Francisco, papa argentino: “El corrupto no conoce la fraternidad, conoce la complicidad”

Un recorrido por la arqueología del pensamiento ético y teológico de Jorge Bergoglio. De su primer y premonitorio ensayo en Buenos Aires a sus discursos en la Ciudad del Vaticano, siempre mantuvo la mirada crítica

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Francisco, papa argentino: “El corrupto no conoce la fraternidad, conoce la complicidad”

En el vasto andamiaje del pensamiento contemporáneo, pocas figuras han diseccionado las dinámicas del poder con la crudeza conceptual de Jorge Bergoglio. Mucho antes de convertirse en el Papa Francisco, el entonces arzobispo de Buenos Aires ya orbitaba alrededor de una obsesión que combinaba la teología pastoral con la sociología de las instituciones: la naturaleza destructiva de la corrupción. Sobre este asunto dejó un gran aforismo: “El corrupto no conoce la fraternidad, conoce la complicidad”.

Detrás de esta línea hay una tesis filosófica que define la corrupción como la negación absoluta del lazo social y la instauración de una mafia del espíritu. Aunque el mundo la escuchó con resonancia global el 23 de octubre de 2014, cuando el Papa Francisco la pronunció en el Aula del Sínodo de la Ciudad del Vaticano ante los miembros de la Asociación Internacional de Derecho Penal, la idea ya había sido gestada casi una década antes en el ruidoso escenario de la crisis argentina.

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La matriz conceptual de esta declaración se encuentra en Corrupción y pecado: algunas reflexiones en torno al tema de la corrupción, un breve pero filoso ensayo publicado por Jorge Bergoglio en el año 2005. En aquellas páginas, escritas bajo el pulso de una sociedad que aún suturaba las heridas políticas y económicas del cambio de siglo, el cardenal se propuso delimitar una frontera invisible pero insalvable para la Iglesia católica: la sutil distancia que separa al pecador del corrupto.

Cuando en 2014 se paró frente a los máximos penalistas del mundo, no lo hizo para hablar exclusivamente de códigos o procedimientos técnicos, sino para describir la psicología del criminal de cuello blanco. Fue en ese contexto de debate sobre los abusos del poder punitivo y la criminalidad económica donde la frase cobró su dimensión definitiva. ¿Por qué el corrupto es incapaz de la fraternidad? Para el Papa Francisco, la fraternidad requiere una simetría moral y la aceptación de la vulnerabilidad del otro.

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Papa Francisco
Papa Francisco (FOTO: ADOLFO VLADIMIR /CUARTOSCURO.COM)

En su concepción, el hermano es un igual con quien se comparte un destino común. El corrupto, atrapado en una paranoia de impunidad, es incapaz de mirar al otro sin calcular su utilidad. La complicidad es, entonces, la siniestra parodia de la amistad. Mientras que la amistad libera, la complicidad encadena; mientras que la fraternidad se funda en la transparencia, la complicidad exige el secreto compartimentado. Los hombres libres se asocian para construir; los cómplices, para encubrir.

En la arquitectura mental que Jorge Bergoglio describe, el corrupto no tiene amigos, tiene socios; no genera redes de contención, sino pactos de silencio. Quien no entra en la transa colectiva no es un disidente: es un enemigo directo que amenaza la estabilidad del sistema. Esta idea no es un satélite periférico en su producción intelectual; es el centro de gravedad de su geopolítica y sus encíclicas más disruptivas. El pensamiento bergogliano se hamaca siempre entre dos polos: la comunión y la fragmentación.

A diferencia del pecador común, que experimenta la culpa y el peso de su caída —vía que el pensamiento católico clásico explora en obras que van desde las Confesiones de San Agustín hasta la literatura existencialista de Graham Greene—, el corrupto analizado por Jorge Bergoglio ha anestesiado su conciencia. El corrupto no se siente en falta; se siente un ganador. Vive en un estado de autosuficiencia donde la impunidad, y su consiguiente autopreservación, ha sido internalizada como un derecho adquirido.

En última instancia, al denunciar que el corrupto solo conoce la complicidad, el Papa Francisco despoja a la corrupción de su ropaje meramente financiero. Nos advierte que el verdadero peligro de este flagelo no es el dinero que se desvía, sino la degradación antropológica que produce: la transformación de una comunidad de hermanos en una asociación ilícita de cómplices. Esas palabras tan simples y a la vez tan profundas vuelven a sonar hoy cuando —lo vimos estos días— la corrupción sigue enquistada.

Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco, nació en Buenos Aires, Argentina, el 17 de diciembre de 1936 (AP Foto/Alessandra Tarantino, archivo)
Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco, nació en Buenos Aires, Argentina, el 17 de diciembre de 1936 (AP Foto/Alessandra Tarantino, archivo)

¿Quién es el Papa Francisco?

Jorge Mario Bergoglio, conocido como el Papa Francisco, nació en Buenos Aires, Argentina, el 17 de diciembre de 1936. Hijo de inmigrantes italianos, se graduó como técnico químico antes de descubrir su vocación religiosa y unirse a la Compañía de Jesús en 1958. Su carrera eclesiástica avanzó con rapidez: se desempeñó como provincial de los jesuitas en Argentina y, en 1998, asumió como arzobispo de Buenos Aires, cargo desde el cual se convirtió en una figura central de la Iglesia latinoamericana.

Su liderazgo cercano, su estilo de vida austero y su constante preocupación por las periferias marcaron su gestión pastoral en el país, consolidando un perfil profundamente enfocado en la justicia social y el cuidado de los sectores más vulnerables. El 13 de marzo de 2013 hizo historia al ser elegido como el papa número 266 de la Iglesia católica, convirtiéndose en el primer pontífice jesuita y el primero proveniente de América. Adoptó el nombre de Francisco en honor a San Francisco de Asís.

A lo largo de sus doce años de pontificado, impulsó reformas estructurales en la curia romana, abogó por la transparencia financiera e instaló debates globales a través de encíclicas fundamentales como Laudato si’ (sobre el cuidado del medio ambiente) y Fratelli tutti (sobre la fraternidad y la amistad social). Tras un prolongado deterioro de su salud debido a afecciones respiratorias, falleció a los 88 años el 21 de abril de 2025 en su residencia de la Casa de Santa Marta, en la Ciudad del Vaticano.

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