
Pese al alboroto sensacionalista que suelen generar ciertos miembros díscolos de su familia, la imagen de una reina Isabel II cumplidora e impecablemente digna sigue siendo un referente para los admiradores de la monarquía británica. Una exposición que actualmente se presenta en el Palacio de Buckingham ofrece una mirada inusualmente íntima a la ropa que ayudó a definir esa imagen.
Se trata de la muestra más amplia jamás organizada sobre el vestuario de la difunta monarca: reúne más de 300 prendas y accesorios que recorren su vida, desde la infancia hasta el final de su reinado de 70 años. Contemplar estos objetos permite entender que, para Isabel —como para tantas reinas a lo largo de la historia—, la ropa siempre fue más que “simplemente” ropa. Podía funcionar como herramienta de Estado o de diplomacia, como publicidad patriótica o incluso como diversión personal. El conjunto característico de Isabel —un abrigo de colores vivos y un vestido a juego, un sombrero extravagante y zapatos prácticos de tacón bajo— funcionaba como una especie de uniforme, indispensable para el desempeño de sus deberes reales y, en verdad, para la propia representación de la realeza. Como ella misma dijo célebremente: “Tengo que ser vista para que me crean”.
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Sin embargo, la figura de la reina, reconocible al instante, nunca fue obra de un único diseñador. Fue la creación colectiva de ejércitos de trabajadores especializados: hombres y mujeres que cortaban, cosían, confeccionaban, bordaban, tejían, trenzaban, ajustaban y construían de otras maneras sus múltiples componentes, ya fueran chales de cachemira de Norwich o vestidos de Norman Hartnell. En su esclarecedor nuevo estudio, Dressing the Queen, Kate Strasdin reconstruye las vidas y los trabajos de las “muchas manos” que, desde la época de la tatarabuela de Isabel II, la reina Victoria, han dado forma a los contornos sartoriales de la reina británica.

Historiadora del vestuario en la Universidad de Falmouth y autora de The Dress Diary, Strasdin define su proyecto como un intento de apartar el foco de Victoria e Isabel y dirigirlo “hacia los artesanos que, prenda a prenda, pusieron todas sus habilidades al servicio de la creación de objetos que pasarían a formar parte de la iconografía de la realeza, mientras ellos mismos permanecían casi por completo ocultos”.
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Cada capítulo del libro se concentra en un área distinta de especialización y, a partir de una abundante investigación de archivo, vincula un puñado de historias de vida hasta ahora desconocidas con cada una de las categorías del guardarropa de la reina: desde túnicas de Estado y tiaras hasta atuendos de equitación y gabardinas.
Strasdin describe magníficamente las condiciones —a menudo insalubres— en las que trabajaban sus protagonistas y la naturaleza específica y sumamente exigente de sus tareas. También procura relacionar, siempre que es posible, un rostro y una identidad humanos concretos con las personas cuyos esfuerzos profesionales narra.

Dado que, en su mayoría, los trabajadores especializados que examina no dejaron —a diferencia de las reinas a quienes sirvieron— registros extensos para la posteridad, Strasdin se topa a menudo con vacíos documentales que no puede llenar. Su respuesta consiste en entregarse a moderados ejercicios de especulación. Por ejemplo, sobre el tejedor de seda George Doré, escribe: “Me pregunto qué sintió en ese último instante de creación, cuando el hilo final de brillante color petunia fue tejido en la tela del manto de terciopelo de la reina Alejandra. ¿Compró ediciones de recuerdo de los periódicos que registraban los detalles de la ceremonia de coronación celebrada el 9 de agosto de 1902?”.
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Al presentar a Ethel Oatham, de 17 años, registrada en el censo de 1911 como trabajadora junto a su hermana Delia en adornos de alta gama para vestidos de mujer, pregunta: “¿Ethel retorcía y enlazaba cordones de seda o tejía las vertiginosas variedades de pasamanería? Quizá se sentaba con su hermana mayor y confeccionaba las bandas de flecos listas para ser cosidas al dobladillo de un vestido refinado”.
Y, acerca de una señorita Reid, de la empresa que producía el querido tartán de Balmoral de la reina Victoria y el príncipe Alberto: “¿Disfrutaba ser la única empleada mujer entre todos los sastres y fabricantes varones, o temía cada día al ocupar su lugar en el taller?”.
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La invisibilidad de estos trabajadores dedicados contrasta de manera impactante con el perfil incomparablemente alto de las prendas que produjeron, una idea que Strasdin subraya repetidamente a lo largo de los 18 capítulos del libro. “Sus nombres individuales pueden perderse a veces, pero su trabajo permanece intacto”.
Aunque nunca menciona a Karl Marx —casi contemporáneo exacto de la reina Victoria, pues ella era un año menor y él vivió en Londres durante 34 años de su reinado—, quizá a Strasdin le habría interesado advertir que él previó este problema apenas siete años después de la llegada de Victoria al trono. Al desarrollar su idea del trabajo “alienado”, Marx afirmó en 1844: “El trabajador pone su vida en el objeto; pero ahora su vida ya no le pertenece a él, sino al objeto”. Como podría preguntarse Strasdin, ¿estaba Marx pensando en la suntuosa indumentaria de coronación de Victoria o en sus tweeds escoceses de las Highlands? ¿Se habría cruzado de algún modo con George Doré o la señorita Reid?
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También en este punto la historia guarda silencio, y solo nos deja reflexionar, junto con Strasdin, sobre cómo, con el paso del tiempo, los creadores del guardarropa real desaparecieron en la magnificencia de aquello que hicieron.
Fuente: The New York Times
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