
La mesa estaba puesta con elegantes platos florales y servilletas festivas pero, a las 9 de la mañana de un lunes, Harlan Coben sirvió un sloppy joe exactamente como debía ser: sobre una hoja de papel encerado, acompañado de pepinillos en tiras y papas fritas.
Antes de meternos en los 38 thrillers de Coben (muchos de ellos best sellers número 1) y sus numerosos programas de televisión (13 solo en Netflix), hay que decir que el sándwich que compartimos en su casa de Ridgewood, Nueva Jersey, no era el típico de cafetería escolar (carne picada entre panes de hamburguesa). Era un sloppy joe de Nueva Jersey: una torre triple de pan de centeno rellena de pavo, roast beef, queso suizo, ensalada de col y aderezo ruso, el sándwich oficial del condado de Essex, al menos según Coben y según yo, ambos orgullosos nativos.
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Por eso era el manjar perfecto para disfrutar mientras hablábamos de las memorias de Coben, Plot Twist, que Grand Central publicará el 8 de septiembre. A diferencia de sus otros proyectos, llenos de situaciones de alta tensión y enfrentamientos culminantes, este —cuyo subtítulo es Life, Craft, and the Messy First Draft— está impregnado de nostalgia (no de la empalagosa) y de consejos inesperados sobre escritura.
“Siempre fui uno de esos autores que decían, medio en broma: ‘Todo es ficción’”, dijo Coben, de 64 años, mientras daba un buen mordisco al sándwich. “¿Qué sé yo de gente que desaparece y es asesinada? Y después me di cuenta de que mucho de lo que hay en mis libros viene directamente de mi infancia o de cosas que realmente me pasaron”.
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Más allá de su altura (1,93 m) y de los vínculos mafiosos de su abuelo —Louis “Pops” Kronberg fue presidente de un sindicato de licores en pleno territorio Sopranos—, lo más destacable de la vida de Coben es su normalidad.
Vive en una calle suburbana arbolada. Está casado con Anne, su novia de la universidad, que es pediatra. Tienen cuatro hijos, ya adultos, y dos perros de raza bichón habanero, Winslow y Laszlo, que irrumpieron por la puerta trasera envueltos en un torbellino de encanto digno de un ewok. Coben, parecido al señor Clean (sin el aro), tiene la afabilidad de un padre con silbato al cuello. Como dirían los chicos, transmite vibra de entrenador.
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Y eso es exactamente lo que es en Plot Twist: un tipo alentador, apenas mandón, que te empuja a contar tu propia historia compartiendo la suya.
Nuestra conversación fue editada por razones de extensión, claridad y promoción del Estado Jardín. (Salió Bruce, igual que la costa y el Livingston Mall.) Antes de que me fuera de su casa, Coben me dio un sándwich extra para el camino.

—Contame cómo llegaste a una combinación de memorias y consejos de escritura para Plot Twist.
—Di una clase magistral para BBC Maestro y, durante cinco días de grabación, aprendí sobre mi proceso y sobre mí mismo. Entonces pensé que sería divertido escribir sobre eso.
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Siempre dije que nunca escribiría unas memorias, pero también dije que nunca colaboraría en una novela con nadie, y después terminé colaborando con Reese Witherspoon. Capaz decir “nunca” sea un buen desafío para mí mismo.
De todos modos, el año pasado había escrito dos libros y no podía darme vuelta y hacer otro; era demasiado con la televisión. Entonces le dije a mi editor: quizá haga una guía para escritores, algo parecido a mi clase, y al final eso terminó convirtiéndose en unas memorias. Es mitad y mitad, pero la parte de guía de escritura se relaciona con la vida real.
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La otra cosa es que realmente me gustaría ver a más gente creando. Espero que esto sirva como herramienta de motivación para cualquiera que quiera poner más arte en su mundo. Respuesta larga.
—¿Cuáles fueron los aspectos de tu infancia a los que más volviste mientras escribías?
—Siempre son mis padres, sus muertes y cómo eso me formó. La tragedia es una maestra tremenda, por desgracia. Aunque mis libros sean thrillers, creo que reflejan eso.
—En ese suburbio tipo Norman Rockwell donde creciste había una corriente subterránea de peligro —el jefe mafioso con un crematorio en el patio, el centro de control de misiles cerca de una escuela primaria—. ¿Te dabas cuenta?
