Qué misterio se ha producido que hasta los que no sabemos nada preguntemos cómo va el match? No hay imagen, no hay sonido, no hay emoción. Pero hay un mensaje y un suspenso. Es el que ofrecen las inteligencias.

El maestro Miguel Quinteros (uno de sus más valorados analistas) consiguió la palabra de Fischer para Radio Rivadavia. Y esto es tan imposible como que yo le gane a Fischer o a Spassky. No sólo es imposible para nosotros, los periodistas: aquí estuvo el presidente de la Federación Italiana y Fischer no lo recibió; estuvo su propio embajador y no lo recibió; estuvo el representante del primer ministro de Islandia y no lo recibió; estuvo el millonario inglés James Slater, que aportó 125 mil dólares para que Fischer doblara sus ganancias, y no lo recibió.

¿Qué podría hacer yo para que me recibiera? Por lo menos intentarlo. Eso no cuesta nada… por ahora. Y mi primer contacto fue Fred Cramer, alto dirigente del ajedrez norteamericano y, más que eso, uno de los ayudantes de Fischer. Cramer es un hombre simpático, que habla algo de español, aunque la respuesta me la dio en el idioma que todos entendemos: casi se tira al suelo de la risa cuando se lo propuse.

Él mismo fue el que me dijo que en 8 semanas Bobby ha recibido nada más que a su hermana, su cuñado, sus dos sobrinos –que pasaron por aquí como parte de una excursión por Europa–, a su abogado por el juicio que le inició Chester Fuchs –el hombre que había comprado los derechos de televisión–, al maestro yugoslavo Svejczar Gligoric, a quien Fischer llamó para jugar al tenis, y a don Miguel Najdorf. Fuera de ellos, los únicos que tienen acceso al challenger son sus segundos y el periodista norteamericano Brad Darrach, de la revista "Life", que para esto pagó 50 mil dólares.

Yo no traía tanto dinero, pero había que seguir intentándolo. Me fui a la sala de prensa y conocí al padre William Lombardy, el principal ayudante de Fischer, uno de sus mejores amigos y el asesor general de sus cosas. No de sus negocios, porque luego de la ruptura con Edmond H. Edmonson, el hombre que firmó este match como representante de Bobby y prácticamente lo obligó a venir según ese contrato, Fischer no quiere más managers. Edmonson, respetado por todos, fue el que aceptó la participación de Bobby frente a Spassky en Reykjavik. Y aunque después Fischer no lo quería, no tuvo más remedio que venir.

El legendario match entre Bobby Fischer y Spassky
El legendario match entre Bobby Fischer y Spassky

Lombardy es otra cosa: un hombre joven, segundo tablero de los Estados Unidos, sacerdote, cordial y accesible. Lo encontré mientras analizaba la jugada 30 de la partida 17. Estaba con los maestros estadounidenses Larry Evans y Robert Byrne. Junto a ellos, en un sillón de ruedas y padeciendo una lamentable enfermedad, se encontraba el hombre que le enseñó a Fischer las lecciones superiores del ajedrez, el maestro Collin.

–¿Cómo puedo hacer para ver a Fischer?, le pregunté a Lombardy.
–Compre una foto, las venden en todos lados.
–Escúcheme… He viajado mucho para llegar aquí, vengo de Argentina.
–¿De Argentina? ¿No sabe usted cuándo llega Quinteros?

La verdad que no lo sabía porque hacía ya una semana que estaba afuera, pero le dije: "Vendrá hoy o mañana, yo soy muy amigo de él, del maestro Najdorf, y ellos me dijeron que usted haría lo posible". La verdad es que no tengo la suerte de ser amigo ni de Quinteros ni de Najdorf, pero ellos me sabrán disculpar.

–Muy bien, escríbale una carta a Bobby en español, explique todo y en menos de una semana prometo contestarle. No le aseguro nada; usted sabe cómo es Bobby. Pero haga la carta y démela.

Me fui a un escritorio. Escribí las frases "más dolientes" que jamás haya escrito en mi vida y se la entregué a Lombardy con esta aclaración:

–Maestro, yo pienso irme el jueves, no puedo esperar una semana.
–Muy bien, mañana hábleme al hotel; veremos qué suerte tenemos.

