La historia de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares empezó antes de los libros escritos a cuatro manos, de los seudónimos y de las largas conversaciones que Bioy anotaría durante décadas. En las reuniones de Villa Ocampo, el joven que buscaba abrirse paso entre los escritores se acercó a Borges, bastante mayor que él, y de aquel cruce nació una amistad literaria que atravesó buena parte del siglo XX. “Una diferencia de edad muy grande” separaba a los dos en ese primer momento: Bioy tenía 18 años y Borges ya había superado los 30.
Flavia Pittella, divulgadora literaria, ubica la escena en las reuniones que convocaba Victoria Ocampo. Bioy Casares llegó hasta allí con una intención precisa, según contó: “Él quería ser escritor”. Antes había pasado por abogacía y por otras carreras, pero la búsqueda de una voz propia lo llevó a frecuentar ese ambiente.
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No fue una presentación solemne ni una discusión sobre literatura lo que terminó de acercarlos. Entre los primeros motivos de colaboración apareció un asunto ligado a la familia de Bioy: “un folleto publicitario” para promocionar productos de La Martona, la empresa láctea de los Casares. Ese encargo menor dejó planteado un vínculo que después encontraría otros lenguajes.

Villa Ocampo fue el punto de partida de una conversación que duró décadas
En la casa de Victoria Ocampo, Bioy encontró el espacio al que quería ingresar y a uno de los autores a quienes buscaba conocer. Pittella lo resumió con una fórmula sencilla: “Va y lo conoce ahí a Borges”. A partir de entonces, las visitas, las lecturas y las conversaciones fueron dando forma a una relación que excedería ampliamente aquel primer encuentro.
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Bioy venía de una familia asociada a La Martona y había pasado temporadas en el campo, aunque su interés estaba puesto en otro horizonte. “Quería escribir”, explicó Pittella en Infobae A las Nueve, al describir a un joven que buscaba interlocutores y un lugar dentro de una escena literaria donde Borges ya era una figura reconocida.
El pedido de ayuda para la pieza comercial puso a los dos frente a una tarea concreta. Bioy “le pide a Borges que lo ayude a escribir un folleto publicitario”, relató Pittella. La anécdota reúne, en escala mínima, los dos mundos entre los que se movía el futuro autor de La invención de Morel: la empresa familiar y la literatura.
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Bioy fue para Borges un interlocutor de humor y confianza
Con el paso de los años, la amistad ocupó un lugar central en la vida de Borges. Para Pittella, la clave está en el tono que adquirían esos encuentros: “Borges con él se relaja”. La observación apunta a un Borges menos ceremonioso, dispuesto al comentario inmediato, a la broma y a la discusión.
Bioy, según la escritora, compartía con él una forma de entender el humor. Borges encontró “un interlocutor inteligente, divertido, que maneja el mismo código del humor”, afirmó Pittella. Esa afinidad atravesó las charlas privadas, los proyectos en común y los pasajes que el propio Bioy dejó registrados.
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En esos apuntes aparece un Borges que no coincide con la imagen solemne que suele rodear al autor de Ficciones. “Borges era muy gracioso”, sostuvo Pittella antes de recuperar algunas respuestas atribuidas al escritor, pequeñas escenas que condensan el tono de aquella intimidad.
Una de ellas surgió cuando le preguntaron si prefería vino tinto o vino blanco. La respuesta de Borges fue tajante y burlona: “No importa, soy ciego”. La frase, citada por Pittella, muestra el modo en que podía convertir una consulta cotidiana en un remate.
En otra escena, alguien le indicó que debía firmar un documento. Borges respondió: “Bueno, pare, no me diga, léelo”, según la reconstrucción que hizo Pittella. El episodio vuelve a situar a la lectura y a la ironía en el centro de una amistad sostenida por el intercambio verbal.
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La divulgadora resumió el efecto de ese vínculo sobre Borges con una afirmación que también habla de la libertad de esas conversaciones: “Borges vuela a partir de Bioy”. Su lectura no reduce la obra de uno a la presencia del otro, sino que señala el respaldo y la soltura que la amistad aportó a ambos.

<i>Borges de Bioy</i> guardó cuarenta años de charlas, críticas y lecturas
Esa vida compartida quedó reunida en Borges de Bioy, el diario en el que Adolfo Bioy Casares registró sus encuentros con Borges. Pittella definió el libro como una muestra de devoción: “Esto es amor a Borges”. Allí se acumulan conversaciones, observaciones y discusiones que abarcan cerca de cuarenta años.
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El registro comenzó en 1947. Bioy anotó “cada charla, cada conversación, cada crítica”, explicó Pittella, y con ese método dejó constancia de intercambios sobre literatura, política, humor y escritura. El diario no responde a una sola escena: sigue el ritmo de una relación que se renovaba en cada encuentro.
La edición reúne dos tomos y cerca de 1.900 páginas. Para Pittella, ese volumen permite acercarse a “el humor de Borges, su humor, sus procesos de escritura”, además de los debates que ambos mantenían sobre autores y sobre la cultura argentina.
Bioy Casares construyó una obra propia más allá de su vínculo con Borges
La presencia de Borges en su biografía no borra la identidad literaria de Bioy Casares, remarcó Pittella. “Bioy Casares en sí mismo es un autor contundente, único”, afirmó. Sus cuentos y novelas trazaron un camino autónomo, aunque su amistad con Borges haya quedado como una de las asociaciones más persistentes de la literatura argentina.
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Entre esos títulos, Pittella destacó La invención de Morel, publicada en 1940. “Esto lo escribe en 1940”, señaló al presentar la novela, construida alrededor de una isla, una máquina y proyecciones humanas. El libro quedó instalado como una de las obras centrales de Bioy.

La lista de lecturas también incluyó Plan de evasión, Diario de la guerra del cerdo, La trama celeste y El perjurio de la nieve. Sobre este último relato, Pittella explicó: “Es un padre que tiene una niña enferma y decide detener el tiempo”. La premisa condensa uno de los procedimientos narrativos que recorren su obra.
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La escritura compartida con Borges tuvo, a la vez, una identidad reconocible. Los dos firmaron textos bajo el nombre de Bustos Domecq, un seudónimo formado con apellidos maternos, y crearon a Isidro Parodi, el preso que resuelve casos desde la cárcel. “Utilizaron apellidos maternos”, recordó Pittella al reconstruir ese juego de autores y personajes.
También estuvo Silvina Ocampo en parte de esas experiencias. Pittella señaló que los tres publicaron una antología de literatura fantástica y describió el modo en que Bioy y Borges trabajaban juntos: buscaban “llevarlo a la parodia, al ridículo, pero también a la profundidad humana”. Entre Villa Ocampo, los libros y el diario, aquella amistad dejó una obra común y un archivo de voces que todavía permite seguir la conversación.
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