
Cuando se enciende la cámara, Juan Carlos Padilla está en la consulta de neumología donde atiende a todos sus pacientes. Sobre una estantería, sin embargo, pueden verse los lomos de las novelas que ha llevado décadas escribiendo en sus ratos libres y publicando: La tercera profecía vaticana, El primer lunes de noviembre, la saga de El siglo de los indomables o La verdadera historia del doctor Meneses.
Lo de juntar medicina y literatura es algo que viene de lejos: en España, autores como Pío Baroja o Luis Martín-Santos dan buena cuenta de ello, aunque parece que Padilla piensa más en ese “ideal del humanista moderno” de mezclar ciencias y letras con el que se presenta. “Es una combinación maravillosa”, añade por videollamada. “Tengo la suerte de que mi profesión me gusta, pero con todo existe una cierta rutina inevitable. Lo que me ofrece la literatura es la opción de expresar mi creatividad y mi imaginación, de hacerlas volar, y es muy gratificante porque hay días en los que acabo realmente cansado y, sin embargo, hay algo cociéndose en mi cabeza que hace que me tenga que sentar en el ordenador y ponerme a escribir”.
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Así es como llegamos a la última de sus novelas, La casa de los vientos (Diëresis), con la que ha obtenido el IV Premio Vallirana de Novela Histórica y con la que se ha colado en las listas de Amazon como uno de los títulos de este género más vendidos del verano. “A la gente le gusta la novela y mucha gente me llama o me escribe para hablarme del libro, y creo que es una de las mayores gratificaciones de un escritor”, reconoce. Para él, todo consiste en un trueque entre el escritor y el lector: “Este nos regala su tiempo y nosotros a cambio hemos de convencerle de que, cuando cierre la última página, piense que ha merecido la pena”.

Dos familias y un vino de reyes
La casa de los vientos está ambientada en el siglo XIX y cuenta, a lo largo de varias generaciones, la historia de dos familias enfrentadas, los Beltrán y los Mondéjar, que ven cómo los cambios de la época les llevan a iniciar un nuevo camino en la costa levantina. “Me gusta que la historia sea como un personaje más”, dice el autor de una novela que pasa por eventos como la Ilustración, la Semana Trágica de Barcelona o la Revolución Rusa. “El siglo XIX es un periodo muy desconocido, pero en el que pasaron cosas muy interesantes”.
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Una de ellas es la abolición de la Inquisición en el año 1834 por un decreto de la regente María Cristina de Borbón. Las personas vinculadas a esta institución eran vistas con cada vez mayor recelo por parte de una España de un corte cada vez más liberal. Debido a esto, Francisco de Paula Beltrán se ve obligado a colgar sus hábitos y confundirse entre la población civil que antes perseguía. Tras pasar años vagando por los arrabales de Madrid, se encuentra a una muchacha huérfana, Clotilde Hermosilla, con la que acabará huyendo y formando una familia en un caserón de piedra abandonado de la playa de la Almadraba, La casa de los vientos.
De fondo, también está otro protagonista inmaterial: el vino fondillón, uno de los más famosos de Europa desde el siglo XV, a cuya elaboración se dedican los protagonistas. “Se le llama un vino de reyes”, destaca Padilla. “En la época de la novela, llega a España una plaga de filoxera que arrasa con todas las vides. Los viticultores iban siendo expulsados de sus tierras. En ese peregrinar, es cuando la familia de los Mondéjar descubre que en Levante se cultivan unas vides especiales que se dejan madurar al sol. El vino representa la aspiración de mejora y progreso de una familia, pero también de lo mejor que puede generar una persona”.
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Mujeres extraordinarias que “siempre han existido”
Uno de los elementos que más destaca de La casa de los vientos es la relevancia de sus personajes femeninas, tan memorables como complejas. Clotilde Hermosilla y Generosa Beltrán acaparan buena parte de la novela, algo que para Padilla es también “una reivindicación personal”. “El feminismo está ensalzando hoy figuras que, en realidad, han existido siempre. Por eso quería escribir sobre dos mujeres extraordinarias que soportan familias, gobiernos e imperios; mujeres brillantes e inteligentes y poderosas desde todo punto de vista. Tuvieron malas condiciones, les costaba mucho trabajo y estaban denigradas, es cierto, pero a pesar de todo, siempre han existido”.
En el caso de Clotilde, es importantísimo también el descubrimiento de una vieja biblioteca en la casa de los vientos, donde encuentra un invento revolucionario: las enciclopedias. “Yo admiro mucho a Arturo Pérez-Reverte, y él dice que España ha perdido varios trenes en su historia. Uno de ellos fue no abrazar la modernidad que supuso el enciclopedismo que trajeron los franceses. La Encyclopédie de Diderot y de d’Alembert fue el primer esfuerzo humano para poner el conocimiento por encima de la superstición, la religión y las creencias. Clotilde se encuentra con un campo infinito de saber y curiosidad y eso cambia completamente su vida”.
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Ese tipo de evoluciones es otra de las características de la novela de Padilla. Los personajes no son estáticos, sino que respiran y se transforman con el paso del tiempo. “Cuando me pongo a escribir un libro, sé cómo empieza, pero nunca cómo va a terminar. Voy navegando por la historia, y la prueba de ello es que tengo personajes con los que empiezo pensando que serán unos santos varones y acaban siendo delincuentes, o al revés. Eso es lo que nos pasa a los seres humanos y lo que me pasa a mí con las personas a las que escribo”.

Los que se quedan y los que se van
Pasa el tiempo, y La casa de los vientos acaba siendo el lugar donde los personajes acaban echando sus raíces. “Es algo que todos necesitamos”, defiende el autor, que ve el lugar donde uno nace y crece como algo determinante en la vida de cada uno, del mismo modo que entiende que todos los seres humanos sienten el mismo impulso que las familias de su novela: el de buscar siempre el mejor de los futuros posibles para ellos y sus seres queridos. “Por eso la inmigración es algo inevitable. La humanidad siempre se ha comportado así, también los españoles, que en 1939 muchos marcharon a América tras la guerra y en los años 60 otros tantos buscaban trabajo en países como Alemania. Ha sido así durante siglos”.
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“Hay estudios que hablan de que, dentro de unos 200 o 250 años, no habrá razas en el mundo. Seremos probablemente una raza muy parecida, y es algo que yo creo que ocurrirá, aunque tarde más de lo que dicen los expertos. La humanidad se originó en África y desde ahí se fue moviendo hasta colonizar el mundo. Eso es imparable, no se puede detener. La única diferencia es que ahora hay medios de comunicación que están diciéndole a los desheredados: ‘Mira cómo vivimos nosotros y mira qué desgraciado eres. Aquí mira cómo se vive’”.
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