
Apenas hace un mes, en medio del estrés y la incertidumbre por la posible derogación de la ley 25542 –conocida popularmente como “de Defensa de la Actividad Librera”–, que finalmente se revirtió, se llevó a cabo una nueva edición de la FED. Esta feria, que se ha establecido como un gran encuentro de la edición independiente, ya no solo de la Argentina, sino a nivel global, es un termómetro de la realidad del sector. El público lector exigente está en búsqueda de títulos fuera de la moda e incluso de los cánones –aun sin saberlo–, lo que constituye tierra fértil para nuevos proyectos que, cada año, con diferentes estéticas, identidades propias y objetivos claros y bien definidos, salen al ruedo, incluso en contextos hostiles.
Editoriales monopersonales, de equipo o resonando en dúo, desde la Patagonia, con la juventud que arrasa desde la ciudad de Buenos Aires o siendo extranjero pero muy porteño, Santa, Fiesta y Queequeg Press, dicen presente. Aquí su historia, qué los mueve, cómo se animan a emprender un camino en medio de una realidad económica hostil, qué los motiva y qué se viene.
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Celebrar la literatura
Fiesta, como es evidente, nace con el objetivo de celebrar la literatura. “Creemos que el vapuleo de la cultura tuvo como consecuencia (lógica) que el arte (y en especial la literatura) viva justificando su propia relevancia. Parece que los libros siempre vienen acompañados de palabras que justifican su existencia, que explican por qué son importantes. Esto se entiende contextualmente, pero nosotros queremos salir de ahí. Creemos que la literatura se justifica por sí sola. Leer un buen libro es una fiesta y una fiesta es algo valioso en sí mismo. Con esto no estamos diciendo que los libros no forman parte de la complejidad cultural y política, por supuesto que no. Tampoco estamos criticando esa defensa teórica que suele acompañar los lanzamientos. Solo queremos hacerlo de otra manera”, señala Constanza Casagrande, una de los seis editores y quien conversó para esta nota.
Este año lanzaron la editorial en abril, pero, como continúa Casagrande, vienen trabajando en y para Fiesta desde octubre de 2024. El objetivo era poder salir con los cuatro primeros títulos durante este año. Y lo lograron en seis meses.
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Además de Constanza Casagrande, licenciada y profesora en Letras, escritora y docente, completan el equipo otros cinco jóvenes igual que ella, Clara Pusarelli, que también estudió Letras y es la responsable de la identidad gráfica y el diseño de los libros de la editorial; Francisco Noriega, editor de video, formado en la ENERC y en Diseño de Imagen y Sonido en la UBA; Mora Monteleone, dramaturga, directora, actriz, productora y licenciada en Letras por la UBA; Rodrigo Espinel, escritor y Bruno Petroni, escritor, coordinador de talleres literarios y licenciado y profesor en Letras. Esa mixtura de saberes y experiencias intensas en pocos años que se volcó en Fiesta permitió la construcción de una identidad muy definida tanto en la estética gráfica como literaria.
Tal vez por su juventud cuentan con una fe, un ímpetu y una esperanza relucientes. Confiados en su proyecto y habiéndolo cocinado a fuego lento pero seguro un año y medio antes de su lanzamiento, sin improvisar nada señalan que los impulsó un deseo estético más que uno económico. “Por supuesto que queremos llegar a muchos lectores”, pero son conscientes de que para eso necesitan “paciencia y tiempo”, y apuestan al largo plazo. “La coyuntura va a cambiar y nosotros vamos a seguir haciendo libros hermosos”, dicen.
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Una cuestión de fe
Desde Neuquén, Francisla Marós, abogada de formación, desde muy joven se vio atravesada por distintas disciplinas artísticas. Y mientras escribía y dictaba talleres de escritura, soñaba con editar. Al igual que los chicos y las chicas de Fiesta, la convicción en que se concretara la editorial propia lo hizo posible. “Esperar el momento indicado para encarar un proyecto editorial, más en este país donde las circunstancias nunca parecen ser las indicadas, me parece un poco ilusorio. Tal vez el desafío es hacer lo mejor posible con lo que tenemos”, sentencia Marós con ternura pero con firmeza.
Sostiene que incluso la dificultad también puede ser un buen indicador. “Tal vez es justamente en contextos como este cuando más sentido tiene insistir o resistir. Porque un lector es alguien que cuenta con herramientas discursivas, capaz de abrir y sostener un diálogo, empatizar también con el entorno, formarse un criterio propio”.
