Hay algo entrañable en lo rotundamente porteño de las imágenes de Mis muertos tristes, la miniserie que Netflix estrena este jueves 24 y que se acaba de presentar en el Festival de Cine de San Sebastián. Apenas arranca, cualquier crecido en Buenos Aires reconocerá los pasillos del Hospital de Clínicas. A diferencia de otras series, donde la plataforma apunta a mostrar bellezas del país, Mis muertos tristes se zambulle en un espacio que difícilmente pisen los turistas: el barrio Piedrabuena, en Villa Lugano. Ese será el mundo por donde transitarán los personajes que creó la escritora Mariana Enríquez y que filma el chileno Pablo Larraín. “Terror cotidiano”, ha explicado él. “Injusticia”, ha dicho Enríquez. Hay que pensar en las dos cosas juntas.
Mis muertos tristes es el título de un cuento de Enríquez, que está en su libro Un lugar soleado para gente sombría. Pero la serie no recrea ese relato sino que toma cuatro historias —Mis muertos tristes, Cuando hablábamos con los muertos, Julie y Un lugar soleado para gente sombría— y arma una nueva con sus personajes, sus lugares, sus ideas. A veces está muy cerca, muy pegada a los cuentos, a veces se corre un poco. “Los relatos de Mis muertos tristes —ha explicado Enríquez— plantean a los fantasmas como la memoria, aquello que vuelve todo el tiempo y que en muchos casos no se puede calmar porque tienen que ver con la injusticia. Más allá de una trama general, es una pregunta abierta, sin respuesta: ¿Qué hacemos con esos fantasmas?”.
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Aquí la protagonista, la que lleva el hilo, es Emma, el personaje que encarna Mercedes Morán y que habla con los muertos. Sí, algunas veces todos, o casi todos, les hablamos a los muertos, pero Emma no les habla A los muertos sino que charla CON los muertos, que no es lo mismo. Hasta les calma las angustias.

Emma es una médica que ha sido directora de un hospital (ese que vimos al principio), que acaba de ser jubilada de prepo y que es la narradora del cuento Mis muertos tristes, el relato que da algunos argumentos, algunos personajes y ubicación -el barrio Piedrabuena- a la serie. El barrio es central porque marca injusticias que se ven claritas en la degradación, la violencia, la paranoia de un lugar que se ha vuelto marginal y donde hoy conviven vecinos dispuestos a tomar en sus manos la seguridad, bandas y adictos de esos que están tirados en los zaguanes. “El barrio ha cambiado desde mi infancia. Solía ser viviendas para obreros construidas en los años treinta en calles angostas; casas de piedra, hermosos jardines pequeños y ventanas altas con persianas de hierro”, escribe Enríquez en el libro. En una de esas casas vivía la mamá de Emma, que acaba de morir de cáncer gritando de dolor porque es alérgica a la morfina.
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Pero, ya avisó la autora, el barrio es otro: “Al sur tenemos los monoblocs que se fueron volviendo más y más peligrosos, con los chicos que venden paco en las escaleras y a veces se tirotean si hubo alguna escaramuza o si simplemente están de malhumor porque perdieron un partido de fútbol”. Y, además, ahí nomás creció una villa. Iban a construir un centro deportivo pero, bueno, ya se sabe, no lo hicieron y en el predio se puso una casilla, otra, otra... Ese es el escenario de esta serie.

Emma es dura, dice lo que otros piensan y callan, es áspera y carga un peso: en la pandemia, cuando estaba en el hospital, tomó la decisión de sacarles los respiradores a los ancianos y dárselos a quienes tenían más posibilidades de sobrevivir. Un pragmatismo que duele: la llaman “asesina”. Uno de los personajes que recibirá la aspereza de Emma, y la devolverá con precisión, es su hija, que en la serie tiene la cara de Dolores Fonzi.
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Ahora que partió la mamá de Emma, llega al país la hermana, que vive en Estados Unidos. Emma podía haberla mandado a su departamento en Recoleta pero la relación entre ellas no es, digamos, amorosa, y además Emma tiene algunas facturas pendientes por años de cuidar sola a la madre de las dos. Así que acá llegan, a Piedrabuena, la señora que habla medio en inglés, su marido argentino que trabaja -¿de qué?- en Boeing y su hija Julie, uno de los personajes más hermosos de la serie.

