
El creador, productor y showrunner israelí Ran Telem, ganador del Emmy por Homeland y referente del desarrollo de series y películas, compartió junto al realizador argentino Daniel Burman -actual Head of Original Content de Disney+ en América Latina-, una charla sobre los engranajes del relato audiovisual, la construcción psicológica de personajes y el lugar de la inteligencia artificial en la creación contemporánea. El encuentro, organizado en el marco de una jornada sobre narrativa televisiva, fue un ejercicio poco frecuente: el de un creador hablando sin filtros sobre su método, sus miedos y la razón más profunda por la que cuenta historias.
Ran Telem está en Buenos Aires para asesorar a la compañía en proyectos de los cuales no dieron a conocer muchos detalles, pero que se intuye importantes para futuras producciones: “Estuve trabajando en varias ideas. Algunas sucederán en este lugar llamado Latinoamérica. Esta semana estuve trabajando como un outsider con Disney, escuchando y tratando de darles un punto de vista diferente sobre lo que están haciendo”, adelantó. Lo avala una prestigiosa y exitosa trayectoria: fue responsable de series como Prisoners of War —el original israelí que dio origen a Homeland, una serie de impacto mundial protagonizada por Claire Danes—, The A Word, The Head, Crush y The Paradise.
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Antes de entrar en tecnicismos, Telem eligió ir al origen. Contó que un colega, creador de Criminal Minds y CSI, le preguntó si al conocerlo de niño hubiera podido identificar en él la pasión por el storytelling. La respuesta lo llevó a su historia familiar. “Mi padre nació en Ucrania y cuando tenía once años ocurrió la Segunda Guerra Mundial y los nazis tomaron su aldea. Mi padre es sobreviviente del Holocausto, el único sobreviviente de su familia. Y nunca nos contó la historia de su supervivencia hasta que tuvo setenta años”, relató. “Tiene mucho sentido que una persona cuyo padre no contó la historia quiera, más que nada en la vida, contar historias. El ADN del relato es, para mí, parte de mi personalidad. No es siquiera un trabajo. Es una obligación que tengo con el mundo.”
Si el personaje está bien construido, te cuenta el argumento
El corazón de la charla fue la tesis que Telem ha desarrollado en los últimos años: que el personaje, y no la trama, es el motor de cualquier serie que valga la pena. “Si tomás el tiempo y la paciencia necesarios para sumergirte de verdad en los personajes con los que estás trabajando, pasa algo extraordinario: ellos te cuentan la historia. El argumento sale solo de sus vidas”, afirmó.
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Este convencimiento nació, en parte, en el diván. El productor israelí reveló que, trabajando con su terapeuta, le propuso algo inusual: llevar a una sesión a un personaje de ficción con el que estaba trabajando. “Le dije: ‘Quiero invitarte a alguien que no conocés. Es un personaje en el que estoy trabajando, y quiero ver cómo lo analizás, porque lo que hacés con él es para mí una escuela de construcción de personajes’.” De esas sesiones —una para él, otra para el personaje— surgió un método que hoy aplica en todos sus proyectos.
“Empecé a entender cuál es la diferencia entre lo que un personaje quiere y lo que necesita, que es lo más importante con lo que arrancás a construirlo”, explicó. Cuando termina ese proceso, dijo, siente que conoce a sus personajes como los conocería un terapeuta: “Cuando entran a la sala y me dicen ‘me pasó esto’, yo les digo: sentate, hablemos. ¿Por qué te pasó?”
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De ‘Homeland’ a América Latina
Uno de los momentos más ricos de la charla fue el repaso de cómo Prisoners of War, la serie israelí sobre prisioneros de guerra y el tabú de su regreso, se convirtió en Homeland para el público estadounidense y una teleaudiencia global. Telem fue claro: no se trató de una adaptación, sino de una reconstrucción desde cero. “Los escritores de Homeland pusieron el auto en el elevador, lo desarmaron por completo y construyeron desde cero un auto completamente diferente usando los mismos elementos”, describió. El conflicto central de la versión israelí —el trauma del regreso— dio paso a una pregunta nueva para la audiencia norteamericana: ¿puede un estadounidense ser captado y convertirse en un creyente musulmán dispuesto a asesinar al presidente? “Eso nunca ocurrió en la versión israelí”, recordó.
Para ilustrar por qué una historia no puede trasplantarse sin más, recurrió a otra imagen: “Si metés de contrabando una planta en un avión y la ponés en otro suelo, el fruto que crece tiene un sabor diferente. No es el mismo fruto. Y acá pasa lo mismo.” Esa conciencia guía su trabajo actual, en el que se instala en distintos países para co-crear con talentos locales. “El concepto de ser viuda en Israel lo conozco muy bien. Pero lo que significa en México no lo sé. Necesito aprenderlo, y eso es esencial para construir el personaje”, explicó. En ese proceso, dijo, investiga a los psicoanalistas más relevantes de cada país: “Para un extranjero, son quienes mejor te introducen a lo que ese país es.”
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La inteligencia artificial como compañera de trabajo
Sobre la inteligencia artificial, fue rotundo en un sentido y matizado en otro. No la ve como una amenaza ni como un reemplazo del escritor, sino como una herramienta potente en manos de quien ya tiene algo que decir. “Si llegás a la tecnología vacío, vas a crear cajas vacías. Si llegás con conocimiento y pasión, vas a hacer cosas extraordinarias”, afirmó. Según su opinión, sus usos concretos son: investigación veloz sobre temas desconocidos, rastreo de implicancias cuando un cambio en un episodio afecta a toda la continuidad de una serie, y compañía en las horas tempranas de escritura en las que nadie más está disponible. “La IA siempre está dispuesta a trabajar, nunca se queja, siempre me dice lo maravilloso que soy. Es como: ‘tendríamos que habernos casado’”, bromeó.
Pero fue enfático en el límite: “No creo que la IA sea tu escritora. No creo que para eso esté diseñada. Nosotros escribimos para sorprender con el próximo movimiento. La IA está diseñada para predecir cuál es el próximo movimiento.” La comparación que cerró ese segmento fue culinaria, y arrancó carcajadas en la sala: distinguió entre la mejor milanesa de Buenos Aires, hecha con tiempo, tradición y las manos de quien conoce el oficio, y la milanesa del supermercado. Las dos alimentan. Pero solo una deja huella.
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[Fotos: prensa Disney]
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