
Nos suelen preguntar los lectores, avezados o no, por el modo en que se construyen nuestros textos. La cocina literaria… En 1999, en Los muros -mi primer libro de cuentos- , incluí un relato titulado “Etcétera” en el que una receta de cocina inventada y realizable dialogaba consigo misma y con los avatares vitales de la narradora, en busca de libertades. Entonces podía decirse que yo (no hay que confundir autor con narradora ni narratario) buscaba invertir el sentido clásico y conservador atribuido en la época a la mujer, en esencia ama de casa perfecta según un punto de vista meramente reproductivo, aun tratándose de profesionales o trabajadoras…
En 2026 en Puntos de Vista, una receta en lugar de relato, presta la función de epígrafe para la historia con un dejo de ironía anticipatorio. La protagonista espera con sus hijos a un marido que se retrasa en un vuelo para celebrar después, en familia, la Nochebuena. Como en 1999, las recetas escapan de su mera significación doméstica aunque conservan instrucciones culinarias realizables. Generosidad no compartida con las circunstancias que sufre la protagonista que prepara el plato en tanto, en efecto, “Vitello Tonnato”, que forma parte de mi último libro que publica Leviatán, contiene en sus inicios una receta que incluye sarcasmos y si bien alude a la forma en que yo misma cocino esta comida, sobre todo consumida en tiempos navideños, no será apreciada en la Nochebuena del cuento, de pocos aires celebratorios.
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El libro, sin embargo, no ofrece miradas solo femeninas. Hay varones protagonistas que opinan rabiosos e ironizan; cosas, libros, animales.
Yendo a la cocina literaria me gustaría advertir que no hay en los inicios de Puntos de vista, ni en ninguno de mis textos, un orden creativo estratégico y anticipatorio. Esto es: no diseño el texto sino que este se me aparece y se escribe casi al correr del teclado, si bien es cierto que de inmediato intento controlar cómo y hacia dónde va la historia y cuidar de los personajes. Puntos de Vista reúne cuentos, relatos, viñetas y un poema, y debí ceñirme a mi primigenia idea al concebirlo: demostrar que la libertad creadora posee como único límite la coherencia, cierta belleza, una suerte de moral intrínseca. No hay literatura sin microclimas aun cuando se describan realidades y hablen personajes a su configurado entender. A menudo, uno de esos personajes nos tira a los escritores de las narices, nos elige.
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Para ejemplificar, en “La Señora Prentiss y el ratón Pérez”, me inspiré en el gato Beppo de Jorge Luis Borges y en esas personas que tratan a los seres sintientes no humanos como mascotas, sin tener en cuenta su autonomía, personificándolos, humanizándolos. Luego, recordé a Prentiss, personaje de una de mis novelas -“El marido americano” - y recurrí al legendario ratón Pérez como contrapunto. “La rotonda de Paratombú” es, en Santiago y en las Termas de Río Hondo, el refugio de perros callejeros atraídos por las luces del turismo y de la capital de provincia pero librados a su suerte. “Sueños” es contado por un joven cuya precaria vida no le impide imaginar, imaginación que abunda en poetas, novelistas y narradores, y que si bien no modifica la existencia, la repara, la acaricia… “Puntos de vista” alude a los estragos subjetivos de la Alemania de la Segunda Guerra y de la postguerra y “Sobriedad sonora” pone en el tapete la mirada escéptica sobre el mundo, que a veces me habita. Asimismo, en “Ora (lege) et labora”, un burócrata devela su presunta “creatividad”, al mismo tiempo el hecho de que, a menudo, la pirámide concebida para ofrecer supuestos servicios al ciudadano de a pie ralentiza sus objetivos declarados en apariencia, pero incumplidos en lo real atento a desplazamientos egoístas personales, volviendo a esas administraciones auténticos obstáculos kafkianos.
La construcción de un texto con unidad temática no fue fácil porque se reúnen aquí distintas opiniones y argumentos. Hay ironía, crítica, pero también ternura, amorosidad y esperanza. Sin embargo, la confección de narradores singulares, como un gato, libros que dialogan entre sí para sobrevivir en una biblioteca próxima a ser renovada por su dueño debido a una mudanza, mujeres de vida banal y un narrador omnisciente que discute con la IA y la desafía, tales narradores seleccionados, vierten aquello que buceo en el proceso humano mismo de significación: atribuimos sentido a significantes metaforizados por otros, damos por sentado el significado de situaciones que no deberían naturalizarse y sí, repensarse; repetimos discursos, nos deslumbramos de lo ajeno sin pensar, alardeando de lo propio.
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Decía William James, el hermano del novelista, que hay gente que cree que piensa cuando solo ahonda en sus prejuicios. Prejuzgar constituye un alerta válido si es indicial: veo fuego, prejuzgo que hay peligro y, en consecuencia, llamo a los bomberos, aviso a los demás y huimos del lugar. En el orden de las ideas y del pensamiento, habría que tener cuidado de que gatos no pasen por liebres. Este libro no trata de añoradas liebres ni pícaros gatos y carece de mensaje. Los lectores sacarán sus conclusiones, en tanto aquí hay modos de ver desplazados en situaciones, cosas, en animales, a los que les atribuyo algún misterio. Mi escritura se va haciendo, siempre desnuda, entre puentes. Digo “desnuda” porque los textos nacen y se desenvuelven con la intervención lógica del autor pero se independizan no bien impresos: pertenecen a los lectores que los eligen o bien, los textos a ellos.
La lectora exigente que hay en mí cuando reviso me obliga a corregir y cambiar los muchos borradores que requiere cada escrito. Trabajan mi cuerpo, mis emociones, mi cerebro y el subconsciente. Como decía Roberto Bolaño, “tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado y salir a pelear, eso es la literatura”, y esta, precisamente, es mi sensación (y son mis fantasmas) cuando termino un texto y lo doy a conocer.
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Ustedes dirán…
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