No tenía mucha fe. Sabía que únicamente un milagro podría lograr mi objetivo. Y seguí caminando por el bar, por la sala de prensa, por los pasillos. Me encontré otra vez con el viejo Cramer. Su ataque de risa había pasado y me habrá visto cara de angustia porque me preguntó:

–¿Habló con Lombardy?
–Sí, hablé.
–¿Qué le dijo?
–Le conté todo.
–Muy bien –me replicó–, yo voy a poner su carta encima de todas las que Fischer tiene para esta noche. Llámeme al hotel Lofther.

Cuando se iba me dejó una pregunta insólita:
–Dígame, ¿usted sabe jugar al ping-pong o al bowling?
Contesté rápido porque sabía qué había detrás de la pregunta.
–Yo soy el mejor jugador de ping-pong que hay en Argentina y campeón sudamericano de bowling –le dije sonriendo pero dándole a entender que sí sabía jugar a las dos cosas.
–Entonces venga conmigo.

Me agarró de un brazo y mientras chocábamos con la gente pensé: "Qué lío: en mi vida jugué al ping-pong y me retiré del bowling porque rompía los vidrios de los boliches donde a veces iba".

–Este señor juega muy bien al ping-pong y al bowling –le dijo Cramer a otro señor joven, de cachetes sonrojados y con más pinta de norteamericano que John Wayne.
–Por favor, deme su nombre y su dirección. Lo llamaré tal vez esta noche, una hora después de la partida.

Le dejé mi tarjeta y el nombre del hotel. Y pensé si me llaman voy. Además, jugaré con Fischer y aunque me eche a los dos minutos, por lo menos tendré algo para contar. El señor que se había interesado era Don Schulltz, encargado de recreación y deportes de Fischer. Él fue el que trajo a Archie Waters desde Nueva York, un experto en ping-pong que conocí enseguida y trató de tomarme una prueba. La mayoría de las cosas "no pude" contestarlas porque no "entendía" el inglés. Menos mal que Waters no me había escuchado hablar con Schultz, porque aunque mi inglés es muy malo sirve para pedir cosas, ¿cómo no habría de servir para hablar algo de ping-pong?

Así conocí a todo el equipo de Bobby. Ahora me faltaba conocer al equipo de Spassky.

Los rusos me parecieron distintos. Generalmente están juntos y aunque responden a cualquier saludo o pregunta, caminan menos. Allí estaba Eufin Geller, el segundo de Spassky, con cara de enojado. Geller, en la mañana, había denunciado que Fischer estaba usando métodos electrónicos para perjudicar a Spassky.

Pidió –esto fue el miércoles pasado– que desarmaran el gran plafón de luz fluorescente que ilumina el salón y las cámaras que toman para circuito cerrado el match. Geller debe ser uno de los pocos hombres en el mundo que se corta el cabello con la máquina doble cero. Cuando hablé con él y antes que le dijera nada en concreto se anticipó:

–Ni Pravda, ni Tass, ni ningún periodista soviético ha hablado por ahora con Boris, no pierda el tiempo.

Quedaba feo decirle que eso quería y repliqué:

–No, sólo quiero transmitirle el saludo de los aficionados argentinos.
–Muy bien, muy bien. ¿Algo más?
–Sí, ¿de qué manera Fischer está usando métodos electrónicos en perjuicio de Spassky?
–Yo ya le informé a la Federación Islandesa. Pídale a ellos mi carta. ¿O usted tiene dudas que Fischer está haciendo cosas raras?

Pensé para mí: "¿Cómo podría saberlo si ni siquiera sé jugar al ajedrez?" Pero le contesté:

–Usted es el denunciante, no yo. Dígame cómo.
–Vaya adentro y vea lo que hace Fischer todo el tiempo. Se dará cuenta.
Fui adentro y vi. Fischer mueve y se va del escenario. Spassky se queda pensando. Cuando el campeón mueve, Bobby regresa siempre con un vaso en la mano. En tres horas lo único que había cambiado era que Fischer tenía la corbata floja, media camisa afuera y el cordón del zapato derecho desabrochado.

No lo encontré a Geller para contárselo. De su equipo estaba Nei Boleslavsky y la esposa de Spassky, una señora de cabello morocho, ojos negros, peinado cuidado y hermosas facciones.

