
Andrea Kaplan presenta una guía destinada a ofrecer una visión actual sobre lo que ocurre en los colegios, publicada por Editorial El Ateneo. El libro, titulado Violencia en las escuelas, cuenta con 256 páginas y utiliza un formato de preguntas y respuestas para abordar las problemáticas vinculadas a la convivencia y los conflictos en los entornos educativos. Los recientes episodios vividos en varias escuelas secundarias de Buenos Aires y otras ciudades argentinos, le otorgan una especial significación de actualidad.
En esta obra se introduce un marco conceptual, ético y normativo que apunta a asistir a docentes y equipos directivos en sus intervenciones, proporcionando respaldo y criterio. Kaplan propone herramientas concretas para facilitar la acción educativa y evitar la estigmatización de alumnos y familias. La publicación analiza tanto las trayectorias educativas y familiares como la normativa vigente, con el objetivo de fortalecer los vínculos entre los diferentes actores escolares. El texto sostiene que, más allá de la explicación, se requiere comprensión para anticipar situaciones y actuar de forma responsable. A continuación, un fragmento:

¿Por qué es necesario hablar de violencia en las escuelas?
En primer lugar, es necesario hablar sobre este tema porque toda manifestación violenta, en cualquiera de sus formas, pone en riesgo el clima escolar y desestabiliza el normal funcionamiento de las instituciones. Las escuelas tienen que ser espacios seguros para los estudiantes y para los docentes y no un reflejo de las tensiones sociales sin orientación, ni territorios carentes de valores. No se puede aprender ni enseñar en lugares atravesados por violencias sobre las que no se interviene de manera seria. En segundo lugar, porque se deben transmitir modos de canalizar los conflictos, las resistencias y las divergencias, aun si parecen insalvables, a través de prácticas de no-violencia: diálogo, empatía, respeto, escucha, etc. Al mismo tiempo, soy consciente de que muchas de las cuestiones psicosociales que ingresaron en las escuelas en las últimas décadas exceden los saberes propios de los maestros, por lo que es necesario producir materiales que generen conocimiento y colaboren en la acción pedagógica.
Entiendo que hablar de la violencia en las escuelas no es sencillo. El propio término suele despertar temores y ponernos a la defensiva. No está bien visto aceptar que en nuestra escuela hay violencia. Sin embargo, hablar sobre ella no significa estigmatizar, sino abrir un espacio de comprensión e innovación. Promover vínculos sanos, conversaciones honestas y prevenir de modo activo la escalada de los conflictos inherentes a los vínculos entre los estudiantes, con los docentes y con las familias son acciones que es preciso llevar adelante y que requieren formar parte del Proyecto Educativo Institucional.
La escuela, institución paradigmática de la sociedad, representa su tiempo: las tensiones y desigualdades sociales ingresan por puertas y pasillos. Las violencias pueden amplificarse o no, según las prácticas institucionales y el compromiso de sus actores. Parto de la convicción de que la violencia en las escuelas no se resuelve con castigos, sino con reflexión y compromiso colectivo.
Así, hablar de violencia en las escuelas no se trata de una moda ni de una exageración, sino de una necesidad. Las escenas de conflicto, los gritos, los silencios, las palabras que hieren o los gestos que excluyen son parte de la vida escolar, aun cuando muchas veces no se las nombre como tales. Pero callar esas situaciones no las resuelve: las oculta. Y lo que se oculta suele reproducirse.
Durante mucho tiempo, como anticipé en la Introducción, la escuela fue pensada como un espacio separado del mundo: un lugar donde reinaba el orden, la disciplina y la formación moral. Sin embargo, la escuela nunca estuvo aislada por completo de su entorno. Los desequilibrios, las frustraciones, los miedos y los modos de resolver los conflictos que se viven afuera ingresan todos los días con quienes habitan las aulas (grandes y chicos llevan sus pesadas mochilas a las escuelas, sus biografías van con ellos a clase). Por eso, hablar de violencia en la escuela es hablar también de las formas en que la sociedad educa, incluye o excluye.
Nombrar la violencia no significa reducir la escuela a un lugar problemático o conflictivo. Significa, más bien, reconocer que donde hay vínculos humanos hay tensiones, y que el desafío educativo consiste en transformar las tensiones en experiencias de aprendizaje y convivencia. Los conflictos son inevitables; lo que sí puede evitarse es que se conviertan en hechos de violencia.
Además, hablar de violencia nos permite revisar nuestras propias prácticas. ¿Cómo ejercemos la autoridad? ¿De qué manera sancionamos o mediamos los conflictos? ¿Qué lugar le damos a la palabra del otro, sobre todo cuando ese otro es un estudiante que interpela o desafía? Estas preguntas incomodan, pero también abren posibilidades para pensar la tarea docente desde posicionamientos éticos y políticos. No se trata solo de intervenir cuando ocurre un hecho grave, sino de prevenir, comprender y educar a partir de los conflictos. Hablar de violencia en las escuelas es una forma de fortalecer la vida cotidiana escolar, de enseñar que los desacuerdos pueden tramitarse sin humillar, sin excluir, sin dañar.
Por último, hablar de violencia también es hablar de futuro compartido. Porque cuando una escuela se anima a poner en palabras lo que duele, lo que enoja o lo que asusta, empieza a construir un modo distinto de estar juntos. Y ese gesto, tan simple y tan profundo, es ya una forma de construir lo por-venir, con otra impronta. Hacerlo implica volver sobre una necesidad ineludible de la escuela: los espacios de socialización secundaria por los que circulan los estudiantes en un sistema obligatorio, deben ser, como dijimos al inicio, seguros y saludables.
En la Argentina, la legislación vigente impone una obligatoriedad escolar desde los 4 años y hasta finalizar la escuela secundaria. Esto supone que alrededor de 11 millones de niñas, niños y adolescentes deberían –lamentablemente, no todos lo hacen– asistir, permanecer y concluir sus estudios de Jardín, Primaria y Secundaria. Una consecuencia derivada de lo anterior: aceptar que los estudiantes están obligados a ir durante muchas horas diarias, la mayoría de los meses del año y durante muchos años a un sitio en el que deben permanecer técnicamente encerrados y ajustarse a reglas impuestas por adultos distintos a sus familiares directos. Es necesario volver visible esta cuestión que está naturalizada por toda la sociedad y es considerada positiva para niños y adolescentes y, por ende, debería resultarles una situación placentera o, cuanto menos, suficientemente buena, parafraseando a Donald Winnicott.
¿Qué pasa cuando no es así? ¿Qué ocurre cuándo la escuela es un lugar en donde los conflictos no se tramitan acorde a una ética del cuidado de las infancias y las adolescencias?
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