Los días negros de Bach, enfermo, resignado y dolorido: fragmento de ‘La pasión según San Marcos’, de Dante Marcelo Vega

El fiscal federal mendocino debuta en la ficción con un relato que enlaza a dos familias atravesadas por el siglo XX alemán y un manuscrito atribuido al genial compositor

Cubierta del libro La Pasión según Marcos sobre un fondo decorativo con fragmentos de papel impreso y notación musical.
"La Pasión según Marcos", de Dante Vega (Imagen Ilustrativa Infobae)
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La pasión según Marcos, primera novela de Dante Marcelo Vega, recorre la historia de dos familias alemanas atravesadas por las guerras, los regímenes autoritarios y las transformaciones políticas del siglo XX. La trama converge durante la reunificación de Alemania, cuando aparece en una bóveda bancaria un manuscrito atribuido a Johann Sebastian Bach que se creía perdido.

La novela alterna esa pesquisa con los últimos días del compositor en Leipzig, en 1750. Mientras Bach, ya ciego, reconstruye mentalmente melodías que no puede escribir, los destinos de los Keimble y los Freisser enlazan siglos de conflictos, ausencias, lealtades y supervivencia. El libro fue publicado por Paradiso Ediciones y tiene 260 páginas.

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Dante Marcelo Vega nació en Mendoza en 1964, es abogado, doctor en Derecho, fiscal federal y docente de las universidades de Cuyo y Mendoza. Tras una trayectoria dedicada a la investigación y la escritura sobre derecho penal, delitos de lesa humanidad y terrorismo de Estado, incursiona en la ficción con una narración que sitúa la herencia familiar y la memoria histórica en el centro de su relato.

Dante Vega
Dante Marcelo Vega

La pasión según Marcos (fragmento)

Se desvanece. Una fracción de segundo antes de despertarse tiene la certeza de la punzada que lo acometerá, que ahora abarca los ojos y se irradia a su cara, que se contrae en un rictus de dolor. Las treguas, antes prolongadas, ahora son más cortas. Son pequeños lapsos de vacío helado que transita sin recuerdos, ni imágenes, ni sonido.

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Al comienzo de su postración creaba melodías nuevas y hasta en alguna oportunidad alcanzó a escribirlas en un papel que le dejaba Anna en la mesa de luz. Luego se conformó con recrearlas en su imaginación. Fue la primera vez que dudó sobre su originalidad y esa incertidumbre lo exasperó: justo él, que nunca repitió una sola melodía o ritmo, salvo cuando la partitura lo exigía. En estos casos acudía a su memoria y directamente tomaba prestadas las notas de sí mismo. Ese era el modo con el que trabajaba en sus composiciones semanales para la liturgia: cuando no creaba una estructura totalmente nueva, acudía a su archivo mental como base para, a partir de allí, introducir variaciones o nuevas combinaciones de voces e instrumentos. En todos los casos la pieza resultaba única y lo mismo ocurría en sus creaciones libres o por encargo. Ahora quiere hacer lo mismo, pero el sólo movimiento de incorporarse en la cama lo marea.

A veces se resigna. Son los momentos en que toma contacto con su realidad. Atisba la claridad de la ventana y hasta mantiene diálogos con su mujer sobre temas cotidianos. Pregunta por sus hijos, por los que viven allí o en otro lado y en alguna ocasión recuerda a los que murieron. Cuando no encuentra a Anna cae en un desasosiego mudo; moja su jubón de sudor y se aferra al borde de la cama, queriendo incorporarse. Fue en uno de esos lapsos cuando Anna le comentó sobre un médico inglés que se encontraba de gira por el país. Los medicamentos ya no le hacían efecto y el bueno del Doctor Nagel le había suministrado un calmante de opio y de otra planta que no le hacía ningún efecto, salvo dejarlo en un estado de duermevela que rondaba el umbral del dolor y que terminaban por agotarlo y dejarlo desarmado ante los verdaderos ataques. El médico de Postdam le había dicho secamente que debía resignarse a la ceguera y que había alguna esperanza en que el dolor remitiera por efecto de los calmantes. A principios de año dejó sus actividades y ese febrero helado y lluvioso en el que no salió el sol ni un solo día lo venció la resignación. A la postración sumó la tristeza de no saber si estaría en condiciones para reincorporarse algún día y ponerse a trabajar. La suya era una exigencia elemental, mínima, accesible para cualquier Divinidad u Orden Universal. Tan íntima que sólo lo involucraba a él y tan humilde que sólo requería de un poco de luz y tranquilidad.

