
“Para no caer es en principio... Para no caerse, para no caernos.” No hacen falta mayores explicaciones. O sí: la definición de Alejandro Tantanián vincula el título del espectáculo de canciones y palabras que presenta todos los jueves en NÜN Teatro Bar de Villa Crespo junto al pianista Diego Penelas -su coequiper desde hace dos décadas-. Para no caer Vol. 1, cuenta el relevante actor, director y dramaturgo, es una propuesta que cruza géneros, generaciones y emociones en torno a la música y la palabra. “El corazón del espectáculo es una suerte de isla del presente”, resume en diálogo con Infobae Cultura.
Reconocido como una figura esencial del teatro argentino, Tantanián ha forjado una trayectoria que combina la experimentación escénica, el cruce entre disciplinas y una mirada crítica sobre el presente, parte de una obra que ha llegado a escenarios de América Latina y Europa. En su recorrido artístico, esta colaboración con Diego Penelas consolida una sociedad que explora la conexión entre música y dramaturgia, con repertorios eclécticos y espectáculos que desafían los límites entre el recital y el teatro.
—¿Cómo surgió tu vínculo con la música y cuándo comenzaste a llevarlo al escenario?
—Es una vieja vocación, digamos. Siempre tuve un vínculo muy poderoso, en principio muy privado, con la música, siendo chico y adolescente. Y después, en mis primeros trabajos como actor (uno casi siempre trabaja en espectáculos para infancias en esta etapa), cantaba y siempre tuve el deseo y la voluntad de hacer espectáculos musicales. Logré construir el primero en 2002, en un espectáculo que se llamó De lágrimas, que se hizo en el ya extinto Club del Vino y después viajamos por un montón de lugares en el mundo y también pudimos presentarlo en el Faena. Estuvimos casi cinco años trabajando, ese fue el primer espectáculo en que yo me ponía como frontman a cantar. A partir de ahí, se abrió una trilogía que se completó con De protesta en el Teatro San Martín, en la Sala Casacubierta en 2004 y con De noche en 2008, ya con Diego Penelas, a quien conocí ese año. A partir de ahí, construimos una sociedad que sigue hasta el día de hoy, no solo haciendo estos espectáculos de canciones que tienen un formato más o menos similar. Somos menos o más músicos en escena. Esta es la expresión más apretada, la más sintética: piano y voz.

—¿Cómo eligieron el repertorio y qué buscaban transmitir con este espectáculo?
—En principio, el espectáculo lo llamamos Para no caer, vol. 1. Tiene que ver con pensar un poco este momento. El corazón del trabajo es una suerte de lo que llamábamos nosotros “isla del presente”, en donde hay algunos textos de Idea Vilariño y de Pasolini, que también musicalizó Diego, “Tormenta” de Discépolo, “Preludio para el año 3001” de Piazzolla y Ferrer, el tango “Aquaforte”, y una canción hermosa de Liliana Felipe que se llama “Estudiar historia”. Es el núcleo del espectáculo, lo que podría remitir de manera más evidente a ese “para no caer”. Alrededor de ese núcleo armamos una dramaturgia.
El espectáculo tiene un relato que es bastante eficaz en el sentido de cómo va desarrollando los temas y cómo una cosa lleva a la otra para que el concierto tenga momentos más planos y de repente explote. Es algo que también uno va aprendiendo como espectador. Yo soy muy fan de ir a conciertos de este tipo. Era muy fanático de Nacha Guevara, te diría que aprendí casi todo de ella viéndola sobre el manejo del público, de la forma de hilvanar el repertorio y de interpretación, para mí, alguien que viene de la actuación. La idea es pasar por cosas muy eclécticas, muy poco parecidas entre sí. Creo que lo atractivo del espectáculo es que se construye algo con mucho sentido, pese a que estamos mezclando cosas que parecieran imposibles de mezclar a priori.
—¿Qué cambia para vos estar delante del público como cantante y actor, en comparación con una representación teatral tradicional?
—En principio, la anulación total de la cuarta pared ya construye un tipo de performance muy distinta que uno puede lograr en determinados momentos del teatro, con algo más clownesco. Este espectáculo, muchas veces, es abrir esa cuarta pared y volverla a cerrarla. Ahora es algo íntimo, hay momentos para disfrutar y pasarla bien juntos, inclusive para cantar con la gente. Es un recital de canciones; no vamos a rizar de más el rizo. Es algo que nos gusta hacer. El repertorio siempre lo pensamos con canciones que queremos compartir desesperadamente con la gente. Creo que eso en algún punto se contagia, porque la música apela directamente a lo emocional. Trabajamos muchos textos de grandes poetas y el discurso nos importa, pero es algo que se comparte de otra manera. Creo que el teatro y las artes vivas hoy son un reservorio muy poderoso del encuentro entre nosotros, algo totalmente ajeno a lo digital. Volver a algo que parece una verdad de Perogrullo, pero que hoy se vuelve un mantra necesario ante tanta hostilidad y falta de empatía.
