
En los pueblos originarios, la historia camina por nuestras venas y aunque nos duela, hay que desangrar gota a gota cada relato oral que fue depositado desde el vientre, y a medida que vamos creciendo somos custodios de esa maravillosa transmisión, a orillas del fogón. Hoguera que no solo servía para calentar el cuerpo y el espíritu; además, era el refugio que saciaba nuestra hambre con deliciosas comidas naturales y la oralidad nos atiborraba de conocimiento ancestral.
Desde allí nace la novela Desde el fogón de una casa de putas williche, de esas interminables tardes de lluvia y de mate, masticando una sabrosa tortilla al rescoldo, sacada de esas cenizas por las manos de mi abuela. Mis abuelos, padres, hermanos, tíos y primos aportaron un grano para la siembra de esta singular casa que se levantó en Chaurakawin (nombre dado por los williche, gente del sur, antes de la llegada de los españoles, a lo que hoy es la ciudad de Osorno), en la Butawillimapu (las grandes tierras del sur).
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Al principio, no fue fácil tratar un tema que esta estigmatizado social y moralmente, y más aún, bajo mi puño humilde, pero atrevido de mujer e “india”; ya que, por investigaciones me di cuenta de que siempre el equilibrio narrativo se había inclinado solo hacia los hombres. Desconozco los motivos del por qué las mujeres no se atrevían a escribir sobre la prostitución, puede haber sido una amenaza, la cual aterrorizaban desde niña con el “pecado”, y como en los pueblos originarios esa palabra no tiene raíz en el chedungun, tomé el lápiz sin acto de culpa.
Como autora, no puedo negar, quise recular al narrar sus vidas, pero como mujer originaria hice un pacto con los espíritus de mis personajes y les pedí permiso para moldear sus vidas, y cuando tuvieron -dentro del cabaré- que salirse del libreto educacional, le puse mesura a sus voces, para que no fuera una imagen grosera. Ellas fueron mis aliadas cuando me tembló la mano, y el eco de los espíritus de sus palabras me ayudaron a terminar el último punto que escribí.
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Así pude condimentar una casa de putas sin perder sus olores y sabores, con tragos dulce como la miel y otros amargos como la hiel, dentro de una época en que la invasión chilena mostraba sus peores maniobras políticas y religiosas para despojar al pueblo williche de sus tierras ancestrales. La invasión de la “Pacificación de la Araucanía” es una época que la historia oficial ha ocultado hasta el día de hoy; sin embargo, un grupo de mujeres williche desafían lo establecido, al levantar sus voces para romper las bases de una sociedad profundamente colonizadora y que desde el vientre oculta su morenidad.
Las conquistadoras fueron las responsables de acarrear el “trabajo más antiguo del mundo”, y enraizó en los lugares más recónditos de la tierra morena. Es probable que esta profesión por estas latitudes no se conocía, ya que en mi lengua madre, dentro del chedungun (lengua del pueblo williche) el concepto no se encuentra. Hay vocablos que se acercan, pero el acto de compra y venta de sexo, como fue introducido: no está.
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No solo mis personajes me acompañaron a preparar la tierra donde se levantó esta singular casa de putas: todas las generaciones de mujeres que corren por mis venas me entregaron la fuerza para delinear mis personajes, los espíritus de mis antepasados pusieron en mis manos de artesana las palabras, las visiones del paisaje donde estas guerrilleras del sexo desarrollaron sus vidas y, tuvieron que vestirse y desvestirse de coraje para sobrevivir.

Diseñé mis personajes como la época me lo pedía: mujeres analfabetas, pero con mucha sabiduría al enfrentar y poder desarrollar sus vidas en un pueblo, al que nunca pertenecieron, ya que ellas eran mujeres de campo, donde la civilización recién empezaba a tirar sus líneas en los mapas. Y debieron encajar en una “civilización blanca” que las rechazaba y condenaba, y tuvieron agallas para nadar en un sistema que las ahogaba.
