A propósito de “Sirat”: las múltiples dimensiones de la cultura “rave”

La palabra significa “delirio” y ellos se definen como una tribu global. Qué pasa en estos festivales de música

Tráiler de 'Sirat'
Una escena de "Sirat"
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“Nuestro estado emocional es éxtasis, nuestro alimento es el amor, nuestra adicción, la tecnología, nuestra religión, la música. Nuestra opción para el futuro es el conocimiento y para nosotros la política no existe”.

Así comienza el denominado manifiesto rave, publicado a mediados de los años 90 en el foro Alt.Rave. Se creó como respuesta a la negativa campaña mediática que estaban sufriendo estas fiestas por todo el mundo. El texto retomaba y ampliaba las palabras del DJ neoyorkino de techno Franky Bones, considerado el artífice de llevar la cultura rave a Estados Unidos, y que constituyen la esencia de la filosofía de este movimiento: paz, amor, unión y respeto, más conocida como PLUR (sus siglas en inglés).

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Pero ¿qué hace que millones de personas quieran participar en alguna de estas fiestas?

Varias personas en una rave, en España (Europa Press)
Varias personas en una rave, en España (Europa Press)

El término rave significa delirio, lo que puede explicar parte de su éxito. Son celebraciones en las que, a través de la música manipulada electrónicamente, se trasciende de la individualidad hacia el grupo, lo que el sociólogo Émile Durkheim denominó la “efervescencia colectiva”, aplicable también a otros eventos de música en directo.

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Con motivo del estreno de la película española Sirat, de Oliver Laxe, Premio del Jurado en Cannes, que se enmarca en el ambiente ravero de Marruecos, queremos hacer un repaso a la historia de estas celebraciones y su cultura.

Las raves tienen su origen en los años 80, en las fiestas ilegales que se organizaban en almacenes abandonados de Londres. Influenciadas por los free festivals y los new travellers –dos movimientos de espíritus libres vinculados a los festivales de arte y música–, en estas free parties –que duraban hasta el amanecer– se escuchaba hip-hop, groove y cada vez más house y techno procedentes de Chicago y Detroit.

En 1989, tuvo lugar en ese país el conocido como “segundo verano del amor”. Estuvo dominado por fiestas clandestinas en las que los jóvenes celebraban la comunidad a través de la música electrónica y de la experimentación con drogas. Poco después, en mayo de 1992, el colectivo Spiral Tribe organizó una rave ilegal multitudinaria en Castlemorton, a la que acudieron 20.000 personas.

fiestas clandestinas
Una rave en Francia durante las restricciones del Covid. (Pascal GUYOT / AFP)

A pesar de la persecución policial y de que el gobierno de Margaret Thatcher intentase prohibirlas, el fenómeno ya había arraigado entre los jóvenes como modelo de ocio.

En poco tiempo, multitud de clubes y discotecas británicas comenzaron a programar noches dedicadas a la electrónica. Eran eventos legales que se convirtieron en el germen de un segundo modelo de estas fiestas: las raves institucionalizadas. Seguidamente fueron alcanzando el resto de Europa y del mundo y así comenzó su auge, convirtiéndose en un producto propio del actual capitalismo cultural; es decir, fiestas comercializadas, globalizadas y poco diferenciadas las unas de las otras.

Precisamente, este tipo de raves también originaron un movimiento característico de la España de los años 90: la “Ruta del Bakalao”, constituida por más de una decena de discotecas de grandes dimensiones ubicadas en la Carretera del Saler de Valencia. Los clubes de la zona –Barraca, Espiral, NOD, ACTV, The Face, Spook, Puzzle, Heaven o Chocolate, entre otros– se mantenían abiertos prácticamente las 72 horas del fin de semana para albergar fiestas de música mákina que atraían a miles de jóvenes españoles.

Como sucedió en Reino Unido, la Ruta cayó en el olvido a mediados de los 90.

Pero, junto a la proliferación de festivales de música por toda España, las raves comerciales han vuelto con fuerza. Actualmente ocupan buena parte de los carteles de estos eventos o incluso los protagonizan en exclusiva, como sucede en los festivales Dreambeach, Monegros, Medusa o Sónar, entre otros.

Por su parte, las raves clandestinas tuvieron que esperar hasta principios del siglo XXI para ganar popularidad en España, donde destacan especialmente las organizadas en Madrid –en el túnel de Boadilla o el monasterio de Perales del Río–, Andalucía –Granada y Almería– y Cataluña.

Desde ese momento, y especialmente a partir de la pandemia de covid-19, el movimiento ravero no ha dejado de ganar adeptos. Sus seguidores se ven atraídos por esa forma de ocio contracultural y hedonismo que incluso llega a adquirir un carácter ritualístico y casi religioso.

Actualmente, se mantienen las dos vertientes, las comerciales –parte de la cultura clubbing y de festivales– y las clandestinas o free parties. Estas últimas son las que levantan mayores controversias. Se trata de eventos organizados por colectivos –llamados soundsystems–, tienen carácter secreto, carecen de programa, no tienen ánimo lucrativo –la recaudación se revierte en la propia organización de la fiesta–, suelen durar varias jornadas y apuestan por espacios alejados de los núcleos urbanos para no molestar ni ser molestados.

Oliver Laxe, director y coguionista de la película “Sirât”. (AP/Chris Pizzello)
Oliver Laxe, director y coguionista de la película “Sirât”. (AP/Chris Pizzello)

Asimismo, requieren de una importante logística: además de las grandes torres de altavoces, generadores, gasolina o kilómetros de cables, necesitan escenografías y luces. Y es que tradicionalmente este tipo de eventos ha incluido un importante despliegue lumínico y se ha asociado a las artes visuales y escénicas.

Por otra parte, son espacios comunitarios al margen de la vida cotidiana, una especie de heterotopías y zonas liminales en las que el amor, la paz, la unión y el respeto constituyen sus normas de convivencia. De hecho, son espacios seguros y no violentos, en los que las mujeres son respetadas y no se cosifican sexualmente.

Y todo a pesar del consumo de drogas asociado a estos eventos, en los que se prefieren el cannabis y el éxtasis –asociados al baile y la fusión con la música– al tabaco, el LSD, la cocaína o el alcohol, cuyo consumo incluso llega a estar mal visto.

A nivel sociológico, las raves se caracterizan por su heterogeneidad y diversidad. Dependiendo del estilo musical al que se dediquen –techno, hardtechno, electrónica, house, psychedelic trance o breakcore– estarán dominadas por amantes de la electrónica de clubes, punks, hippies o cualquier otra subcultura urbana actual.

Aunque lo más importante es que todo el mundo es bienvenido:

“Somos una entidad masiva, una aldea tribal, global, que supera cualquier ley establecida por el hombre, así como la geografía y el tiempo en sí mismo. Somos masivos. Somos uno solo”.

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