Enríquez y Larraín aprovechan esta visita para burlarse y compadecerse de aquellos que emigraron para ser más y terminaron lavando cabezas y limpiando oficinas afuera (como si uno no tuviera derecho a tener sueños y a que esos sueños se deformen). Pero si los padres son algo tilingos, Julie, “mi prima gringa”, define la narradora del cuento, es descarnada, directa, simple. También es obesa, muy obesa: la hace Carolina Álvarez.
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A Julie la declararon loca, ha pasado por todo tipo de tratamientos y, a la noche, tiene sexo con “amigos” que no están ahí. ¿Dónde están? Bueno, como su tía, Julie habla con los muertos. Y parece que llega incluso más allá.

En lo cotidiano, sin embargo, no es fácil la vida de una adolescente tan gorda y tan deseante. Termina estudiando en su casa, por ejemplo, porque el bullying no le deja respiro. El tema es que esta visita a la Argentina es algo más que una despedida a la madre: los padres de Julie ya no pueden pagar la atención médica que ella precisa en Estados Unidos. Y en la Argentina, ya se sabe, hay salud pública. ¿Es que ellos van a volver al país? Mmm...
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El terror cotidiano
Claro que esto es Mariana Enríquez, así que por más que haya espíritus por todos lados, el terror es el terror que supimos conseguir y el daño, el que nos hacemos entre nosotros. Durante los cuatro capítulos vamos a caminar por pasillos mugrientos, en los que hay colchones en el piso, los zombies van a ser adictos de movimientos espasmódicos o tirados en esos colchones y el muerto que grita va a ser ese chico que se escapaba de una patota y pedía amparo pero al que, por miedo, nadie le abrió la puerta y terminó destrozado. ¿Cómo no te va a volver esa imagen? ¿Cómo no te va a volver la cara del ladrón que se cayó en el patio y al que dejaste desangrarse sin llamar a la ambulancia porque, en el fondo, pensás que “uno menos” es mejor? O, para decirlo con todas las letras, ¿cómo podemos dormir con todo eso -la miseria, el pozo de la droga, la violencia- pasando ahí nomás?
En estos días, Stephen King -uno de los héroes literarios de Enríquez- elogió la serie. En un tuit escribió: “¡Qué idea tan genial! ¿Qué pasaría si alguien que puede oír (y a veces ver) a los muertos cayera en el suministro de agua de una ciudad y su cuerpo se descompusiera? ¿Y si, después de beber el agua, TODOS pudieran hacerlo?” Porque eso pasa en algún momento. ¿Y entonces, qué? Que se escuchan tantos gritos, tantos llantos, tantos tantos tantos muertos que se quejan y se lamentan y señalan a sus asesinos, a quienes los hostigaron, a quienes les hicieron la vida imposible, a quienes miraron para otro lado... Se escucha tanto dolor que es insoportable. Esos quejidos serían la banda sonora de la vida, si no tuviéramos la percepción convenientemente limitada.
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La serie no se priva de mostrar algunos cuerpos malheridos o en descomposición que, en mi humilde opinión, podrían obviarse. Pero la obra nueva que hacen quienes la adaptaron -la propia Mariana Enríquez, Guillermo Calderón, Anastasia Ayazi y Pablo Larraín- a partir de los cuentos de Enríquez funciona, porque mantiene el terror bien entendido, la mirada y el espíritu que hicieron de Enríquez una figura de la escena literaria internacional del siglo XXI.
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