
El Servicio Meteorológico Nacional (SMN) cuenta con seis estaciones antárticas. La particularidad de la que opera en la base Marambio es que se trata de un centro meteorológico que, además de la estación en sí, realiza pronósticos y diversos proyectos, como la medición superficial de la capa de ozono y la radiación solar, así como la toma de datos de humedad, viento y temperatura. Además, tiene una instalación específica para el lanzamiento de los globos sonda.
La responsable de este centro es Noemí Troche, meteoróloga egresada de la Universidad de Buenos Aires, técnica en meteorología sinóptica –elaboración de cartas sobre la base de los datos tomados en todas las estaciones del país– y especialista en meteorología antártica. Casada y madre de dos hijas adolescentes, recibió en diciembre de 2022 de parte de las autoridades del Comando Conjunto Antártico y del Servicio Meteorológico Nacional el reconocimiento a sus 18 años de desempeño como pronosticadora en el sexto continente. Una de las pasarelas que une los edificios de la base Marambio lleva su nombre.
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DE TANDIL AL SEXTO CONTINENTE…
“Yo soy la cara visible de un equipo que está conformado por dos técnicos, cuatro observadores, dos asistentes de pronóstico y tres pronosticadores. Entre las actividades específicas que realizamos, damos el pronóstico dos veces diarias a las bases y los campamentos de verano que quedan aislados durante 40 días, y, de acuerdo con nuestra información, pueden organizar sus tareas. Por otra parte, elaboramos mensajes para las costas de la península antártica y el área marítima –los mares de Bellingshausen y Weddell– que se comparten en la red mundial”.
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-¿Cómo llegaste a la Antártida?
-Yo soy oriunda de 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires. Al ingresar a la Fuerza Aérea, me preguntaron adónde me gustaría ir y yo, ya entonces, contesté que a la Antártida. Mi primer destino fue la Sexta Brigada Aérea de Tandil, donde trabajé dando el pronóstico a los aviones Mirage y, después, a los Pampa. Estuve ahí hasta el año 2010, cuando pasé al aeropuerto civil donde se brinda apoyo meteorológico a vuelos de escuelas de aviación. El sexto continente siempre me atrajo y me anoté varias veces antes de quedar seleccionada para mi primer viaje en 2005. Vine por tres meses y me quedé seis. Me deslumbró la forma de trabajar, la precisión que se necesita y a mí, como buena amante de las matemáticas, me gusta la exactitud. Es, por muchas razones, un lugar único y me siento muy afortunada de poder estar acá. Basta pensar que, si uno quiere ir a cualquier parte del mundo, puede sacar un boleto y viajar, pero a la Antártida, salvo por una cuestión profesional, es imposible.
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-El centro que vos dirigís integra la Red Meteorológica Mundial, ¿qué significa eso?
-Quiere decir que los datos obtenidos se transmiten globalmente y son públicos, o sea, accesibles para los científicos de cualquier país. Tanto Marambio como las bases Esperanza y Orcadas –donde funciona desde 1904 el primer observatorio meteorológico antártico– fueron reconocidas por la Organización Meteorológica Mundial (OMM) por la puntualidad, calidad, regularidad y frecuencia de sus datos. Dicho de otro modo, por la eficiencia de la información brindada por sus estaciones.
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-¿Hay fenómenos particulares que se dan en esta geografía?
-Sí, la meteorología de la Antártida es muy compleja y hay algunos fenómenos difíciles de pronosticar. La isla está elevada 200 metros sobre el nivel del mar, y, cuando se forma niebla a su alrededor, se origina lo que denominamos “capuchón”. Muchas veces, uno mira hacia el mar y lo ve despejado, pero la nube que se instala sobre la meseta origina una nubosidad muy baja, que afecta la visibilidad al punto de volver inoperable el aeródromo. Otro fenómeno particular es el “mar de nubes”, también una nubosidad baja y que cubre una amplia extensión sobre el mar y que, por desplazamiento de aire muy frío, se “monta” encima de la isla y queda suspendida, salvo que algún viento fuerte la desplace.
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LA INCIDENCIA DEL CLIMA EN LA ACTIVIDAD DE LA BASE
-Nos encontramos en la región más fría del planeta. ¿La temperatura afecta los vuelos?
-Sí, las temperaturas reales inferiores a 15 o 20 grados bajo cero, con vientos de 40 a 60 o más km/h –condiciones normales en invierno– dan una sensación térmica menor a los 30 grados bajo cero. Como no hay hangar, si, al aterrizar, el Hércules C-130 presenta algún desperfecto mecánico, los técnicos deben trabajar en el exterior y, aun con la indumentaria para el frío extremo, no pueden exponerse más de un minuto. Por eso cuando hay sensación térmica muy baja (menor a -40 ºC), no operan.
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-¿Es correcto decir que la meteorología en la base Marambio está aplicada a los vuelos?
-Sí, es su apoyo fundamental tanto para el Hércules como para los sistemas de armas Bell 212, que son los que operan en la actualidad. Antes de programar un vuelo (ya sea sobre la isla como para ir a otras bases, como Esperanza o Petrel, o a los distintos campamentos), se estudian las alternativas de acuerdo con el tipo de operación (traslado de carga, de pasajeros, etc.), se determina el mejor horario, se realiza el informe meteorológico correspondiente y, junto a los pilotos, elaboramos un trabajo conjunto.
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UN APRENDIZAJE CONTINUO
-Si tuvieras que destacar un aspecto especial de tu tarea en esta región, ¿cuál elegirías?
-El desafío de la elaboración de pronósticos sabiendo que no hay plan B. Quiero decir que, en cualquier aeropuerto del país, si una aeronave tiene alguna dificultad, puede aterrizar en otro lado, opción que acá no existe. A modo de ejemplo, el Hércules C-130 necesita determinadas normas de visibilidad y altura de nubes para poder aterrizar, si no están dadas esas condiciones, no puede hacerlo.
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-¿Alguna vez calculaste el tiempo que pasaste en la Antártida?
-Sí, estuve entre 1700 y 1800 días. Solo inverné en la campaña 2010/2011, pero desde 2005 vengo por temporadas. En Marambio, y a diferencia del resto de las bases, gracias a la posibilidad del puente aéreo, es factible venir por menos tiempo.
-Por último, más allá de lo profesional, ¿qué te atrapa de este lugar?
-El aprendizaje es continuo y la convivencia es un gran desafío con el otro y con uno mismo. Es muy difícil de transmitir, pero los antárticos somos familia y, más allá de cuánto nos veamos fuera de las campañas, al encontrarnos, nos reconocemos.
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