En ese estado de resignación se encontraba cuando Anna le comentó sobre el médico extranjero. Le dijo que había escuchado de él en la Sociedad de Estudios Musicales, donde le entregaron unos apuntes suyos que había dejado en la biblioteca. De modo que en la Sociedad ya sabían de la causa de su ausencia – piensa– y hasta se permitieron recomendarle a Anna un médico. Anna completó: se trataba de un médico de Corte, oriundo de Inglaterra y erudito en óptica y oftalmología que había decidido compartir su saber en una gira que lo traía desde Francia y en la que había operado a personas prominentes y a gente del común a modo de caridad. Se encontraba ahora en Dormund y, si él aceptaba, podía escribirle pidiéndole una consulta. Se limitó a responderle que lo consultara con Nagel. Anna repuso que ya lo había hecho: el médico le aseveró que no había escuchado hablar de su colega inglés y le ratificó que se trataba de un campo de la medicina que él no conocía en profundidad.

Aceptó y se desentendió del tema hasta que Anna le comentó que había recibido del médico una pronta respuesta. Con caligrafía cuidada le había dicho que sabía de su fama y que tendría el honor de revisarlo personalmente, a más tardar en diez o quince días. No dijo nada, pero algo en su interior se activó: Nagel era un buen hombre; era el médico de cabecera de todos; el que había realizado verdaderas proezas desde curar desahuciados hasta detener una epidemia y a quien le había confiado sus niños. Si ese médico se declaraba prescindente, quizá había llegado la hora de ver a un especialista. En cuanto a su situación, se dijo que por más obras que le hubiese dedicado a Dios, El no respondería espectacularmente con una cura milagrosa, pero bien podía enviar una señal: su Instrumento podía ser ese hombre de ciencia, paradojalmente un no creyente. Recordó a Simón de Cirene, a quien nunca mencionó en ninguno de sus conciertos: si un campesino había sido uno de los protagonistas del hecho central de la humanidad, esa Ironía podía repetirse en una infinitésima parte con él mismo.

No volvió a acordarse del médico. A principios de marzo lo acometió una seguidilla de dolores intensos que lo recluyeron en su cama y lo llevaron a gemir de dolor y a hundir desesperadamente la cabeza en la almohada por instinto, como si con el hecho de ocultarse lograra algún alivio. Perdió la consciencia. Cuando volvió en sí, su mujer dormía a su lado profundamente; la pieza entera parecía difuminada por la luz del candil y no se escuchaba un solo ruido. Permaneció en una quietud absoluta, paralizado, como si el rayo que lo atravesaba se activara por el simple movimiento y hasta le pareció escuchar el ritmo de su propio corazón. Cayó en un desamparo absoluto. Cuando Anna despertó, se encontraba rígido, con las manos crispadas sobre las sábanas y helado; su mujer llamó a la criada y cambiaron con cuidado la sábana, mientras las escuchaba susurrarse al oído. Anna le dijo que mientras dormía el doctor Nagel lo había revisado y le había suministrado un calmante lo suficientemente fuerte como para esperar al médico inglés, que arribaría en dos o tres días. No la miró, pero sostuvo su mano hasta que se quedó dormido.

