
Incluso hace 60.000 años, los seres humanos de Sudáfrica ya dominaban el uso de venenos en la caza, como demuestra el hallazgo de residuos tóxicos en puntas de flecha de cuarzo en el refugio rocoso de Umhlatuzana. Esta evidencia, obtenida a partir del análisis químico de los artefactos, revela no solo una técnica letal, sino también un temprano entendimiento científico de las plantas y una continuidad cultural que se extendería hasta épocas históricas, según informó el equipo de investigación en un artículo publicado en Science Advances.
En el tercio final del estudio presentado, los científicos dan cuenta de que las sustancias encontradas —los alcaloides buphadrina y epibufanisina— permanecen activas incluso después de un siglo, lo que permitió identificarlas en herramientas utilizadas hace decenas de milenios.
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Adicionalmente, estos compuestos tóxicos de la planta Boophone disticha, autóctona de la región y popularmente llamada “gifbol” o “cebolla venenosa”, también aparecieron en puntas de flecha recolectadas en el siglo XVIII, conservadas en colecciones suecas y datadas en unos 250 años de antigüedad. Para Sven Isaksson, investigador de la Universidad de Estocolmo y coautor del estudio, esta persistencia indica una línea ininterrumpida de conocimiento y práctica: “El descubrimiento de esta continuidad es crucial”, afirmó al medio Science Advances.

El sitio de Umhlatuzana Rock Shelter, excavado por primera vez en 1985, conserva restos y herramientas que abarcan desde el Paleolítico Medio al Superior. La transición entre estos períodos marcó la evolución de los homínidos hacia nuevas tecnologías. Investigaciones previas, como la publicada en 2021, indican que la aparición de microlitos —pequeñas lascas de sílex afiladas— y de utensilios para pescar y trabajar la madera fue característica de este cambio de época. El hallazgo reciente constituye la primera evidencia de puntas envenenadas en el yacimiento.
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El proceso para convertir la Boophone disticha en un agente mortal requería precisión técnica. Según la publicación, el jugo extraído de los bulbos de la planta se secaba al sol hasta adquirir una textura gomosa o se reducía al fuego y se mezclaba con otros ingredientes. La sustancia obtenida se aplicaba en la punta de las flechas. En personas, los efectos iban desde náuseas y alteraciones visuales hasta parálisis respiratoria y coma, mientras que en animales podía resultar letal.
Anders Högberg, investigador de Linnaeus University y coautor del análisis, destacó la complejidad de esta práctica: “El uso de veneno en flechas requiere planificación, paciencia y comprensión de la relación causa-efecto. Es una señal clara de pensamiento avanzado en los primeros seres humanos”, declaró para Science Advances.
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Las pruebas previas más antiguas de flechas envenenadas databan del Holoceno Medio, hace entre 9.000 y 5.000 años. En Egipto se hallaron rastros de glucósidos tóxicos en flechas de hueso en una tumba de 4.000 años y en Sudáfrica, en la cueva Kruger, se encontraron puntas de hueso con residuos tóxicos de hace 6.700 años. Sin embargo, nunca antes se había documentado el uso de veneno en armas de caza tan remotas como las de Umhlatuzana.
El estudio concluye que la identificación de residuos de Boophone disticha en puntas de flecha prehistóricas prueba la sofisticación técnica y el conocimiento avanzado que distinguió a los cazadores del sur de áfrica, para quienes el dominio del veneno fue parte esencial de su éxito en la adaptación al entorno.
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