
Hoy, las sierras de Tandil son sinónimo de turismo y descanso, pero no siempre fue así. Bajo el suelo de la famosa Piedra Movediza se esconde un pasado de pólvora, sangre y opresión.
“La cantera estaba a siete kilómetros al sudoeste de Tandil. Ya nada quedaba de los leones de piedra recostados sobre sus patas delanteras. La explotación de la cantera los había borrado y sus pedazos estaban esparcidos por las calles de Buenos Aires. (…) Catriel entendió pronto que el trabajo en la cantera estaba lleno de riesgos. Los peligros acechaban en todos lados, tanto por el desprendimiento de rocas como por las voladuras accidentales; incluso el desprendimiento inercial de las zorras o vagonetas podía causar una muerte. A su alrededor había hombres rengos, ciegos y más de uno había perdido uno o varios dedos. También podían padecer alguna enfermedad pulmonar, debido a las partículas de sílice producidas por la piedra. Sin embargo, todos seguían allí, necesitaban trabajar”.
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Fue entre 1908 y 1909 que el grito de los obreros picapedreros hizo temblar las canteras de Cerro Leones, en una de las huelgas más feroces de la historia argentina. Así, con este contexto de barro y revolución como puntapié inicial, Gabriela Exilart escribe Tierra herida (Plaza & Janés, 2026), una trama coral donde los secretos familiares, el racismo estructural y los amores prohibidos se trenzan con la lucha de los hombres por mejores condiciones de trabajo y los inicios del feminismo obrero.
A través de las vidas de las dos protagonistas: Ana María, una maestra atormentada por las masacres del pasado, y Celestina, una modista que huye de la justicia, la obra rescata no solo la épica de los trabajadores inmigrantes, sino el rol fundamental que ocuparon las mujeres que se plantaron frente al orden establecido y no retrocedieron ni un centímetro.
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Ficción y realidad
El relato nos traslada al Tandil de principios del siglo XX. La cosa estaba difícil. No para los dueños de estancias sino más bien para los peones, los extranjeros, los indios y las mujeres. Todos ellos, sumados a las brutales condiciones de trabajo en la cantera, que alimentaba de adoquines a las calles de la ciudad de Buenos Aires, encerraban historias personales, algunas de amor y otras no tanto, que impactaron en el relato que reconstruye Exilart.
¿Es posible reconstruir los lazos familiares cuando la historia nacional se ha cobrado la sangre de los nuestros? ¿Hasta dónde se puede acallar el pasado? ¿Cuánto tiempo puede arrastrar una persona el peso de un trauma de la infancia? Y más aún: ¿desde cuándo el amor y la búsqueda de dignidad son capaces de sanar las heridas más profundas? Estas son algunas de las preguntas que laten en las 319 páginas de la obra que sabe mezclar y muy bien el drama íntimo de los personajes con la lucha social en la Argentina.
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En esta segunda entrega, que conversa con la precuela, “El secreto de Azucena”, Exilart el foco está puesto en la fuerza de las mujeres de la época. Ya no son meras acompañantes en los márgenes de la historia oficial: aquí son las verdaderas heroínas que, súper empoderadas para aquellos años, se ponen los pantalones y pelean –como pueden- a la misma altura o más que sus colegas hombres. Así las cosas, el texto se sumerge en el incipiente feminismo obrero. Y no idealiza el pasado. Lo expone en toda su crudeza.
“Ante la huelga, los patrones habían redoblado la apuesta y habían cerrado las canteras. (…) Ana pasaba la noche en vela, pensando en esas mujeres (…) que luchaban por los derechos de todas. Había llegado a sus manos la información del Congreso Internacional del Libre Pensamiento que se había hecho ese año en Buenos Aires, del cual habían participado Julieta Lanteri y Cecilia Grierson, egresada de la misma escuela donde ella había estudiado. (…) A cuatro días de haberse declarado la huelga, los socialistas y anarquistas organizaron un acto público en el Teatro Cervantes de Tandil, en apoyo a los canteristas. Hubo incidentes cuando una oradora ácrata, Virgiani Bolten, atacó duramente a las autoridades. Era la misma mujer que el 1 de mayo había dado un discurso para todos los obreros anarquistas de las canteras de Tandil. (…) Un agente la increpó y todo terminó en disturbio: disparos, machetazos y bastonazos.”
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Como sea, cuando la “huelga grande” (así trascendió en los libros de historia) estalló en las canteras de Cerro Leones, fueron las mujeres las que salieron a sostener con ollas populares, a poner el pecho contra las injusticias de los patrones y a demostrar que la dignidad no tenía género.
Exilart, abogada, docente universitaria y escritora, se ha convertido en una de las autoras argentinas de novela histórica y romántica, más leídas del país. En sus libros, los acontecimientos del pasado funcionan como escenario, pero también como una forma de interpelar el presente. En Tierra herida, ese contexto encierra un paisaje poderoso: las sierras de Tandil, las canteras, los pueblos de inmigrantes, los campos y una Argentina contradictoria que todavía está intentando definirse. Mientras una ciudad crece y se moderniza, (Buenos Aires y sus calles adoquinadas) otros trabajan y dejan la vida para construirla.
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Se habla de progreso, hay hombres y mujeres que quedan al margen de sus beneficios. Y mientras se escribe esa historia, hay otras que permanecen en silencio. La autora marplatense va al rescate de esas vidas anónimas. Y lo hace a través del amor, del deseo, de la violencia, de la lucha social y de esos personajes que parecen llevar sobre el cuerpo las marcas de una época. Porque esta obra no es un lugar al que se regresa para saber lo que pasó. Es una herida abierta que explica quiénes somos. Quizás por eso la novela encuentra su mejor versión en aquello que queda después de una explosión: la piedra rota. Entonces, la tierra podrá volver a cubrirse de pasto. Una ciudad podrá levantarse sobre sus restos. Las generaciones podrán intentar olvidar. Sin embargo, algunas marcas no desaparecerán jamás: solo esperan que alguien vuelva a contarlas.
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