
Sin dudas, febrero es clave en la historia antártica argentina. Un 22 de ese mes de 1904, con la ocupación del Observatorio Meteorológico en la isla Laurie del archipiélago Orcadas del Sur, comenzó la permanencia ininterrumpida de nuestro país al sur del paralelo 60 S.
Casi 50 años después de aquel hecho, también en el mes de febrero, la Argentina concretaría otro destacado hito: penetrar el continente blanco y fundar una estación científica con el objetivo de “consolidar la soberanía en el sector reclamado por nuestro país”, según expresó Hernán Pujato en su plan de acción para la instalación de bases científicas y poblacionales en la Antártida. Este proyecto tenía como principales metas conocer el territorio antártico en su parte continental, establecer bases operativas al sur del Círculo Polar e incursionar a lo largo del territorio.
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El plan en marcha
Entre los innumerables inconvenientes que se presentaron durante los preparativos de esta campaña tildada en la época como temeraria, nuestro país debió conseguir una nave que condujera a destino a los expedicionarios. Después de que la mayoría de las compañías navieras se negaran a participar del proyecto, ocurrió el milagro: la empresa Pérez Companc, fundada unos pocos años antes, pusieron a disposición el Santa Micaela, un buque carguero de la Segunda Guerra Mundial.
De esta forma, y al mando del capitán de ultramar Santiago Farrell, el 12 de feb de 1951 zarpó la Primera Expedición Científica a la Antártida Continental Argentina.
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Junto al entonces presidente de la Nación, General Juan Domingo Perón, su esposa, autoridades nacionales y de las Fuerzas Armadas, una multitud despidió en el Puerto de Buenos Aires a la tripulación que estaba a punto de viajar con destino a bahía Margarita, al sur del Círculo Polar. “Partan sabiendo que el corazón de los argentinos los acompaña”, fueron las palabras finales del discurso expresado por el primer mandatario tras saludar a cada miembro de la expedición.

Soberanía argentina en el sur del mundo
Luego de una compleja y larga travesía en la que estuvieron al borde del naufragio y debieron ser asistidos por conscriptos voluntarios, los pioneros antárticos construyeron la Base General San Martín, primera estación científica continental argentina. Para aquel entonces la más austral del mundo.
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Haroldo Riella, Lucas Serrano, Hernán González Supery, Ernesto Gómez, Angel Abregú Delgado, Antonio Moro y Jorge Julio Mottet, liderados por el entonces coronel Hernán Pujato, llevaron adelante esta histórica travesía que abrió las puertas del continente blanco a los argentinos y contribuyó a reafirmar nuestros derechos soberanos en la Antártida.
La concreción de este sueño dio inicio a la ocupación territorial argentina del sexto continente.
Jorge Julio Mottet, segundo jefe de aquella cruzada histórica, conmemoraba así –meses antes de su fallecimiento– el comienzo de la última epopeya argentina del siglo XX:
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1951 - 12 de Febrero - 2013
Es para mí una obligación honrar esta histórica fecha en la que los antárticos y el país todo debiera celebrar la partida del “barco heroico” Santa Micaela con destino a la Antártida continental argentina. Aunque físicamente los que fueron mis compañeros ya no estén con nosotros afirmo que ni la muerte puede cortar los lazos afectivos y de admiración que me une a ellos.
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Menciono primero a los doctores Carlos y Jorge Pérez Companc quienes con su generosidad, patriotismo y creencia en Dios hicieron posible que la empresa pudiera llevarse a cabo cuando parecía destinada al fracaso. Es el mismo mecenazgo que se ha trasmitido a sus familiares hasta nuestra fecha.
Liderados por la austera figura del general Hernán Pujato –inspirado en las más excelsas virtudes sanmartinianas– los expedicionarios fueron Hernán González Supery, Haroldo Riella, Ernesto Gómez, Angel Abregú Delgado, Antonio Moro, Lucas Serrano y el autor de este recordatorio. A ellos debo agregar a Luis Fontana, aunque no pudo quedar con nosotros, y a Santiago Farrell, capitán del Santa Micaela.
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Fue un puñado de patriotas que dejaron sus huellas indelebles en los hielos polares argentinos. La amistad de esos hombres sencillos, fuertes y severos ayuda hoy a mi vida con su recuerdo. Todos servimos a la patria pero no nos servimos de ella.
¡Cuántos ejemplos para invocar en estos tiempos tan atribulados de nuestro país! Como sobreviviente de ese grupo y ya nonagenario, no oculto mi emoción al recordar a quienes se ofrendaron por una causa que sería histórica, sin pedir ni aceptar nada en recompensa, solamente la satisfacción del deber cumplido. Podría escribir un panegírico de cada uno pero lo dejo para la evocación en silencio de sus honrosas contribuciones a la crónica de nuestros inalienables derechos soberanos sobre ese pedazo del territorio nacional que se extiende hasta el Polo Sur.
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Humildemente pido a quienes lean mi recordatorio que comprendan a este viejo pero orgulloso soldado y lo perdonen; no es por sentimentalismo o desanimo lo que escribo sino todo lo contrario, mi espíritu se fortalece con el tiempo. En esta lejanía de mi terruño natal –que cada vez se me hace mas penosa y dura– doy gracias a Dios por todo lo que he vivido. También evoco la fecha con profunda unción patriótica al tiempo que entrecierro mis ojos que se nublan y murmuro como una confesión, como una plegaria;
VIVA MI PATRIA ARGENTINA!
Jorge Mottet
Decano de los Exploradores
Polares Argentinos
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