Luego de cinco horas la partida quedó suspendida. Para mí era terrible. Si Fischer hubiera ganado podría ser llamado para jugar al ping-pong. Al hacer tablas, estudiaría toda la noche y no habría distracción. Por un lado menos mal para mí , por otro lamentable también para mí. Mi plan de todas maneras continuaba. Tendría todo el jueves y parte del viernes para hablar con Fischer. Mi carta no sería leída esa noche, pero sí tal vez al día siguiente.
Y regresé al hotel. Por teléfono llamé a la habitación del maestro Gligoric, también alojado en el Esja. Lo invité a cenar. Aceptó. Gligoric trabaja para muchos medios: radio Belgrado, diario de Belgrado, una radio mexicana, una inglesa, a veces Rivadavia… Interrumpimos varias veces porque lo llamaban de todos lados. También está escribiendo un libro sobre el match que será traducido a varios idiomas.

Me contó que además de analizar las partidas, escribirá sobre la parte psicológica del match. El está convencido de que Fischer le planteó a Spassky una situación para la cual el ruso no está preparado. Cuando Spassky se dio cuenta, casi era tarde. Recién en las últimas partidas el campeón pudo encontrar la manera de acostumbrarse a Fischer. Según Gligoric el secreto estuvo en las aperturas.

–¿Usted cree que Fischer es un ambicioso del dinero?
–Oh, no. Fischer es un hombre que exige ganar y no le importa luego gastar el dinero. Fíjese, le ofrecieron 125 mil dólares para que haga la publicidad de un tónico para el cabello. ¿Sabe qué respondió?: "Yo no puedo aceptar eso porque ese tónico es muy malo y no lo uso". Y gracias a él todos los jugadores del mundo ganaremos más. Tienen ofertas para jugar la revancha con Spassky y le dan 500 mil dólares. Tiene otra oferta para asesorar sobre ajedrez en una película y le dan 200 mil dólares. Bobby será millonario cuando termine este match y todos nos beneficiaremos.
–¿Y por qué entonces no aceptó venir hasta que no doblaron la bolsa?
–Porque él tiene esas cosas. Opino que no quería jugar este match. No le interesaba, simplemente.
–¿El llamado de Kissinger tuvo algo que ver?
–Kissinger lo llamó a título personal y le explicó que era conveniente que jugara. Pero conozco a Fischer y sé que no se quedó por eso. Aunque en realidad eso fue muy importante para levantarle la moral.
–¿Y entonces por qué vino?
–Porque el contrato firmado correctamente por Edmonson no le daba otra salida. Podría ser inhabilitado de por vida.
–Él quería jugar en Belgrado, ¿no es cierto?
–Fischer me dijo en Holanda que él quería Buenos Aires. Y que aceptaba Belgrado. Pero Spassky quiso venir aquí porque dijo que el clima de Belgrado es muy caluroso. Para mí Spassky tuvo miedo al espíritu más frenético de la gente de allí y sabía que aquí todo sería tranquilo. No se equivocó: esta es una isla sin vegetación, sin aire contaminado, sin industria, sin ruido y la gente es muy respetuosa en el salón. Es más para Fischer que para Spassky.
Es cierto. Aquí hay 100 mil kilómetros cuadrados para 200 mil habitantes. Los islandeses no gritan y el viento es lo único violento. A pesar de eso, en los dos meses Fischer nunca caminó por la calle, no se dejó ver por nadie, no firmó autógrafos y recién ahora sale de vez en cuando de la habitación para tomar algo en el bar. Solo en dos oportunidades cenó en el restaurante del hotel y un solo día estuvo en el hall unos cinco minutos. Su vida es ajedrez, ajedrez y ajedrez.

Spassky en cambio hace una vida más normal. Tenis a la mañana, caminatas con su mujer Larisa (Solovyova) y sus amigos, almuerzo, siesta y al salón. Luego, cena y a descansar. Confía mucho en sus analistas. Más que Fischer que cuando se aplaza una partida –como la 17– se queda toda la noche y si es necesario irá a proseguir el match sin haber dormido.

