Los mercenarios, o soldados de fortuna, existen desde la Antigüedad, pero, en los últimos años, su rol en las guerras tomó un nuevo protagonismo. En el conflicto actual entre Rusia y Ucrania, existen varios de estos ejércitos combatiendo; sin embargo, uno de ellos es uno de los más temidos por su brutal accionar y responde directamente a las órdenes de Vladimir Putin: el Grupo Wagner.
Durante el último tiempo, se observan dos tendencias bien marcadas: aquellos que se unen a las fuerzas armadas de un país a título personal y el fenómeno de las compañías privadas que ofrecen sus servicios a las diferentes naciones. En esta última corriente, se encuentra la agrupación Wagner.
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El principal financista de la empresa es Yevgeny Prigozhin, un oligarca y socio cercano del primer mandatario ruso más conocido como “el chef de Putin”, debido a su fuerte participación en la industria gastronómica, particularmente con la concesión de los restaurantes del Kremlin.
Otro personaje clave en esta historia es Dmitry Utkin: jefe militar de la organización y admirador del régimen nazi, fundó el grupo y le dio el nombre del compositor favorito de Hitler, Richard Wagner. En 2013, antes de pasar a liderar la organización mercenaria, Utkin tenía el grado de teniente coronel y comandaba una unidad de las fuerzas especiales del Departamento Central de Inteligencia ruso, el GRU.
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La primera aparición en público del Grupo Wagner tuvo lugar en 2014, en el Donbás, al este de Ucrania, durante la campaña rusa para anexar la península de Crimea. Desde entonces, este ejército realizó operaciones en Siria, Libia, la República Centroafricana, Sudán, Mali y Mozambique. Incluso existen reportes de actividad en Venezuela.

Además de apoyo militar en el terreno, cuentan con una nutrida red de hackers con la que manejan granjas de trolls, realizan ingeniería social, espionaje político e industrial, entre muchas otras actividades opacas.
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UN BATALLÓN FANTASMA
Para el sistema legal ruso, el uso de compañías militares privadas es ilegal, un delito con penas de entre cuatro y ocho años de cárcel. Sin embargo, esa es una de las principales ventajas con las que cuenta el Kremlin, porque el hecho de que su existencia sea clandestina le permite al Gobierno ruso desconocerlos públicamente y no hacerse cargo de su brutal accionar.
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Al igual que con los miembros del batallón checheno, numerosas organizaciones denunciaron a este grupo por torturas y ejecuciones a civiles en distintas partes del mundo, sobre todo en África. En esa línea, varios sostienen que el Grupo Wagner viene practicando una gran cantidad de atrocidades contra civiles ucranianos. Tanto es así que un informe de la ONU sostiene que podrían ser acusados por “crímenes de guerra”.
A pesar de la ilegalidad del grupo, el propio ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, admitió su uso abiertamente. El año pasado, durante la Asamblea General de la ONU, Lavrov dijo que el Gobierno de Mali “tuvo que recurrir a una compañía militar privada rusa porque Francia redujo su contingente contra los terroristas que llegaron a la zona de Kidal”.
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En las últimas semanas, la invasión de Rusia a Ucrania perdió potencia y el conflicto pareciera haberse estancado. Ambos países se vieron afectados por la crudeza del inicio y, en el caso de las fuerzas rusas, ya se habla de pérdidas mucho más grandes que las calculadas inicialmente. Tal es así que se estima una cifra de más de 17.000 bajas, entre muertos y heridos.

Según varios especialistas en la materia, este podría ser uno de los motivos por los que se ven a diario decenas de avisos en las redes sociales rusas que ofrecen 3000 dólares al mes para ir a luchar a Ucrania. La intención de las publicaciones es la de reclutar a cualquiera con experiencia de combate entre los 18 y los 50 años, y, aunque nadie firme la contratación, la principal sospecha es que detrás de la oferta está el Grupo Wagner.
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Distintas fuentes coinciden en que ya están actuando en Ucrania entre 3000 y 8000 mercenarios de esa organización, y el número parece ir en aumento.
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