Permanece con un paño húmedo en la frente, hasta que se duerme. Luego activa su cronómetro mental y cuenta las horas en las que permanece sin dolor. Parece mejorar: ya no siente el racimo que lo lacera, ni la prensa que hunde sus ojos. Pero es el calmante que le suministró Nagel y no puede durar para siempre. Al cabo de unas horas se siente más liviano, hasta que una punzada lejana le recuerda su condición de postrado. En esa duermevela se encuentra cuando escucha una voz extraña. Lo palpan, le tocan la mejilla; le arriman una luz. Pero está tan desanimado que no responde. Esto que vive no es otra cosa que una ironía del Supremo, que dispone de él a su Voluntad y en forma fatal. Es el médico extranjero, hablando trabajosamente y haciéndole preguntas. Asiente, más para sacárselo de encima que por cortesía.

En el medio de estos días negros se le presenta una Imagen. Al comienzo no logra aprehenderla. Está compuesta por una luz difusa e intemporal, que la asocia al dolor. No sabe si es un anuncio de una ráfaga. Quiere borrarla, pero comprueba que se le presenta en la quietud. Lo único que tiene que hacer es relajarse y buscarla; pero cada vez que lo intenta se despierta o lo despiertan, le ponen un paño frío en la frente, le hablan o le cambian la ropa o las sábanas. Es posible que se trate de algo divino. La idea lo reconforta, pero también le provoca inquietud. Si esa luz es divina es posible que su fin se encuentre cerca y, si no es así, se pregunta por qué razón se le aparecería sin ningún anuncio ni explicación.

Se propone serenarse y examinar mejor la cuestión, cuando abruptamente todo se interrumpe y la voz extraña – el médico inglés– le pone una luz encima, le toca la cara y los ojos y le hace unas preguntas que no contesta. Quiere que lo dejen otra vez solo para seguir interrogándose sobre el posible anuncio de la divinidad. Luego se sucede un espacio de tiempo que no quiere medir porque está postrado y lo único que interrumpe su cuenta es el dolor o el sueño. Lo que quiere es encontrar un lapso de tranquilidad para indagar nuevamente sobre esa esa luz, pero se lo impiden.

Lo despierta el latido. A diferencia del otro dolor – que es puro, continuado y que lo sume en la oscuridad – este es peor, porque lo deja en un lugar intermedio entre el reposo y la crispación. Le permite pensar, pero siempre en guardia ante la posible descarga. Es la peor situación de todas, la que le genera más fastidio porque le impide no ya recordar una pieza o crear una armonía nueva, sino directamente dialogar consigo mismo. En medio de ese dolor latente su mujer lo toma del brazo e intenta despertarlo. Le dice con tono cariñoso que debe incorporarse, que deben dirigirse a un lugar que no está muy lejano para que el nuevo médico le saque el dolor. Obedece dócilmente, más pendiente del latido que de las manos que lo visten y lo levantan. Se deja llevar y sus sentidos incorporan el entorno: el descenso por las escaleras, la rugosidad de la pared, el frío del aire matinal y los ruidos. Su oído detecta hasta el mínimo de los sonidos que lo circunda: el rebuzno de los caballos, la madera chirriando de la carreta cargada que pasa a lo lejos, una vendedora que ofrece su mercadería en la otra punta y las conversaciones de los transeúntes. Se sube al coche y escucha el traqueteo durante todo el trayecto hasta que lo bajan.

Camina unos metros y escucha nuevamente la voz del médico. Lo sientan y luego lo reclinan; le ponen otra luz encima. Otra persona lo sostiene e inmoviliza por detrás, pero no opone ninguna resistencia. Escucha una respiración acompasada y entonces ocurre algo extraño: siente un metal frío que desgarra sus ojos y un líquido que se derrama por sus mejillas, a la vez que lo inundan los olores: se concentra en detectar cuál es el que predomina, si el olor rancio del aliento del médico que se figura como el fondo de un barril de cerveza o el vahído de paja podrida que llega desde su acompañante. Los olores se alejan cuando lo reincorporan: no siente nada. Le colocan un empasto en los ojos y lo vendan. Le recomiendan no frotarse y no agacharse y escucha la voz de su mujer. Vuelven a trasladarlo y lo único que quiere es quedarse solo y volver a esa Imagen que no lo volvió a visitar.

