La herencia silenciosa de la violencia en Colombia: memorias familiares de una tragedia nacional

En su libro “The Violence”, la escritora estadounidense de ascendencia mexicana y colombiana Adriana E. Ramírez entrelaza sus recuerdos personales y los hechos históricos para explicar una guerra civil

El libro del día: “The Violence”, de Adriana E. Ramírez
El libro del día: “The Violence”, de Adriana E. Ramírez
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Una de las mayores dificultades al escribir sobre América Latina para una audiencia internacional es determinar qué información ya conocen los lectores. ¿Qué figuras son nombres familiares? ¿Qué episodios resultan conocidos, pero también despiertan interés? En el caso de Colombia, muchos autores han optado por una apuesta segura: Pablo Escobar.

Adriana E. Ramírez, en su libro que combina memorias familiares con historia social, The Violence. My family’s colombian war (La violencia. La guerra colombiana de mi familia), no es la excepción. Sin embargo, la premisa de su obra es que no se puede comprender la crueldad de Escobar, cuyo cartel de Medellín dominó el comercio global de cocaína en los años ochenta, sin conocer lo ocurrido en Colombia décadas antes.

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En 1948, el asesinato de un líder del Partido Liberal provocó disturbios y asesinatos en Bogotá. Miembros del partido Conservador rival armaron a sus trabajadores rurales e instruyeron que mataran a liberales y los expulsaran de sus tierras. Los liberales respondieron. Durante la década siguiente —un periodo que se conoció como La Violencia—, vecinos mataron a vecinos. Los cadáveres se multiplicaron hasta obstruir los ríos.

Algunos cuerpos aparecieron desmembrados; otros tenían la lengua extraída a través de un corte en el cuello, una referencia sangrienta a las largas corbatas azules usadas por los liberales. Años después, miembros de carteles colombianos en Miami y Nueva York escandalizaron a la opinión pública con el mismo método, dejando los cuerpos de sus víctimas con una “corbata colombiana”.

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Adriana E. Ramírez examina la vida de sus abuelos Esther y Aníbal, que aparecen en esta fotografía de 1952, en su nuevo libro (vía Adriana E. Ramírez)
Adriana E. Ramírez examina la vida de sus abuelos Esther y Aníbal, que aparecen en esta fotografía de 1952, en su nuevo libro (vía Adriana E. Ramírez)

Estos detalles atroces se limitan a algunos capítulos. La autora centra su atención en retratar a sus abuelos maternos y en cómo sobrevivieron a ese periodo.

El abuelo de Ramírez, Aníbal, se presenta como un hombre carismático, cuyos días de desenfreno parecen haber quedado atrás cuando conoce a su futura esposa. La abuela, Esther, es pequeña y fuerte. Ambos provienen de familias liberales y Esther alcanza la adultez justo cuando los jóvenes de las montañas de Santander han comenzado a morir o a huir hasta España para salvarse.

Hasta que conoce a Aníbal, Esther parece indiferente, dedicada a poner nombre a los terneros y llevar la contabilidad en la finca de su padre. Pero la suerte de encontrarlo y la fe que deposita en él casi le cuestan caro.

La historia de Esther es la que mayor impacto tiene, más allá de la investigación minuciosa de la autora y de su teoría —apoyada en otras historias de vida— de que fue La Violencia la que desencadenó generaciones de agitación social y política en Colombia, país de origen de la madre de la autora. (Ramírez es colombo-mexicana y reside en Estados Unidos.)

Adriana E. Ramírez (Ryan Loew/PublicSource)
Adriana E. Ramírez (Ryan Loew/PublicSource)

The Violence muestra cómo esta guerra civil no oficial pudo haber dado origen tanto a carteles como el de Escobar como al grupo guerrillero que dominó el campo, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC. El texto expresa que parte de ella habría preferido que Ramírez omitiera estos temas más conocidos y proclives a la espectacularización. ¿Es necesario ver nuevamente a Escobar, figura admirada y temida, acorralado y abatido en un tejado de Medellín? ¿Qué relación tiene con la familia de la autora?

Al reconstruir episodios del pasado, Ramírez enfrenta dificultades para mantener un tono uniforme. A veces se detiene en cifras (como los recuentos contradictorios de víctimas) y utiliza términos que no siempre corresponden a la época.

Es en la narración de la traición del abuelo hacia la abuela donde la autora se muestra más segura. Esta es su historia para contar. (Resulta notable que Ramírez la haya descubierto al entrevistar a sus familiares para este libro: un secreto familiar ejerce una atracción inevitable, sin importar cuán triste sea.)

Se trata de una historia de traición digna de Elena Ferrante. Ramírez logra transmitir la rabia y la determinación de su abuela. “Esa noche me hizo bailar”, cuenta Esther sobre Aníbal. “Me pisó. No quise decírselo. Dejé que me destruyera los pies”.

Pablo Escobar
Pablo Escobar (Colprensa)

Como estilista, Ramírez alterna entre una prosa funcional que hace avanzar la narración, pero puede resultar plana, y metáforas o reflexiones poéticas algo etéreas.

Aun así, resulta difícil no conmoverse ante su decisión de enfrentar este periodo definitivo y profundamente reprimido. Quien escribe esta reseña también es medio colombiana y de una edad similar a la autora. Sus abuelos igualmente se conocieron y casaron al inicio de La Violencia y rara vez hablaban de esa época.

Al terminar este libro valiente, la reseñista siente que conoce mejor a sus abuelos. También experimenta la tristeza profunda evocada por el mejor arte sobre el conflicto colombiano, que pudo haber dejado hasta medio millón de víctimas. Es el mismo dolor que transmiten las siluetas pintadas por Beatriz González —miles de personas cargando cuerpos— en el Cementerio Central de Bogotá. En los relatos de los familiares de Ramírez, se percibe el peso del duelo y la responsabilidad hacia los muertos, una carga para toda la vida.

Fuente: The New York Times

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