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Esbocé a mis “chicas” luchadoras e intrépidas, las que debieron saltar muchas vallas sociales, y marcadas a fuego por la religión y el estigma social. Algunas, le doblaron la mano a la vida y llegaron triunfante a la meta del amor, terminando sus días en respetadas “chiñuras” (señoras, mapuchizado), al encontrar una bifurcación en el camino de la prostitución. Otras, inscribieron sus nombres en esta importada nueva profesión y no pudieron arrear la bandera de la prostitución, con o sin arrepentimiento. Para que la narrativa tenga sazón, cada vida fue adobada con la picardía innata de los pueblos nativos, y no faltó la sal de las lágrimas que agrietaron el cuero de sus rostros.
Este grupo de mujeres originarias fueron combatientes del atrevimiento al levantar una singular ruka (casa mapuche), la que en su centro ardía un singular fogón, en el sur de Chile; allí se condimentaba la comida autóctona acompañada de una rica transmisión oral, y antes de que se apague el fuego y se esfume el aroma de los relatos, cuentos, poesía y canciones los plasmé en un libro llamado Desde el fogón de una casa de putas williche.
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Son relatos que aunados dan cuenta de una novela, y a continuación les presento una pequeña parte de la presentación, la que escribí con toda la fuerza de mujer williche, para que, llegado el momento, en nuestro encuentro en la tierra de nuestros antepasados, no me reprochen la plantilla con la cual les di forma a sus vidas
“Como el hambre aparecía Desde el fogón de una casa de putas williche en mi vida; una sensación de vacío y no tener con qué llenarla. La desesperación hizo que de mi propio costal arrancara una o dos raíces y lentamente empecé a digerir cada capítulo, cada personaje. Así pude aliviar un poco el dolor. Confieso, el remedio fue peor que la enfermedad. Ante mi mesa aparecieron los primeros tragos amargos, me los bebí todos, hasta el último choncho (residuo, sobra) ácido, sabiendo que era el vinagre de la vida con su inconfundible sabor a viejo y abandono que nadie quiere probar”.
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Al levantar los cimientos de una casa de putas originarias, fue desafiar los parámetros escritos por historiadores desde hace cientos de años, los cuales han destacado lo bélico y lo del “buen salvaje” al cual han pacificado. Pero no contaban con las voces mujeriles que rompieron con lo establecido, echando abajo los baluartes escritos en la historia americana. No fue una venganza, simplemente quieren rajar la historia oficial para que aparezca la suya, aunque sea desde una insurrecta casa de putas.
Esta noble casa fue ideada y creada por una regenta conocida con el nombre de Pinkoya (dícese de una mujer que embrujaba a los hombres, en el mar o ríos; de la mitología williche), la que impuso, desde el principio, que solamente hombres originarios visitaran el cabaré, y que las trabajadoras fueran de la misma estirpe. Además, la comida, dentro de la casa era un plato sabroso de digerir, bien condimentado con productos autóctonos de nuestra madre tierra y los infaltables platos marinos, donde el desperdicio del mar es una ayuda alimenticia en el pueblo williche, esas algas que arroja el mar, en la casa de putas se convertían en el mejor plato servido en la mesa.
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Lo que la regenta al principio levantó fue una endeble choza, ya que el hurto de sus propiedades, el despojo de sus territorios empobreció a los nativos de la zona. Sin embargo, ella vio una forma de salir de la ruina, en la cual, el Estado chileno la había arrojado. Se prostituyó, con la visión de que sería un desprestigio para toda su vida, y que de paso arrastraría a sus descendiente. Sin importarle el qué dirán, y a pesar de ello logró ganarle a la vida, y por más de tres generaciones sentó sus bases la casa más memorable del sur de Chile, conocida como “La trompa de pato”.
En La Trompa de pato, la libertad bailaba en medio de la sala, los williche olvidaban sus penas, las rabias y frustraciones de ser un pueblo subyugado, hacinado a las más bajas condiciones habitacionales y laborales; bajo esas paupérrimas circunstancias el cabaré era un techo donde la alegría vibraba bajo los pilares ahumados, y donde las mujeres sacaban a relucir todos sus encantos de mujeres de la tierra. A pesar de las tristezas, sus vidas hoy son un caldo de cultivo para las nuevas generaciones de williche, que desean conocer sus heroicas vidas.
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