Gustavo El Oso Pereyra tenía 49 años, murió acribillado en el departamento de su madre en Claypole
Gustavo El Oso Pereyra tenía 49 años, murió acribillado en el departamento de su madre en Claypole

Son las once de la noche y un Volkswagen Voyage negro entra en el Barrio Don Orione, ese complejo habitacional del partido de Almirante Brown cuyos monoblocks definen la geografía. Llega hasta el edificio D6 ubicado en el lote 33 y un hombre calvo, panzón y en bermudas baja del asiento de atrás. Otros dos se quedan adelante y estacionan a 50 metros.

La cara del calvo no es conocida por el grupo de cinco amigos que están sentados en la puerta, espalda contra la pared. Pero saluda y responden el saludo. El visitante ingresa y sube hasta el tercer piso. Busca las letras en la puerta, encuentra la C y toca el timbre. Elva Lucía Pérez pregunta quién es y del otro lado le contestan que vienen a ver a su hijo, al Oso. No duda, abre, y va a buscar a Gustavo, como lo llama ella, que está en el baño.

El Oso Pereyra, de él se trata, sale y va al living. Su madre ya se retiró a la cocina. Tres minutos después, se escucha una discusión y una ráfaga de tiros. Serán ocho: siete impactan en el cuerpo de quien fuera uno de los más icónicos barras de Boca de los últimos 20 años. El otro queda incrustado en la pared.

Elsa corre y ve a su Gustavo tirado en el piso, en medio de un charco de sangre, y pide ayuda a los vecinos. El calvo y panzón que lo acaba de matar ya bajó, ya se subió al Voyage negro del que nadie sospechó y el auto acelera perdiéndose rumbo a Claypole. Y aunque el Oso es trasladado de urgencia por un amigo al hospital Oñativia de Rafael Calzada, su vida definitivamente se apaga. Y empieza el misterio: ¿quién y por qué? Esa es la pregunta que se hacen por estas horas en la fiscalía tres de Lomas de Zamora, donde por el momento todo es desconcierto, y las hipótesis están abiertas.

Claro que en el submundo donde se mueven los barras las cosas están más al alcance de la mano. Y todos sugieren rumbear para los últimos conchabos que tuvo el Oso. El barra de Boca, de 49 años, aparece como empleado de la empresa de seguridad La Plata y tiene vínculo estrecho con el sindicato de trabajadores de admisión y permanencia de la República Argentina (reúne, en criollo, a los patovicas de los boliches). Pero, en realidad, esta sería una pantalla: según el círculo de violentos del tablón cercanos a Pereyra, éste habría venido trabajando como cobrador de morosos importantes de varias cuevas financieras de la City porteña. Y en el último tiempo habría armado un grupito con barras de Estudiantes y Banfield para hacer más efectiva su tarea. Y habría tenido problemas con un matarife que estaba con la soga al cuello. Otros dicen que en esas cobranzas hubo algún dinero que se perdió en el camino y también generó complicaciones.

Lo cierto es que quien ejecutó el ajuste de cuentas sabía perfectamente que el Oso se había separado de su mujer, que seguía viviendo en Ezpeleta, y que estaba compartiendo el departamento de la madre. Y ese dato habla de cierta familiaridad con la situación del barra.

¿Podría ser una interna por la tribuna de Boca? Nada se descarta, aunque es la hipótesis más débil. El Oso Pereyra había entrado a La Doce con un grupo de violentos de la zona de Quilmes a fines de los años 80 y rápidamente trabó relación con la facción de Lomas de Zamora, que estaba al mando de Miguel Ángel Cedrón, asesinado en 2000 en Mar del Plata en la previa de un superclásico. En ese grupo también tallaba fuerte el hijastro de Cedrón, Marcelo Aravena, que purgó una pena de prisión de 18 años por el crimen de dos hinchas de River, salió, volvió a la tribuna y ahora regresó a la cárcel pero en el marco de la causa de la mafia de La Salada.

Pereyra y Di Zeo, cuando todavía no se habían distanciado
Pereyra y Di Zeo, cuando todavía no se habían distanciado

Desde ese sitio en la cancha, Pereyra trabó relación con Roberto Tyson Ibáñez primero, y Rafael y Fernando Di Zeo después, y terminó en 1997 convirtiéndose en parte de la mesa chica de la barra que manejaba Rafa. Así se lo podía ver en todos los partidos en el paraavalanchas principal y fue protagonista de la salvaje emboscada a hinchas de Chacarita en la Bombonera, durante el amistoso del 3 de marzo de 1999, que en 2007 llevó a toda la cúpula de la barra de Di Zeo a prisión, en su caso con una condena a tres años y diez meses.

Y ahí, en el penal de Ezeiza, se produjo el quiebre. El Oso se peleó con Rafa, quien lo mandó al exilio: del pabellón vip seis del complejo uno pasó al pabellón de presos comunes y perdió los beneficios de celulares, computadoras, televisores y alcohol entre otras cosas. Ese sería el factor final de una larga amistad.

Por eso, cuando recuperó su libertad, Pereyra se alió con Christian Debaux, alias Fido, el nuevo jefe de La Doce. Y junto a él resistió hasta 2015 los embates de Di Zeo y Mauro Martín por volver al poder. Pero en enero de ese año, Rafa ganó la pulseada y el Oso comenzó su largo exilio de las canchas.

Entonces volvió a otro terreno conocido: el sindicalismo. Ya había hecho trabajitos para el Sindicato de la Carne, dirigido por el Beto Fantini, y también para el sindicato de Panaderos, al mando de Abel Frutos, a quien le salvó la vida cuando un grupo de la barra de Independiente lo atacó a tiros en medio del cumpleaños número 30 de su hijo Gastón en el club El Pato, de Avellaneda. Esta vez, buscó cobijo en el gremio de los patovicas. Y también hizo migas con el de los vigiladores privados, donde le dieron una cobertura en blanco. Desde ahí empezó otra vez su mundo de relaciones: tenía salidas del país a Ciudad del Este, donde en enero de este año lo detuvieron porque seguía vigente en el sistema su viejo pedido de captura por la causa contra los barras de Chacarita, ya cumplida.

De a poco volvió a relacionarse con la gente de Lomas de Zamora que tenía negocios variopintos y entró en el mundo de las cuevas financieras como hombre que sabe hacer que los clientes morosos honren sus deudas.

Tampoco se alejó del mundo del fútbol: seguía teniendo lazos en la facción disidente de La Doce, que lidera Fido Debaux, y el año pasado se fotografió en La Bombonera con otros cinco barras cuando fue a renovar su carnet un día de semana. La oficial lo tomó como una provocación, pero no pasó de eso. De hecho, para Di Zeo no parecían un peligro latente: cada vez que el grupo de Fido intentó volver, la Policía los retuvo y hasta les abrió causas.

Igual, el Oso seguía viéndose con la gente de Debaux en el asado de los jueves en Martín Coronado y en los últimos meses se juntaba los martes con gente de la Villa Borges, cercana a Vicente López, a jugar al fútbol. A algunos los habría invitado a participar de la facción disidente, con resultados dispares. Pero eso, claro, es historia trunca: ayer a la noche, un calvo panzón de unos 45 años, tal el relato de la madre, tocó a la puerta del departamento C del tercer piso del edificio D 6 del barrio Don Orione, y le descerrajó ocho tiros. Todos calibre nueve. Siete dieron en su cuerpo y decretaron su muerte.