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Aun arriesgando que es una época en la que no se esté particularmente interesado en formar este tipo de lectores, dice que por eso “fundar una editorial hoy no es solamente asumir un riesgo económico, que lo es, sino que es también tomar una posición”. Apuesta por lo colectivo: “Estamos en un punto en el que vale la pena preguntarnos qué podemos hacer concretamente para que haya cada vez más gente interesada en la lectura, generar comunidad. Ese es para mí el mayor desafío. Dejar de pensar la dificultad únicamente como un óbice y capitalizar las experiencias, trabajar con lo que hay para acercarnos cada día un poco más a eso que queremos. Insistir en la lectura es también una forma de rehuirle a la alienación”.
Y es una fe ciega en la humanidad y en el libro lo que sostiene el proyecto desde el nombre mismo, que quedó resonando desde la infancia de Marós, cuando a la pregunta de si Dios existía, su padre le respondió “en algo hay que creer”. Esa frase le quedó grabada, y como los santos y santas, que son intermediarios, Francisla lo relaciona con algo que está ligado a la fe. “Como estos santos o santas que aparecen entre el deseo y la materialización de algún milagro, creo que son épocas en las que hay algo de eso que nos hace falta.Tiene que ver con algo relacionado con la fe, siempre”.
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Sobre otros mundos
Andrés Hax es un entusiasta de los lugares y sus habitantes casi tanto como de los libros. Nacido en Boston, Massachusetts, vive en la Argentina desde hace treinta años, donde ha ejercido el periodismo y vive en constante estado de observación y escritura. Tal vez como un arponero, que vive en estado de alerta y espera la aparición de una presa. Ese tipo de personas, como un flaneur, encuentra joyas que para los demás son invisibles. Es un talento, un don.
Esa misma sensibilidad es la que lo hace consciente de que el contexto económico actual, si bien es adverso para la cultura, no queda otra que ser atravesado si el deseo es sumergirse en esas aguas. “Es el mundo que conozco. Toda mi vida ha dado vueltas alrededor de la tinta y papel, de los libros y diarios, de las revistas, de los autores, de las librerías y bibliotecas”.
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Por ello eligió capitalizar su experiencia dentro de una coyuntura, de algún modo, parca, para acercar escritores y escritoras totalmente novedosos a la Argentina. “De los que te desafían los prejuicios, que te abren nuevos mundos, o que te acompañan en tiempos o momentos que necesitás esa compañía que solo te puede dar la lectura”.
Años de escritura y lectura lo han convertido, de alguna manera, en ese personaje de Moby Dick, de Herman Melville, y que le da el nombre a su proyecto editorial, Queequeg, un arponero de la Polinesia. “Para los lugareños, él es el extraño, pero para Queequeg, es al revés. Entonces Queequeg es para la editorial una especie de eje, u objeto de meditación. Es viajero, es audaz y cariñoso”. Allí radica su búsqueda y la de la editorial, que la lleva adelante junto con Verónica Pages, su esposa. Hacer cruces y acercamientos a lecturas ignotas, foráneas, que abran la mirada a sensaciones vividas por culturas que no nos son propias. “Pero como todos los nombres, es una intuición y una apuesta”, confiesa risueño.
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Sumar
Los tres proyectos se definen no por la falta, sino por lo novedoso, por lo que vienen a aportar desde formas y modos para encarar el trabajo o desde una mirada hacia una suerte de vergel por descubrir.
Francisla Marós no piensa el diferencial de Santa en términos de ocupar un lugar que estuviera vacío, sino todo lo contrario: llega para establecer redes intra y extraeditorial. “Santa nace reconociendo que existe un mundo editorial independiente superrico, con editoriales que vienen haciendo un trabajo enorme desde hace años”, por eso se instala más en la postura acerca de cómo intervenir en el ecosistema, qué sumarle con una mirada propia. Abona la idea de que el trabajo editorial no se cierra con la publicación de un libro, sino que apuesta por lo que pasa después.
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Su circulación, con qué otros libros y con qué lectores dialoga, qué conversaciones puede abrir, y hasta dónde pueden acompañarlo para que encuentre lectores, incluso por fuera de los circuitos habituales. Sigue la lógica de ampliar horizontes. “En ese sentido, pensamos el catálogo no solo como una selección de libros, sino como una forma de intervención. Publicar es una parte del trabajo, construir las condiciones para que esos textos circulen, encuentren lectores, habiliten conversaciones, es un poco también lo que entendemos por editar. Cómo habilitar ese alcance”, sintetiza.

Los editores de Fiesta, por su parte, resumen su objetivo en la idea de ser “el ideal de una editorial”, entendido como la concepción que imagina alguien que no está relacionado con el mundo literario. Buscan ser una editorial que se dedique a leer los materiales que les lleguen, sin importar si el escritor es o no popularmente conocido, con el afán de descubrir literatura nueva, y a la vez relanzar libros que quedaron olvidados. . Intentan tomar las decisiones guiándose por el placer de la lectura. “Y nada más. Una editorial nueva que existe desde siempre”, definen.