Está en su cama nuevamente. Su ropa está seca y siente algo en la cabeza que lo aprisiona levemente. Toca las vendas con curiosidad: lo han operado, le dice su mujer, y mejorará en breve. El médico no ha dicho que vaya a recuperar la vista, pero se aliviará y podrá levantarse dentro de poco. Él la escucha y lo invade un sentimiento de ternura. No llora, no sabe si puede llorar debajo del vendaje, pero le aprieta la mano y se deja acariciar. Anna está ahí; no le ha faltado nunca y él tampoco le ha faltado; lo invade la gratitud y se queda suspendido en ese estado, tomando su mano y tratando de relajarse. En un momento del sueño la Imagen quiere volver. Tiene luz propia, intuye que puede ser terrenal. Se decepciona: era el momento de descubrir físicamente la presencia celestial que tanto buscó en la soledad de su trabajo. Pero – piensa– si la luz no es divina, más que de un anuncio podría tratarse de un recuerdo, alojado en un pliegue tan íntimo de su memoria que debe explorar para llegar a él.

Ahora es la curiosidad la que lo gana. Indaga: es una luminosidad natural, por lo que hay que descartar que provenga de su gabinete de trabajo. Muy pocas veces escribió a la luz del día y nunca al rayo del sol. Siempre prefirió los ambientes íntimos y silenciosos en los que pudiera explorar su interior y escuchar su propia melodía expresiva o corregir mentalmente la entrada de un instrumento o un acorde, antes de dibujarlo en el pentagrama. Por lo tanto, no es una composición. Debe seguir explorando. Le pareció que la luz tenía vetas de un celeste muy intenso y de un rojo, por lo que podría tratarse del interior de un templo. Quiere recordar alguno en especial, pero vuelve a dormirse.

Escucha nuevamente la voz del médico. Lo libera del vendaje y le arrima otra luz artificial, terrenal, mediocre en comparación con la que está buscando. La voz habla con Anna, vuelve a vendarlo y se va. Vuelve a dormirse hasta que se despierta empapado y ardiendo. Siente el paño mojado en su frente y las gotas de agua que resbalan por su cara. Se aferra con las manos traspiradas a las sábanas y quiere creer que esa fiebre se debe a que se está curando, pero lo único que le interesa es no sentir el dolor hasta que se abre paso desde el fondo de su cerebro la lanza que lo atraviesa. Ahora suda más y se desvanece. Lo despiertan y lo primero en que piensa es en el dolor. En ese estado de trance lo sacan de la cama y lo vuelven a sentar en una silla, lo toman de atrás y el médico, o quien parece que es el médico, vuelve a tomarlo de la cara y le inserta otro filo. Lo duermen o se duerme y cada vez le cuesta más despertarse.

El dolor está ahora presente, en guardia para atacarlo en cualquier momento. Ya no hay salida, se dice amargamente y la impotencia lo invade. Sus hijos y su esposa lo necesitan. Se pregunta qué va a ocurrir con ellos. Suda y se agita y siente otro trapo mojado en su frente. Se hace nuevamente la oscuridad, pero luego de un rato, mágicamente se serena. Sus músculos se relajan y siente la mano de Anna. No se escucha un solo sonido; le parece que no tiene ningún vendaje. Pero todo esto le ocurre en el mundo material. Hay otro mundo que vuelve a explorar hasta que encuentra la luz. Esta allí, cerca, cada vez más nítida. Se deja llevar; se introduce. Es una luz natural, de un día de verano: hay un camino, unos árboles y unos arbustos con flores pequeñas de un rojo intenso. Su memoria encuentra ese momento y se introduce en él. No hay música, ni pentagramas ni instrumentos; sólo el sonido de los árboles y de los insectos en el pasto. Siente el calor húmedo mientras camina en silencio. No va solo: escucha otras pisadas partiendo los terrones de tierra. Lo toman de la mano, gira la cabeza y mira para arriba, encandilado por el sol. Su padre le sonríe y es lo último que ve.

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