La primera vez que presenté una obra de mi autoría, el público estaba sentado en cajones de verdulería. Éramos veinte personas apretadas en un altillo prestado, sin técnica, sin dinero, sin respaldo institucional, pero con una urgencia que todavía hoy reconozco en mi ADN. Ahí empezó mi cocina, con la falta como primer ingrediente.
Hace cuarenta años yo terminaba el secundario en Rafaela. Quería ser artista escénico, pero no tenía cómo. No había formación sistemática cerca y venir a Buenos Aires era una fantasía impracticable para un hijo de clase trabajadora. Entonces hice lo único posible: quedarme y empezar. Sumarse a grupos amateurs, actuar en cuanto proyecto apareciera, viajar de pueblo en pueblo, mirar, leer y ensayar con voracidad. Mi primera pedagogía fue esa: una formación sostenida en el deseo y en una tradición teatral vocacional heredada de la inmigración italiana.
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Durante años cociné un modo de trabajar independiente y obstinado, siempre desde los bordes. Nunca sostenido en la abundancia, fortalecido en la persistencia. Y, junto a la falta, otro ingrediente fueron las manos de otros. Vi proyectos crecer cuando hubo escucha y romperse por el ego o por la desesperación por ocupar lugares de poder. Tal vez por eso sigo confiando en el teatro como uno de los pocos espacios donde lo imperfecto y lo divergente todavía pueden producir algo real.
Desde esa lógica construimos el Centro Cultural La Máscara e impulsamos el Festival de Teatro de Rafaela. También me tocó dirigir festivales e instituciones. Y confirmé algo incómodo: cuando el poder cultural se burocratiza, vacía de sentido las ideas que dice defender. Vi cómo la gestión reemplaza al pensamiento y cómo la administración neutraliza el riesgo. Eso no es abstracto: está pasando ahora.
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Hoy, cuarenta años después, volvemos a una escena sin red. Y en este contexto, celebro estas cuatro décadas, otra vez, en la intemperie. Desde marzo presentaré en Buenos Aires una trilogía atravesada por una misma pregunta: ¿cómo sostener presencia cuando el entorno se desarma?
La primera pieza es No yo de Samuel Beckett, que se re-estrena el sábado 7 de marzo; en abril llega 0615 de Pauline Peyrade; y luego Mis palabras, de mi autoría.
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“No yo” abre la serie y condensa la búsqueda con mayor radicalidad: una obra sin ornamentos. Durante el proceso quitamos más de lo que agregamos. Con este trabajo absolutamente radical de Beckett, entendí —otra vez— que crear es abandonar lo superfluo hasta que quede lo imprescindible.
Leí por primera vez esta obra en mi adolescencia, fascinado por la radicalidad de Beckett y su capacidad para llevar al teatro hacia los límites del lenguaje y el cuerpo. Más tarde, al descubrir las versiones filmadas en YouTube o en videos pirateados por colegas, mi fascinación se transformó en obsesión.
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En “No yo”, esa boca suspendida, hablando sin parar, sin decir del todo, me resultaba de una teatralidad extrema: una imagen imposible y a la vez profundamente verdadera. La condensación brutal de una subjetividad rota.

Hoy, en esta Argentina atravesada por el control policial en las calles y los intentos de silenciamiento en la virtualidad, “No yo” reverbera con una potencia ineludible. El cuerpo que no puede hablar, la voz que no puede pronunciar lo que la atraviesa, son imágenes que dialogan con una sociedad donde la palabra ha sido extrañada y se disuelve la idea misma de cuerpo colectivo.
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Presentar esta trilogía en El Excéntrico de la 18 —que también celebra cuatro décadas de trabajo bajo la dirección de Banegas— no es un cierre de ciclo ni una llegada a ningún podio: es fricción, es un cruce de trayectorias sostenidas desde la independencia, la obstinación, la resistencia.
Si algo estuve cocinando durante estos cuarenta años no fue una carrera. Fue una forma de estar. Un modo de trabajar cuando no hay red. Un modo de seguir presentes cuando todo empuja a la dispersión.
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“No yo” es el resultado de esa larga cocción. Y también una advertencia: sin políticas públicas, sin comunidad y sin pensamiento crítico, el teatro no desaparece. Se precariza. Y con él, nuestra capacidad de imaginar otros mundos.
*“No yo”. Sábados 7, 14, 21 Y 28 de marzo a las 22.30hs. El Excéntrico de la 18ª (Lerma 420, CABA). Entrada general: $22.000 por Alternativa. La obra incluye desnudo total.
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