
A poco más de 20 años de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, las fuerzas del Pentágono están en la fase final de la retirada de Afganistán. Fue la guerra más larga en la historia de las Fuerzas Armadas estadounidenses, si bien ha sido poco letal si consideramos el número de caídos entre los efectivos americanos y lo comparamos con los conflictos de alta intensidad que la superpotencia tuvo a lo largo del siglo pasado.
Un principio básico en los estudios de seguridad internacional, frente a un método o instrumento como es el terrorismo, es preguntarse qué quieren los terroristas que yo haga o deje de hacer frente a su agresión a personas que no son combatientes. El terrorismo es la táctica, la clave es acertar su objetivo estratégico. Si mi respuesta no es la esperada ni la deseada por ellos, ya tengo parte sustancial de la victoria en mis manos. La administración de George W. Bush y su equipo de delirantes neoconservadores, muchos de ellos marginados por el mismísimo Reagan en su segundo mandato, no siguieron este principio básico.
El propósito de Bin Laden y su organización Al-Qaeda fue, justamente, provocar la ira de EE. UU. y meterlo en el pantano de guerras e inviables ingenierías sociales en búsqueda de crear sociedades democráticas en Medio Oriente. Esa irrupción violenta y masiva de EE. UU. les serviría a los fundamentalistas para mostrar la supuesta existencia de una “cruzada” de los infieles occidentales y cristianos sobre tierra musulmana. De esa manera, se potenció una dialéctica y una espiral ascendente de muerte y violencia.

Dos décadas después, más del 90 por ciento de las primeras, segundas y terceras líneas de Al-Qaeda fueron eliminadas, empezando por el propio Bin Laden. Los neoconservadores de Bush se olvidaron, por ignorancia o adrede, de un principio básico usualmente repetido por el politólogo Giovanni Sartori: “Es imposible que florezcan las democracias y la división de poderes en sociedades que aún no se han secularizado”. En comunidades teocráticas, la voz del pueblo no es la voz de Dios, sino la voz de los religiosos que dicen interpretar a Dios. Frente a eso, las elecciones y los mandatos populares tienen menos peso que una pluma.
Si bien Bin Laden y parte sustancial de su gente no han vivido para poder ver lo que lograron, hay un actor estatal dotado de una ideología fóbica a la religión, el marxismo, que entiende la idea de transcendencia como el “opio de los pueblos”, y que ha usufructuado ese desgaste americano en Medio Oriente. Nos referimos al Partido Comunista Chino, que supo aprovechar estos 20 años para incrementar su poder económico y militar en la zona Asia-Pacífico y a nivel internacional. De esta forma, se aceleró la transición del mundo unipolar de 2001, dominado por EE.UU., a un escenario de rasgos cada vez más bipolares, como es el del presente.
Una mirada realista y prudente del mundo dos décadas atrás ya ponía en evidencia que el desafío clave para el poder americano era retrasar, todo lo posible, el avance de China y extender, en lo que fuese posible, la unipolaridad. Ello requería visión de largo plazo, para lo cual era necesario evitar guerras y cruzadas infundadas, y lograr una fuerte articulación política y estratégica con viejos y nuevos aliados. Era imprescindible no dilapidar el prestigio y el soft power.

Desde 2001 hasta el ascenso de Trump al poder, George W. Bush y Barack Obama no cumplieron sustancialmente con esa premisa. Siguieron chapoteando en los pantanos afgano e iraquí; tensionaron de más la relación con Rusia, que no constituye un desafío comparable a la Unión Soviética y mucho menos a China; y no terminaron de asumir que la firme voluntad de Pekín era desafiar el poder americano. Trump intentó corregir varios de estos yerros, pero, desde el primer momento, fue bombardeado por pedidos de juicio político por haber llegado al poder, supuestamente, con ayuda rusa, acusado de tremendismo y agresividad en su trato con China, y de imprudente por querer abandonar rápido las campañas bélicas en el Medio Oriente.
Mientras tanto, China seguía rezando –si es que los comunistas lo hacen– para que EE.UU. se siguiese equivocando. Como decía Napoleón Bonaparte: “Cuando el enemigo se equivoca, no hay que hacer nada para distraerlo”. Por esos cisnes negros o sorpresas estratégicas de la política internacional, el virus originado en China a fines de 2019 fue clave para crear un clima económico y de opinión pública que impidió lo que parecía ser la segura reelección de Trump y su continuidad en la Casa Blanca. Los primeros meses de la administración Biden parecen mostrar una tendencia a hacer lo mismo que Trump intentó. Esta vez, obviamente, sin que los sectores más activos del Partido Demócrata pongan el grito en el cielo. Mala noticia para China.
Habrá que ver si no es ya demasiado tarde para que Washington recupere el terreno perdido o, al menos, no lo siga perdiendo. Vaya uno a saber si en poco tiempo más China y sus aliados en el mundo, incluida la Argentina, no terminan extrañando a Trump y su ladrar sin morder.
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