Bebía la sangre de los jóvenes para no envejecer: Florencia Canale revive la historia de la condesa más temida de Europa en el siglo XVI

Infobae Cultura publica un adelanto de ‘Maldita’, la nueva novela de la autora best seller argentina, en la que recrea la tumultuosa existencia de la aristócrata húngara Erzsébet Báthory

Portada de un libro con una mujer cubierta por un velo rojo, el título Maldita y el nombre de la autora Florencia Canale
La portada de la novela "Maldita" de Florencia Canale, publicada por Editorial Planeta, presenta una historia sobre Erzsébet Báthory
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La nueva obra de Florencia Canale, Maldita, se sumerge en la vida real y legendaria de Erzsébet Báthory, la infame Condesa Sangrienta del siglo XVI, para develar la complejidad humana detrás de una de las figuras más inquietantes de la historia europea. Con un entorno tan inhóspito como las montañas y bosques helados de la Europa Central, la novela plantea una pregunta incómoda sobre los riesgos del mandato social de la belleza llevado al extremo.

El relato encuentra su epicentro en la obsesión de Báthory por la juventud eterna. Despojada de cualquier sentido convencional, esta búsqueda se convierte en un destino trágico que llevó a la condesa a perpetrar atrocidades para evitar el paso del tiempo. La sangre de mujeres jóvenes, elegida como elixír para prolongar su belleza, es el símbolo de una crueldad sin límites y sin arrepentimiento.

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El interés de la autora argentina no se limita a reproducir la leyenda negra. Contrario a los retratos simplistas, aborda el personaje con todas sus contradicciones y sin atenuar la brutalidad de sus actos, pero le concede una actualidad insospechada al enfocarse en el peso social de la belleza y el precio extremo que puede exigir.

Florencia Canale (Mar del Plata, 1963) es escritora, periodista, exmodelo y excantante argentina, autora de las exitosas novelas Pasión y traición, Amores prohibidos, Lujuria y poder, esta última basada en la vida de Juan Manuel de Rosas y la de su esposa Encarnación Ezcurra. Con estos títulos, entre otros, es una referente ineludible dentro del género de la novela histórica en Argentina y los demás países de habla hispana.

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Una mujer de cabello rubio con flequillo viste un suéter de cuello alto y apoya el rostro en la mano sobre una silla de madera
Florencia Canale publica su nueva novela sobre una aristócrata húngara acusada de torturar y asesinar a cientos de jóvenes, convirtiéndose en el mito de la "Condesa Sangrienta" (Foto: Ale López)

Fragmento de ‘Maldita’, de Florencia Canale

Erzsébet no disimuló un bostezo, no le interesaban esas disquisiciones tan convocantes en las mentes y los cuerpos de los hombres pero tan soporíferas para ella.

—Caballeros, me retiro, ya nada tengo para hacer por aquí. Prefiero comenzar con los preparativos para nuestra salida rumbo a Viena. ¿Te parece bien, Ferencz?

Les hizo una pequeña reverencia y se fue sin esperar que la despidieran. Thurzó quedó impactado por la belleza de la condesa. Se prometió en silencio que le escribiría a su esposa, dueña del mismo nombre que Báthory, para convidarla a una próxima visita a su propiedad.

Y al fin, dio comienzo el viaje hacia el último destino. Los cascos de los caballos contra el empedrado anunciaron la llegada de los condes de Báthory a la ciudad imperial de Viena. El carruaje de la pareja lideraba la caravana y, varios cuerpos detrás, marchaban los edecanes de Nádasdy montados en sus alazanes y, por último, el coche con el séquito de Erzsébet, formado por Ilona, Dorkó, Darvulia, dueña de la palabra revelada, y Ficzkó, su contrahecho favorito.

El carruaje de los Báthory se detuvo en la esquina de Augustinerstrasse y Dorotheergasse. Ferencz le tendió la mano a Erzsébet y la ayudó a descender. Ella miró la fachada sombría de la nueva adquisición que había hecho su esposo, que le había costado tanto conseguir. La negociación se había puesto difícil, pero Nádasdy había demostrado su perseverancia de hierro y pagado lo que le pedían por ella. La condesa contempló la entrada, tan diferente al resto de sus propiedades. No era un castillo de muros infinitos y torres que propiciaban la custodia de un vigía, pero la casa era importante y llevaba, en sus cimientos, su historia.

Ya en el año 1313 el príncipe Federico de Habsburgo había atesorado, en sus bóvedas, un arsenal de pólvora. Tras su uso como depósito de armas, había sufrido una seguidilla de cambios de manos. La primera dueña de la residencia había sido Johanna Sofia von Bayern, la mujer del duque Alberto IV, quien tuvo que deshacerse de la propiedad el 25 de mayo de 1410 para pagar unas deudas a la espléndida casa nobiliaria de los Stubenberg. Diez años después, la vivienda regresó a manos de los Habsburgo, con Alberto V. El duque de Austria, Ladislao I, entregó la construcción a los hermanos Hans, Heinrich y Ulrich von Rosenberg en 1457 en agradecimiento por unos servicios prestados, y estos la vendieron, otra vez, a Federico III tres años después.