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—Sí y no. ¿Qué tan distinto es Livingston de otros lugares? Todo el mundo tiene cosas raras en su vida. Mi manera de lidiar con eso, algo de lo que no me di cuenta hasta ser mayor, fue inventar historias. Mis series de televisión transcurren por todo el mundo pero, con muy pocas excepciones, mis libros transcurren acá.
—¿Por qué pensás que pasa eso?
—Primero, porque es lo que conozco. Segundo, porque es lo que me fascina. Creo que Nueva Jersey —sobre todo los condados de Essex, Bergen y Monmouth— es realmente el campo de batalla del sueño americano. Estamos entre dos grandes ciudades, Nueva York y Filadelfia. Tenemos mucha densidad de población y al mismo tiempo estamos dispersos. Tenemos un poco de complejo a flor de piel. Acá fue donde mis padres, y probablemente tus padres [sí], vinieron por dos autos, una parrilla y una cancha de básquet. Pero vivimos en una burbuja y esa burbuja es frágil; ese es el ambiente con el que me gusta jugar. Cuanto más calma está la superficie del estanque, más ondas puede generar una sola piedra.
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—¿Qué consejo de escritura te entusiasma más dar vuelta?
—Creo que el mayor error es dividir las cosas en personaje, trama y escenario. Cuando apuntás a satisfacer uno, se convierte en un juego de suma cero. Si tengo más personaje, significa que mi trama va a ser mala. Si tengo más trama, significa que mi personaje va a ser malo. Lo que intento enseñar acá es que todo es holístico.
La segunda cosa es que no siempre hay magia, y no debería haberla. Con cada libro pienso: esto no está funcionando. Soy malísimo. Antes era bueno, nunca voy a terminar este a tiempo. Mi mujer me escuchó decirlo un millón de veces.
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—¿Cómo salís de esa etapa?
—Me obligo a sentarme en la silla y escribir. No tiene nada de romántico. No tiene nada de sexy. No me dejo ninguna otra salida.

—Tenés sentimientos fuertes respecto de las distracciones “de escritor”. Desarrollá.
—Lo único que cuenta es escribir. Hacer esquemas no es escribir. Investigar no es escribir. Crear personajes no es escribir. Los grupos de escritura son geniales si te hacen producir páginas, pero sus críticas a tu trabajo pueden ser un completo disparate. Simplemente volcálo en la página. Apagá la parte de tu cerebro que te dice que apesta. Cuando escuchás esa voz, tenés dos opciones: podés dejar que te paralice o podés dejar que te impulse.
—¿Cómo reaccionaron hasta ahora los lectores a Plot Twist?
—Mis hijos fueron los primeros en leerlo y sus reacciones —se me van a llenar los ojos de lágrimas acá— fueron increíbles. Me sorprendió lo genuinamente conmovidos y shockeados, en el buen sentido, que quedaron todos. Creo que vieron lados míos cuya existencia no conocían. Hace poco, cuando publiqué algo sobre el libro, mi hija mayor escribió algo así como: “Me encanta. Es lo mejor que hizo”. Y normalmente, si subo una foto mía a Instagram, los dos comentarios serían: “Qué asco” y “¿Podés no hacerlo?”. Así que, aunque nadie más lo lea, para mí ya fue un éxito total.
—¿Cuál fue el punto más bajo de tu carrera?
—Tuve una ingenuidad maravillosa. No me daba cuenta de lo insignificante que era dentro del mundo editorial cuando empecé, de lo poca cosa que era, porque no había forma de saberlo. Incluso hoy, cuando la gente me pregunta cuántos libros vendiste en la primera semana, no tengo idea. No quiero saberlo. Nunca intenté llevar la cuenta.
—¿Alguna vez te arrepentís de no haberte ido de Nueva Jersey?
—No. No soy una persona que mire hacia atrás demasiado seguido. Soy feliz donde estoy ahora.
—En la Garden State Parkway hay áreas de servicio con nombres de Judy Blume, Jon Bon Jovi, Connie Chung y James Gandolfini. ¿Por qué no Harlan Coben?
—Sería un honor enorme, pero me gusta pensar que todavía soy demasiado joven.
Fuente: The New York Times
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