—Hablando de eso ¿Cómo te encuentra este momento tan crispado en términos sociales y culturales?
—Yo trato -a veces lo logro, a veces no-, de pensar que lo mejor está por venir siempre. Más allá de tengo mis momentos nostálgicos pero trato de no quedarme ahí. Pienso que esta época es muy compleja y a mí la complejidad siempre me despierta. Creo que para lo artístico, las épocas de crisis, de lo que sea, crisis de valores, crisis económica, crisis de lo que fuere, son épocas muy inspiradoras. No por una cuestión masoquista, pero nuestro trabajo tiene que ver con pensar la época y dar testimonio desde el lugar que cada uno tiene, con humildad y con un gesto contrito. Este es un momento hermoso para decir esto. A veces te escuchan no muchas personas, y eso también es un aprendizaje: estamos en una sala chica que tiene ochenta localidades. Por ejemplo, dirigí una obra con veintiún personas en escena en el San Martín y después hicimos un espectáculo chiquito en un teatro pequeño.
Mi generación aprendió a ser muy autogestiva. La generación anterior estaba literalmente desaparecida, había un agujero ahí. Quienes estaban en las esferas de poder eran nuestros abuelos, y no se pelea uno con los abuelos. Fue un proceso largo llegar a ciertos lugares y que se nos reconozca porque nuestra forma de hacer las cosas no eran muy entendidas. La autogestión fue nuestra herramienta y hoy sigue siéndolo. En general, es un momento muy difícil para el terreno artístico. Hay que estar muy alerta a seguir produciendo lo propio, de la manera que se pueda en cada momento.

—¿Por qué creés que el teatro como espectáculo en vivo, siguen teniendo tanto arraigo en Buenos Aires, aun en tiempos tan mediados por pantallas?
—Creo que es algo cultural. El teatro ha sido desde los tiempos de los Podestá hasta hoy, un espacio muy poderoso, de mucha pregnancia popular. Y eso establece las bases de algo que la gente quiere, que no resigna, aun en los momentos más difíciles. Recuerdo cuando hacíamos La escala humana en el 2001, en plena crisis, que tuvimos que aumentar la cantidad de funciones. El teatro es un lugar necesario. Es milagroso ver a toda esa gente que abandonó su casa, que se vistió, que tomó un medio de transporte o fue caminando o en auto, para ir a una cita con unos desconocidos, a entregar lo más valioso que uno tiene, que es su tiempo. Ese acto de entrega siempre fue para mí un milagro de persistencia. Se ha hablado de la muerte del teatro millones de veces. Eso no va a acontecer, salvo que la humanidad como tal desaparezca.
El teatro es una ronda, el fuego en el centro y alguien que se separa para contar una historia. Es algo muy antiguo. Por más que haya una búsqueda de aplacar o anular todo lo humano, eso se resiste. Esta ciudad es maravillosa aunque también es cierto que muy pocos pueden vivir de lo que hacen: el ochenta por ciento de la gente que hace teatro lo hace casi autoexplotándose por vocación.
—En diciembre de 2023, se supo que te habían ofrecido asumir la dirección del Teatro Cervantes otra vez. Habiendo pasado el tiempo, ¿te felicitás por no haber aceptado?
—No sé si me felicito, pero lo que puedo asegurarte es que no me equivoqué en decir que no. Yo sabía lo que había por delante. El Teatro Cervantes es hoy un espacio que tiene una lógica del teatro comercial. Su sala mayor está habitada por un espectáculo con una entrada de 35 mil pesos, que es cara. Tiene una lógica diferente a la del teatro oficial, que debería acercar al público que no tiene acceso. Además, hay un montón de actores esperando trabajar y si hay una obra estacionada siempre en el mismo lugar y no hay recambio, hay un montón de gente que no tiene trabajo. Las dinámicas de un teatro oficial son cambiar la obra aunque sea un megaéxito. Las obras del San Martín han bajado con sala llena. Esas dinámicas parecieran estar perdiéndose. Eso tiene que ver con cierta ideología libertaria: lo importante es que se recaude y que el dinero de la boletería alcance para solventar gastos y que el presupuesto nacional sea menor.
[Fotos: gentileza Varas Otero]
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