La XI Conferencia de Seguridad Hemisférica dejó una conclusión clara: América Latina atraviesa un momento de redefinición estratégica frente a un escenario internacional cada vez más inestable, atravesado por el avance del crimen organizado, las tensiones geopolíticas y la creciente disputa entre potencias globales.
Durante las jornadas organizadas por la Florida International University y la Fundación TAEDA, ministros, especialistas, académicos y referentes de seguridad coincidieron en la necesidad de fortalecer una mirada hemisférica común, basada en la cooperación, el intercambio de inteligencia y la construcción de estrategias regionales coordinadas.
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El hemisferio americano y la necesidad de cooperación internacional
En TAEDA, estamos convencidos de que la única manera de encontrar soluciones verdaderamente efectivas para nuestras naciones es que desarmemos las recetas prehechas, escuchemos las experiencias de primera mano y encontremos un camino conjunto en el que todos tenemos algo que aportar.
Esto se aplica al combate al crimen organizado, las amenazas del terrorismo internacional y la injerencia de potencias extrahemisféricas que buscan la desestabilización de nuestros países.
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Es una idea que planteamos y por la que trabajamos desde hace mucho tiempo. Recuerdo que, en un primer encuentro que organizamos en Washington D. C., junto con la George Washington University, en 2010, ya insistíamos en la necesidad de unificar la información y proponer un plan de acción conjunto entre los países de la región.
En ese sentido, me gustaría remarcar una idea que, a mi juicio, debería estar presente: el hemisferio americano para nosotros, los americanos. No es una frase nueva, pero hoy tiene una vigencia y una urgencia que pocas veces tuvo antes.
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No hay que remontarse mucho en la historia para ver este concepto en acción. Hace pocas semanas, el presidente Trump y varios líderes de nuestra región –entre los que se cuenta el presidente de Argentina, el doctor Javier Milei– lanzaron el “Escudo de las Américas”, una coalición para combatir las organizaciones criminales transnacionales y los carteles de la droga en el hemisferio occidental, con especial hincapié en el intercambio de inteligencia, las operaciones conjuntas y el uso potencial de la fuerza.
El Atlántico Sur como activo estratégico y económico
No es más ni menos que el hemisferio actuando en conjunto y de manera coordinada para enfrentar sus problemas y desafíos, y encontrar nuestras soluciones. En esa idea de totalidad, me gustaría incluir una extensa área de nuestro hemisferio que durante mucho tiempo se dejó de lado: el Atlántico Sur.
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Esa mirada fue siempre un error, pero hoy ya no hay excusa. Cuando el estrecho de Ormuz se tensiona, cuando un buque de carga queda varado en el canal de Suez, cuando el canal de Panamá muestra los efectos de la sequía y reduce su capacidad operativa, queda en evidencia algo que muchos veníamos señalando hace tiempo: no hay rutas alternativas infinitas.
El Atlántico Sur no es una opción de respaldo. Es, en determinadas circunstancias, la única opción y eso lo convierte en un activo geopolítico de primer orden global.
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No solo se trata de conectividad marítima: la depredación sistemática que ejerce la flota pesquera china, entre otras, sobre nuestras aguas; la importancia estratégica de las tierras raras que encontramos en esta zona; y la proyección sobre el continente antártico son elementos que agregan más complejidad y tensión a esta vasta extensión oceánica.

Permítanme entonces formular una pregunta que, desde mi perspectiva, debería incomodar a más de uno en este continente: ¿por qué aceptaríamos con naturalidad la instalación de infraestructura de potencias extrarregionales en el extremo sur de América –bases logísticas, puertos de aguas profundas, estaciones de monitoreo– y nos resultaría controversial o problemático reforzar la seguridad con la presencia de nuestros socios naturales del hemisferio? Y no me estoy refiriendo exclusivamente al reclamo por vías pacíficas de soberanía que, como argentinos, hacemos sobre las islas Malvinas.
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Pero el Atlántico Sur y la región sudamericana son también un activo económico, un reservorio de recursos naturales estratégicos y, crecientemente, un destino para inversiones, para proyectos de largo plazo, para personas que buscan estabilidad en un mundo que ofrece cada vez menos certezas. Esa dimensión merece ser incorporada seriamente en cualquier análisis de seguridad hemisférica que aspire a ser completo.
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