Hax apuesta por acercar obras y autores que sean traducidos por primera vez al castellano y desconocidos en el circuito literario latinoamericano. Queequeg va por las nuevas voces, pero asume que es una jugada arriesgada. En la misma línea, además, la editorial cuida la estética gráfica al detalle. “Con lomos cocidos y tapas que (en mi imaginario) podrían eventualmente constituir una minigalería. La foto de la tapa de nuestro primer libro es de Marcos López, la del segundo es de un fotógrafo misterioso del principio del siglo XX -que es parte de la colección del Museo Metropolitano de Nueva York-, y la tercera es de un increíble fotógrafo contemporáneo de Nueva Orleans. Y ni hace falta decir que nuestra veneración por el arte de la traducción es el centro de la editorial también.”

¿Y el después?
Los tres proyectos reconocen que a pesar de la coyuntura han tenido una excelente acogida, y los llena de entusiasmo. “No perdemos de vista que el contexto está complicado, pero estamos muy contentos con nuestro primer semestre de vida”, cuentan los editores de Fiesta, que enseguida comenzaron a trabajar con la distribuidora Waldhuter, además de haber obtenido un reconocimiento de Mecenazgo Cultural de la Ciudad de Buenos Aires. “Gracias a esta plataforma, algo inesperada, llegamos a muchísimos más lectores de lo que imaginábamos en un principio”. En este breve trayecto se han encontrado con lecturas “inteligentes y lúcidas”. “Nos gusta pensar que estamos creando una comunidad de lectores que esperan libros con imaginación y audacia, una pequeña fiesta”.
Queequeg Press, el único de los tres proyectos que participó de la FED, como expresa Andrés Hax, ante todo se siente agradecido porque no se derogó la Ley 25542, y admite que se trata de un logro colectivo. “Es una maravilla y fue en gran parte fruto de la resistencia del sector. Eso se mostró de sobras en la reciente Feria de Editores”. Sin embargo, y aún habiendo sido una buena feria, no desconoce el hecho de que el panorama “es tormentoso e incierto”, y Queequeg no es ajena a ello. “Se lanza a la aventura, y es peligroso. Por allí naufragamos. ¿Quién sabe? Pero pasan los años. No se pueden esperar las condiciones óptimas para lanzar un proyecto”.
Santa lleva poco tiempo de historia, pero al igual que Fiesta ha tenido una gran acogida y establecido redes que estaban entre sus intenciones iniciales, la del “poder que tiene el libro para generar comunidad [...] Los textos habilitaron encuentros, el diálogo, abrieron conversaciones, nos pusieron en contacto con lectores, los libreros, autores, otras editoriales”. Sienten que, en ese sentido, el saldo es favorable.
Las tres editoriales se paran de cara al futuro con un panorama claro. Mientras que Queequeg quiere guardarse algunos secretos, adelantan que para 2027, presentarán una segunda novela de Jenni Fagan –Las Delusiones, editado en el Reino Unido en marzo de este año–, además de una novela, “como un road movie al estilo de Kerouac”, de Vanessa Veselka. “Entre otras cosas, muestra cómo es vivir en los Estados Unidos sin un mango”. En ambos casos, siente “lo bendecida que ha sido Queequeg Press” en poder tenerlas en su catálogo.
En el caso de la editorial neuquina, Francisca Marós comparte varias novedades. A sus cinco primeras publicaciones se sumará una novela de Mariana Sonego, El sol que extraño; publicarán a Haidu Kowski e inaugurarán una línea dentro del catálogo ligada al policial y a la novela negra, que la abrirá un autor neuquino, Gastón Rambeaud. Ambos proyectos surgidos y seleccionados en el Festival Cartago, auspiciado por la FED.

Fiesta, que no deja de recibir material, a sus cuatro obras debut –una novela, un poemario, una obra de teatro y un libro de cuentos– busca textos que los deleite, y sienten que tienen pendiente publicar algún rescate –”recuperar algún texto que haya quedado olvidado. Eso abriría una nueva colección dentro de la editorial"–. Siguen en esa dirección. “Buscamos belleza para atrás y para adelante”, concluyen.
Los tres proyectos, aunque con enfoques distintos, coinciden en un punto de partida común: la decisión de sostener catálogos propios en un momento en el que la cultura enfrenta recortes presupuestarios y la economía atraviesa dificultades que impactan de manera directa en el sector editorial.
[Fotos: Fiesta; Queequeg Press; Santa]
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