Según Cramer, la llegada de Quinteros fue muy importante para él: "Fischer necesita a su lado alguien de su mismo temperamento. Quinteros es tan joven como Bobby y tiene sus mismos gustos. Será muy bueno para todos y por eso le hemos reservado una casa particular. Sabemos que no puede ponerse en muchos gastos y haremos lo posible para que se quede aquí hasta el final".

Ya son las 4.30 de la tarde. Aquí la lluvia es helada y el viento obliga a un gran esfuerzo para caminar. Trataré de ver a Fischer antes de la continuación de la partida 17. Cuando llegan, el público bordea un cordón policial. Nadie puede estar a menos de 10 metros. Por primera vez Fischer ha llegado primero que Spassky:

–Un minuto, por favor, soy argentino.
–Rápido, tengo que entrar.
–¿Qué es lo primero que hará si se consagra campeón mundial?
–Descansaré un poco y trataré de que otro no me lo quite.
–¿Le interesaría que lo reciba el presidente Nixon?
–Podría ser.
–¿Qué opina de Spassky?
–Fue un gran campeón. Y basta, tengo que entrar ya mismo.
–¿Algo para los argentinos?
–Los quiero mucho y allí defenderé mi título si es posible…

Walter Green, el fotógrafo de la Associated Press que trabaja para Chester Fuchs, no lo podía creer. Yo tampoco. Pero él tomó las fotos y vio todo. Luego Fuchs, al visulizar el rollo, dejó de reírse como el día anterior. Al rato, me entregó las fotos, copiadas. Su odio hacia Fischer le obliga a decir que Bobby es un loco. Fuchs le ha iniciado una demanda por 1.750.000 dólares. Al no permitir Fischer la televisación, Fuchs ha dejado de ganar mucho dinero.

En pocos minutos la partida habrá concluido. Cuando Spassky movió por tercera vez su alfil. Fischer llamó al árbitro Lother Schmidt y se lo hizo notar. Eso significaba tablas. Y así fue.

Se dieron la mano. Bobby salió corriendo, Spassky aplaudido y caminando lentamente. Para muchos, Spassky lo hizo conscientemente, para otros volvió a equivocarse.

Para mí había sido importante que Fischer no perdiera. A lo mejor mañana me llama y puedo completar el reportaje. ¿y si quiere que juegue al ping-pong o al bowling? ¿de qué me disfrazo? Bueno, si me llama, voy y chau".

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Robert James Fischer, nacido en Chicago en 1943 murió el 18 de enero de 2008 en Reykiavik. Tenía 64 años y dejó viuda a Miyako Watai, esposa que conoció en Tokio en calidad de prófugo del FBI por haber ido a jugar a Yugoslavia en 1992 sin el permiso requerido para los norteamericanos, toda vez que las relaciones entre ambos países, por entonces enemigos, estaban interrumpidas.

Fischer escapó siempre y obsesivamente de la prensa. Cuando fue descubierto en Los Angeles por dos periodistas de la revista Sports Illustrated, desapareció por dos años. Nadie supo nada sobre él, hasta ser detenido en Tokio al presentar su pasaporte. Estuvo preso ocho meses en 2004. Pidió y obtuvo asilo político en Islandia. Tomó esa ciudadanía y allí descansan sus restos, en el cementerio de Laugardaelir.

Boris Spassky vive en Moscú. El 30 de enero del 2019 cumplirá 82 años. Se divorció de Larisa y enviudo de su tercera mujer Marina Shchebachova. Juega algunas partidas por Internet, concede una entrevista por año y sigue estudiando cada uno de los movimientos de cada una de las partidas que jugó con Bobby Fischer en 1972.

El match que consagró a Fischer Campeón del Mundo inspiró libros, ensayos, películas, foros y aún hoy la partida es debatida vía internet por jugadores profesionales, maestros, grandes maestros y aficionados.

Este insuperable hito del ajedrez mundial que Fischer le ganó a Spassky por 12 y ½ a 8 y ½ comenzó a disputarse el 11 de Julio y finalizo el 1 de Septiembre de 1972, día en que Spassky abandonó el match y lo dio a conocer telefónicamente tras suspender la partida 21 en el movimiento numero 40. Fue así como Fischer cortó una hegemonía de campeones mundiales rusos que se sostuvo durante 24 años.

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