Por qué el arte urbano no siempre mejora la vida en la ciudad

La discusión va más allá de sí un mural agrada, el foco está en cómo una intervención altera la rutina urbana, el vínculo con el lugar, la interacción social y el bienestar

El grafitti español que logra el tercer puesto entre los mejores murales de arte urbano del mundo (Ayuntamiento de Fuelabrada)
Por qué el arte urbano no siempre mejora la vida en la ciudad (Ayuntamiento de Fuelabrada)
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Durante años hemos interpretado el arte urbano de forma incompleta. Unos lo reducen a ornamento, reclamo turístico o maquillaje de la ciudad. Otros lo miran con desconfianza, como imposición estética no solicitada. Ambas posturas resultan insuficientes.

La cuestión de fondo no es si un mural gusta más o menos, ni si una escultura urbana se vuelve reclamo fotográfico. La verdadera pregunta debería ser otra: ¿qué cambia en la experiencia cotidiana de la ciudad una intervención artística?

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No hablamos solo de imagen urbana, sino de cómo una ciudad se vuelve más integral, equilibrada y significativa para quienes la habitan. Es decir, nos referimos a calidad de vida. El arte urbano puede (y tal vez debe) introducir belleza cotidiana, serenidad y reflexión, mecanismos de activación simbólica del espacio público en relación con el bienestar subjetivo.

¿Quién interviene el espacio?

Al artista urbano, expuesto a la curiosidad pública, siempre le ha interesado no pasar desapercibido. Tanto en el arte informal (el grafiti) como en el consentido, los autores siempre han reivindicado fervientemente su autoría.

Sin embargo, lo que se busca sobre todo es el efecto sorpresa como noticia asociada al arte urbano. Así, Girl with Balloon, de Banksy, sorprendió porque una imagen mínima, encontrada en la calle, abría una lectura sobre la pérdida, la infancia, la esperanza o la fragilidad.

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Una obra de Banksy que muestra la silueta negra de una niña con el brazo extendido hacia un globo rojo en forma de corazón en una pared de hormigón
La icónica obra "La niña con el globo" de Banksy, que representa a una niña alcanzando un globo rojo, adorna una pared de hormigón junto al mensaje "THERE IS ALWAYS HOPE".

A su vez, la presencia de nombres reconocidos establece una jerarquía silenciosa. Esta hace que, por ejemplo, Taki 183, Keith Haring, Basquiat, Blek le Rat, Oldenburg, Banksy, OBEY y Kapoor tengan capacidad de intervenir en el espacio público y otros no. No basta con ocupar un muro o producir cualquier imagen, hace falta competencia artística, autorización o negociación, análisis del contexto, responsabilidad urbana y capacidad de generar una experiencia significativa.

Pero además, entre quienes logran dejar huella en el espacio público, no todos consiguen incidir positivamente en la calidad de vida urbana compartida.

Una pregunta más exigente

Ese es precisamente el núcleo del proyecto de investigación AUPART sobre arte urbano y calidad de vida que desarrollamos actualmente. Su punto de partida no da por hecho que cualquier obra de arte urbano mejora automáticamente el bienestar colectivo sino que busca averiguarlo.

La calidad de vida no es una magnitud simple, ni puede atribuirse directamente a un único factor. Según el marco del Indicador Multidimensional de Calidad de Vida del INE, depende de condiciones materiales, relaciones sociales, percepción del entorno, seguridad, gobernanza, bienestar subjetivo y experiencia cotidiana del lugar.

Vista de la obra de arte temporal "La Caverne du Pont Neuf" (La Cueva del Pont Neuf), concebida por el artista callejero francés JR como homenaje a Christo y Jeanne-Claude, en el puente Pont Neuf, en París, Francia, 2026 (REUTERS/Alice Sacco)
Vista de la obra de arte temporal "La Caverne du Pont Neuf" (La Cueva del Pont Neuf), concebida por el artista callejero francés JR como homenaje a Christo y Jeanne-Claude, en el puente Pont Neuf, en París, Francia, 2026 (REUTERS/Alice Sacco)

Por eso, cuando estudiamos el arte urbano nos preguntamos en qué dimensiones concretas puede influir y bajo qué condiciones puede llegar a afectar. Una obra de no debería evaluarse solo por su calidad formal, su tamaño o su firma, sino por su capacidad de comportarse como mediadora entre el espacio público y la vida urbana.

Cuando una obra funciona o fracasa

Dos proyectos con recorrido que han funcionado como mediadores han sido el Mural Arts de Filadelfia (EE. UU.), que incorpora numerosas obras que han tenido impacto en la comunidad, o el Inside Out Project impulsado por el artista urbano francés JR, que ya tiene recorrido internacional.

En nuestro estudio hemos analizado, por ejemplo, el caso de Julia, la escultura de Jaume Plensa en la plaza de Colón de Madrid. Con los resultados actualmente en proceso de revisión por pares, sería exagerado afirmar que mejora la calidad de vida en términos absolutos. Pero sí se puede interpretar como un factor de mediación urbana, una presencia artística de alta visibilidad que puede modificar la experiencia del entorno, la percepción de seguridad, el valor simbólico del lugar o la relación afectiva con esa plaza.