Matías I, rey de Hungría y Croacia desde 1458 hasta su muerte en abril de 1490, en cuyas manos finalmente había caído, donó el área en 1488, luego de mudarse a la Hasenhaus. Y las vueltas de la vida habían concluido que ese día cercano al 1600 las arcas de Ferencz Nádasdy compraran la propiedad.

Frente a la casa se encontraban la iglesia y el convento de la orden de los agustinos, fundada en el año 1330 y elegida como el punto de partida de la casa imperial para las peregrinaciones y procesiones, además de las honras fúnebres. En la gótica capilla de San Jorge, en otros tiempos se solían encontrar los caballeros de San Jorge —la orden de caballería ligada al culto del santo guerrero cristiano— para deliberar sus asuntos.

La iglesia ocupaba una pequeña parte de la larga fachada que albergaba a los agustinos. Modesta y recoleta, daba a la plaza abandonada, cercana al palacio imperial. El convento, en cambio, era más alto y de mayor importancia. Las celdas de los frailes, al otro lado de la calle, se encontraban exactamente frente a las ventanas de las habitaciones de la condesa.

Cruzaron el umbral y Erzsébet recorrió la casa en el mayor de los sigilos, observando todo, deteniéndose en cada sala, recámara y muro, como un sabueso tras su presa. Para llegar a las habitaciones inferiores con bóveda de ojiva, había que descender cuatro peldaños, con el mayor de los cuidados. Estaban algo destartalados y su altura era bastante imprecisa. En el centro, como solía suceder, se encontraba el patio, que alumbraba la vivienda.

—Me gusta este sitio, querido. Pasaremos los largos inviernos aquí, si te apetece.

—Como siempre, acuerdo contigo, Erzsébet. Y me vendrá de maravillas reposar un poco, no me siento demasiado bien, creo que el frío me ha subido la temperatura.

La condesa ordenó a la servidumbre que le acomodaran la habitación a su esposo, que le tendieran la cama con cobijas frescas, que abrieran las ventanas para airear un poco y que hicieran silencio.

—¿No podremos ir a Hofburg a visitar al emperador? —preguntó Erzsébet, ansiosa por reencontrarse con su estimado Rodolfo II.

—Ha trasladado la corte a Praga hace un tiempo. No te lo había contado. Una pena para ti, no podrás verlo esta vez. De cualquier modo, estimo que está haciendo una temporada en Pilsen, escapando de la plaga.

—¡Oh, qué desgracia! Gracias a los cielos que ha podido salvarse de esa inmundicia, entonces. Y ya veré de qué modo me entretengo.

Cuando caía el sol, la condesa se convertía en una paria de la civilización y salía a vagabundear por las calles de Viena. Dejaba a su esposo bien protegido del viento invernal y, junto con sus adláteres en los abismos, montaba el coche y partían rumbo a lo desconocido. Erzsébet buscaba nutrir su alma, apaciguar la voz que le gritaba desde bien adentro, darle respuestas a su conciencia, que la dejaba en carne viva.

Se internaba en las callejuelas más apartadas, esas donde imperaba el bullicio, a diferencia del susurro que dormía detrás de los muros del palacio y sus alrededores. Erzsébet buscaba alejarse de los sitios que se dedicaban a vivir bajo el orden establecido. Buscaba jovenzuelas que satisficieran sus tumultuosas necesidades, esas oleadas de voluptuosidad que la zambullían en un profundo insomnio, imposible de paliar. Recién cuando se asomaba el día y lograba reposar el espíritu, podía cerrar los ojos.

Las habitaciones del sótano de la residencia vienesa se iban colmando de jovencitas que no llegaban a los catorce años. Se las tentaba con promesas de trabajo, de pertenencia, de comodidades, de afeites, de cualquier cosa que oficiara de sebo humeante. La condesa escrutaba la oferta, estudiaba los detalles que lograran encender el sinsentido de sus entrañas y elegía a la más joven, a la más bonita, a la de la lozanía adictiva, aquella que, mágicamente, le inoculara su lágrima de niña que la llevaría rumbo a la inmortalidad.

Las elegidas subían a la amplia recámara y allí daba comienzo la brutal lección. Primero las caricias, reclamadas y ofrecidas, que encubrían a la bestialidad inminente, para luego continuar hacia el descenso a las catacumbas. ¿Por qué hacía falta tanto dolor? Nadie tenía la respuesta.

Las núbiles aullaban de miedo y tormento, y el estruendo interrumpía el silencio de la noche, despertando a los monjes del convento, quienes empezaron a preocuparse por lo que sucedía en la casa de enfrente. Cuando los gritos sacudían los cimientos de la ciudadela, las puertas del convento se abrían de par en par y los hombres de Dios salían, estrepitosos, y apedreaban las ventanas de la residencia del terror.

Algunas veces, Ferencz participaba, como un mero espectador, de las andanzas de Erzsébet. Alejado pero de cuerpo presente, gustaba de mirar lo que ensayaba y ejecutaba su esposa. Después se reunían, secretos, en la intimidad del lecho.

—Cuéntame todo, señora.

—Si lo has visto, mi señor.

—¿Tal vez sea un augurio de muerte, Erzsébet?

—No, es mi conjuro contra ella.

Cuando las noches acababan y se hacía el día, Ilona y Dorkó arrojaban cubos de agua ensangrentada a la callejuela sin el menor remordimiento. Compartían las habilidades con esos moradores malditos.

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