
¿Qué hace esa señora que habla finito, que habla alto, que les pide silencio a quienes recorren las salas del Museo Nacional de Bellas Artes? ¿Qué hace con una muñeca en la mano y un montón de chicos -y de grandes- tirados en el piso mirándola fijo? La señora se llama Roxana Pruzan, es titiritera y narradora y acá está llevando adelante una actividad sencilla, jugosa y original: se para delante de una obra, habla un poquito de ella, la vincula con un cuento y lo cuenta. De paso, los chicos andan por ese gran Museo que es el Museo Nacional de Bellas Artes: un poco menos de una hora de cultura y disfrute con entrada libre, si uno se va apenas terminan los cuentos. Un poco más si -como ocurre- los chicos después quieren recorrer las salas que vieron al pasar.
La actividad -en mayo, el mes que viene la propuesta será otra, ver abajo-se llama Historias entre telas y botones y se hace el sábado 30 y el domingo 31 de mayo a las 17.
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Pruzan arranca -puede variar- parándose frente al Retrato de Suzanne Valadon, pintora y presentando una mesa con una máquina de coser y otros elementos. Esperamos a alguien, dice, mientras cuenta un poco acerca de ese cuadro de Touluse Lautrec que retrata a una amiga pintora... “porque en esa época a las mujeres no las tomaban en serio como pintoras y trabajaban de modelos”. Entonces aparece Lila, el títere que será su interlocutora. Una mujer se ve en el cuadro, ¿y qué más? Los chicos participan, responden, siempre hay uno que sabe todo, siempre hay uno más tímido que canta las respuestas bajito. ¿Qué tiene la señora? Un sombrero.

Entonces, con toda agilidad Pruzan hace un puente y ya está contando un cuento. El de una nena, María, que se vuelve loca por un sombrero pero no tiene manera de pagarlo. Entonces el dueño del negocio le regala una caja con... un sombrero mágico, que se puede transformar en el que ella quiera. La caja, por supuesto, parece vacía pero María tiene corazón y va creando sombreros para distintas situaciones. ¿Es una estafa, una avivada? Podría ser pero resulta que no. Es una puerta a otros mundos. Un poco -sí- como los cuadros que están ahí colgados.
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El cuento existe, se llama El maravilloso sombrero de María y lo escribió el japonés Satoshi Kitamura.
Una reina y un guisante
Al final del cuento de la nena del sombrero, Pruzan invita a los chicos a ayudarla a llevar su mesita con la máquina de coser (de juguete) hasta otra sala y ahí el contingente se detiene frente al Retrato de Margarita Gonzaga que pintó el belga Frans Pourbus en 1603. Pruzan explicará que señora de verdad pertenecía a la realeza y, con los chicos, irán viendo los detalles de la pintura.
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El cuento que viene es La princesa del guisante, de Hans Christian Andersen. Ya saben: un príncipe necesita casarse y casarse con una princesa verdadera, una noche de tormenta llega al castillo chica que dice serlo pero ¿cómo probar que es princesa? Le dan alojamiento, le preparan una cama con 20 colchones -¡20!- y ponen debajo una arveja. Si la siente, es princesa. “En el cuento decimos ‘guisante’ porque es más elegante”, se ríe Pruzan. Los chicos también.

No se quería bañar
El siguiente paso es un tapiz enorme, El capitán a caballo, bordado en el siglo XVII en Bélgica, con lana, seda, hilos de oro y plata. Eso: un capitán, un caballo: hay que decir que la escala -del techo al piso- impresiona. No es la pantalla mínima del celular, ni siquiera un televisor de 50 pulgadas. Es grande, cálido, real. Y funciona.
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Pruzan los deja mirar, los acompaña a descubrir y narra El rey que no quería bañarse, de la escritora argentina Ema Wolf. “Se fue a la guerra una mañana y volvió veinte años más tarde, protestando porque le dolía todo el cuerpo”. Todo está preparado para recibirlo, la reina ha convocado a una fiesta pero, ay, el hombre hiede. Y no se quiere bañar de ninguna manera. “¡No me baño, no me baño y no me baño!“. El rey tiene sus razones: ”Después de tantos años de guerra, ¿qué voy a hacer yo sumergido como un besugo en una bañera de agua tibia? Además de aburrirme, me sentiría ridículo". Los chicos asienten: todos saben lo que es no querer bañarse.
Después, fotos con Lila, con la mesa, con el sombrero, con los tapices. Y mucho más para ver. Vale la pena: para quienes no lo han hecho todavía es una buena manera de entrar a un museo de arte, un lugar donde siempre hay emociones fuertes.
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La actividad de junio
¿Dónde viven las historias?
♦ Un viaje donde los marcos de los cuadros se vuelven ventanas. En esta edición especial del ciclo “Escuchando cuadros, mirando relatos”, se hará un puente artístico entre la Argentina y España, compartiendo historias narradas a partir de las obras de artistas como Zuloaga, Sorolla y Ortiz.
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♦ Acompañados por Lila, una curiosa títere que con su vieja máquina de escribir busca inspiración para comenzar a crear sus propios relatos.
♦ Actividad participativa para chicas y chicos de 4 a 10 años.
♦ Domingos 21 y 28 de junio, a las 17.
♦ La entrada es libre y gratuita: hay que sacar un ticket que tiene la posibilidad de hacer una donación, pero no es obligatorio.
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