Ahora bien, una obra de gran valor artístico también puede fracasar socialmente si no encaja con las prácticas del espacio donde se implanta. Es el caso de Tilted Arc, de Richard Serra, una placa sólida de acero de unos 36 metros de largo instalada en 1981 en Federal Plaza, Nueva York.

"Tilted Arc", de Richard Serra (Foto AP/Mario Cabrera, archivo)
"Tilted Arc", de Richard Serra (Foto AP/Mario Cabrera, archivo)

La pieza fue criticada no solo por razones estéticas, sino por su efecto sobre el uso cotidiano del lugar (algo que se pretendía al instalarla, por otra parte, pero que no gustó). Al dividir la plaza, provocó que el cruce habitual de los ciudadanos por ella tuviese que modificarse y generó objeciones de seguridad y circulación. Fue retirada en 1989 tras una larga controversia pública e institucional.

No basta con verla

A menudo se cree que introducir arte urbano equivale por sí mismo a regenerar un entorno. Por ejemplo, en Wynwood, Miami (EE. UU.), el arte urbano mural generó visibilidad y marca urbana, pero la evolución del distrito condujo a una creciente comercialización, a murales por encargo cada vez más normalizados y a preocupaciones por la gentrificación desbocada y la pérdida de la comunidad creativa que le dio origen. Hubo éxito icónico y económico, pero eso no significó que hubiese regeneración social.

Tampoco Mural Istanbul, en la capital turca, fue más allá. El proyecto sólo abordó el plano estético del activismo artístico, y fue interpretado como alienación social con el único pretexto de llamar la atención sobre un área de la ciudad olvidada.

Autores como los urbanistas Malcolm Miles, Ann Markusen y Anne Gadwa, el historiador de arte Miwon Kwon o el arquitecto Kevin Lynch ya advirtieron, desde perspectivas distintas, que el valor del arte público no puede separarse de la sociedad, las instituciones y el territorio que lo hacen posible.

En Wynwood, Miami (EE. UU.), el arte urbano mural generó visibilidad y marca urbana, pero la evolución del distrito condujo a una creciente comercialización (EFE/Wynwood Walls /Nika Kramer)
En Wynwood, Miami (EE. UU.), el arte urbano mural generó visibilidad y marca urbana, pero la evolución del distrito condujo a una creciente comercialización (EFE/Wynwood Walls /Nika Kramer)

No solo importa que la gente vea una obra. También es esencial que la recuerde, la comprenda, la aplique a su manera de entender el entorno, la analice, la evalúe y, en último término, se sienta capaz de idear algo a partir de ella. Así sucedió con el proyecto Heerlen Murals, en Países Bajos. Tras el declive minero, la ciudad utilizó el muralismo comunitario para fomentar la regeneración social y urbana, mejorar la imagen de barrios deprimidos y activar la participación entre diferentes grupos ciudadanos.

Más allá de decorar la ciudad

Por sí solo, el arte urbano no puede mejorar totalmente la vida en la ciudad. Pero sí puede contribuir a reforzar ciertas dimensiones de la calidad de vida. Y lo logra si fortalece el vínculo con el lugar, si favorece la interacción social, si refuerza la identidad compartida, si hace más comprensible el entorno y si logra aceptación cívica y respaldo institucional.

Con ello, el artista deja de ser solo productor de imágenes y se convierte en alguien capaz de activar vínculos entre la obra, el lugar y la comunidad, haciendo que el espacio público exprese memoria, valores o formas compartidas de pertenencia.

Un gran retrato en blanco y negro de un rostro con ojos grandes y labios fruncidos pegado en una pared, con peatones y cajas eléctricas visibles
Un transeúnte observa un impactante retrato a gran escala del proyecto 'Retratos de una generación' del artista JR

Tras los disturbios en los barrios periféricos de París en 2005, JR inició el proyecto ‘Retratos de una generación’. Fotografió y pegó retratos monumentales de jóvenes de esos barrios en la ciudad. Buscaba cambiar la imagen mediática del ‘joven peligroso’ por un rostro concreto, frontal, humano, exageradamente visible. La calle dejaba de hablar sobre ellos y empezaba a mostrarles.

Si aspiramos a ciudades más habitables, inclusivas y culturalmente vivas, debemos preguntarnos en qué condiciones una intervención artística puede producir efectos positivos verificables en el espacio público y la vida comunitaria.

Eso obligaría a preparar mejor cada intervención, diagnosticar su pertinencia social, comprobar si el lugar la necesita, analizar el contexto y asumir que el impacto del arte urbano no se mide sólo por decorar la ciudad, sino por transformar la relación de una comunidad con el lugar que habita y por reconocer el valor del espacio público como motor de aprendizaje social. Conformarse solo con tener algo bonito dejaría pasar la oportunidad de mejorar.

Fuente: The Conversation

The Conversation

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