
Los directores argentinos Lorenzo Ferro y Lucas A. Vignale se encuentran en la Berlinale con su primer largometraje, El tren fluvial, un filme que sigue el viaje de Milo, un niño de nueve años, en busca de sus sueños, desde el pueblo a la gran capital, en una lenta transformación de la inocencia a la temprana madurez.
Según explica Ferro, el protagonista de la película “justo está atravesando una lenta transformación del alma en silencio”, y esa transformación es la que le pide escapar de su hogar y de ese adoctrinamiento, esa “castración paternal o maternal”, e ir a perseguir sus sueños, “que todavía no tienen forma”. La inocencia que tiene Milo, agrega, hace que tenga “un ángel guardián” y no importa si sus sueños no tienen forma, porque “él está como cubierto, tiene una capa de ozono en el planeta de su cuerpo que lo protege del mundo exterior, por más de que siempre esté cerca del peligro”.
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Milo, de nueve años, crece bajo la presión de convertirse en un gran bailarín de malambo y en el hijo perfecto. Sueña con tomar las riendas de su vida y escapar de sus responsabilidades de lavar los platos, cocinar y practicar el malambo por las noches. Milo quiere otra vida. Fantasea con viajar en tren y explorar la ciudad de Buenos Aires, que ha visto tantas veces en el cine y en la televisión. Sin embargo, para liberarse de su familia y del campo, y hacer realidad sus grandes sueños, debe atreverse a emprender un nuevo viaje: una peregrinación hacia la soledad y las aventuras y placeres desconocidos de la gran ciudad.
El personaje de ‘Viaje fluvial’
“Toto” Ferro señala que les gustaba la idea de un personaje que pueda ser indestructible, pero que en un momento se da cuenta de que ya no lo es más, porque en la infancia uno a veces se puede sentir un superhéroe. “Queríamos capturar un momento de quiebre, la idea de ese momento de tu vida, que puede llegar más tarde o más temprano, en el que te das cuenta de que ya no sos más indestructible, que hay que tomar decisiones y que tus actos tienen un peso en los demás, cosa que cuando uno es niño, no ocurre”, agrega.
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Es ahí cuando uno comienza a convertirse en un adulto, en una persona madura, indica, y a ellos les gustaba seguir a un niño al que le llega esa idea a una edad muy temprana. “Hay gente a la que se le rompe el corazón más temprano y se empieza a decepcionar de la vida más temprano, y creo que a Milo le pasa algo de eso”, señala el actor protagonista de El Ángel y Simón de la montaña.
Escapar o no al destino
“Al final -agrega-, perseguir tus sueños o salir a buscar una respuesta del mundo, no es necesariamente la mejor opción de estar vivo, y quizás hay que volver a casa, con la familia, como Milo, verlos comer guiso y seguir bailando malambo y no escaparle al destino”. “Va a buscar su destino y se da cuenta que el destino ya estaba ahí con él (...) A veces nos pasa eso. Queremos ir a buscar nuestro destino y nuestro destino ya está acá con nosotros”, reflexiona.
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Según Lucas Vignale, “hay algo ahí que es un poco que te elijan el destino, que te lo coreografíen” y depende después de cada uno qué quiere hacer con eso. Así, Milo está creado para ir en contra de lo que ya está preparado y premeditado de la familia que, aunque él no quiera, lo arrastra y se lo lleva consigo, afirma.

“Termina haciendo sus herramientas. En los momentos más cruciales, donde tiene que salvar la papa del horno, utiliza lo que aprendió con su padre. Cuando quiere ser más libre que nunca, baila malambo”, subraya. Para el codirector de Viaje fluvial, se trata de los sedimentos que están en el inconsciente de la infancia, que siempre te van a acompañar y siempre van a estar ahí, aunque el personaje quiera deshacerse de eso.
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Los realizadores no sabían mucho acerca del malambo hasta que conocieron a Milo Barría, quien interpreta a Milo en el filme, que entrena dos horas al día esta danza folclórica de Argentina, que además le encanta, aunque no aparezca así en el filme.
“Sentíamos que tenía que estar en la película esa potencia que le da al personaje que tenga esa arista”, explica Vignale, al tiempo que recuerda que precisamente bailando malambo es como el personaje alcanza en la película “el clímax de su soledad” y “de su liberación del alma”. El tren fluvial opta en esta Berlinale al premio a la mejor ópera prima de la sección Perpectivas, en la que compiten otros doce títulos.
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Fuente: EFE
[Fotos: Paloma Rocha/EFE; prensa Berlinale]
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