
Tiene algo de conmovedor ver a estos textos, que fueron creados para la escena, así, un poco desnudos, valiéndose por sí mismos, sin el acompañamiento de la escenografía, la música, las luces ni, esencialmente, los cuerpos que los encarnaron. Con el mismo entusiasmo blindado e inconsciencia absoluta con el que se emprenden los ensayos de una obra nueva, confío en que saldrán airosos del desafío. Incluso, quizás, hasta fortalecidos y liberados en esta nueva encarnación, habitando estas páginas, particular paraíso duradero que contrasta con su origen escénico y efímero.
Una sombra voraz narra la historia de un escalador que antes de retirarse quiere intentar completar la escalada en la que su padre desapareció, 30 años atrás. Al hacerlo algo inesperado le sucede. Su historia se vuelve famosa y se filma una película basada en ella. En la obra, el actor que protagonizó esa película y el escalador, cada uno con sus particulares conflictos, comparten escena y narran su versiones contrapuestas de lo que sucedió.
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La obra se centra en la historia de un sobreviviente del Holocausto que se instala en un pueblo de la Provincia de Buenos Aires y comienza a crear, en medio del campo, una reconstrucción de su Varsovia natal. Lo hace con la intención de representar una gran obra de teatro sobre su vida en la que, de a poco, integra a los habitantes del pueblo como actores. Las vidas de las personas que participan de la obra comienzan a cambiar a partir de esa experiencia. Y mucho más cuando se descubre que su creador no era exactamente quien decía ser.
Una sombra voraz tiene una génesis particular, surgió como una invitación del Festival de Avignon de presentar una obra nueva, justo en un momento en el que yo estaba obsesionado con las noticias que aparecían en los medios acerca de cómo, por el cambio climático, en distintas montañas del mundo habían aparecido cuerpos de personas desaparecidas desde hacía décadas. La idea para La obra, en cambio, surgió en un momento en el que con mi grupo estábamos bloqueados con otro proyecto, que no funcionaba para nada, y un día charlando con mi viejo me contó acerca de un lugar en Brasil donde todo un pueblo representa, una vez al año, la pasión de Cristo.
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En conjunto son, quizás, las obras de teatro de impronta más literaria de las que creamos.
A lo largo de los últimos años, en nuestras obras hemos explorado cómo el pasado cambia porque lo modificamos cada vez que lo narramos; nos hemos preguntado si creamos ficciones para ser menos efímeros o si, por el contrario, son las ficciones quienes nos crean a nosotros para eternizarse; hemos rastreado en el presente las huellas de la violencia política del pasado reciente; hemos hablado de padres e hijos, de mitos familiares, de dobles, de cómo nos transformamos en reflejos distorsionados de lo que imaginamos que seríamos... y unas cuantas cosas más. Tal vez este libro sea otra forma de investigar uno de los tópicos que nos obsesionan: las cápsulas de tiempo y la manera en que las ficciones siguen transformando la realidad a lo largo de los años.
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Insisto en el “nosotros” porque es sabido que el teatro es un hecho colectivo y estas obras no son una excepción. Si bien soy yo quien las escribió, surgieron de un intercambio permanente con mi familia artística, el Grupo Marea: no hubieran existido sin Mariana Tirantte, Florencia Wasser y Diego Vainer. Y fueron luego modificadas y fundamentalmente enriquecidas por las actrices y actores con quienes las desarrollamos escénicamente.
[Fotos: Nora Lezano; archivo; prensa Paripebooks]
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