
La puerta se cierra con un golpe seco. Es 1801. Donatien Alphonse François de Sade no sabe cuánto tiempo permanecerá encerrado esta vez. Ya conoce las fortalezas, las celdas húmedas, la espera sin juicio. Pero ahora no se trata de un escándalo privado ni de una carta familiar que pide su confinamiento para evitar el deshonor: el motivo es un libro. O dos. Justine y Juliette. Novelas donde el deseo no obedece a la moral, donde la virtud es castigada y el vicio prospera. Para el régimen napoleónico, aquello no es ficción: es dinamita.
Sade no sería el primero ni el último en descubrir que escribir sobre el amor —cuando ese amor desborda los límites aceptables— puede convertirse en delito. Desde la Inquisición española hasta la China contemporánea, el poder ha intentado regular la imaginación erótica como si fuera una amenaza al orden social. A veces el argumento fue la herejía. Otras, la obscenidad. Más recientemente, la “modestia pública” o el volumen de ventas. Pero el resultado fue el mismo: la cárcel.
Fray Luis de León
En 1572, en la España de la Contrarreforma, Fray Luis de León fue arrestado y trasladado a las cárceles secretas de Valladolid. Permanecería allí hasta 1576. Su falta no fue escribir un poema impúdico ni escandalizar a la corte. Fue traducir el Cantar de los Cantares al castellano.

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El problema no residía únicamente en el contenido del texto bíblico —con momentos de intensa sensualidad— sino en el gesto mismo de verterlo al “romance”, la lengua vulgar. En el clima posterior al Concilio de Trento, poner las Escrituras al alcance de lectores sin formación en latín o hebreo era sospechoso de herejía. Además, sus detractores en la Universidad de Salamanca lo acusaron de tratar el poema como una obra de “amores profanos”, atendiendo al sentido literal antes que a la interpretación alegórica que identificaba a los amantes con Cristo y la Iglesia.
Fray Luis defendía que para comprender la dimensión espiritual del texto era necesario entender primero su belleza carnal, su gramática, su poesía. Aquella postura bastó para que fuera señalado incluso como “judaizante”, por su respeto al original hebreo frente a la Vulgata latina.

En prisión, aislado y privado de sacramentos, escribió buena parte de De los nombres de Cristo. La celda se convirtió en espacio de pensamiento.
El mensaje era claro: incluso el amor bíblico podía ser considerado subversivo si se lo leía sin intermediarios.
El Marqués de Sade
La vida de Sade estuvo atravesada por el encierro: cerca de 27 años en distintas prisiones. Sin embargo, su detención en 1801 marcó un punto decisivo. Napoleón Bonaparte ordenó su arresto tras la publicación anónima de Justine y Juliette, calificadas como pornográficas. Justine, dijo Napoléon, “es el libro más abominable jamás engendrado por la imaginación más depravada”.
A diferencia de sus reclusiones anteriores —a menudo impulsadas por cartas familiares para contener escándalos— esta vez el Estado actuó contra el escritor. El ministro Joseph Fouché optó por mantenerlo en detención administrativa sin juicio: un proceso público solo habría amplificado las ideas que se intentaban suprimir.
En fortalezas como Vincennes o la Bastilla, Sade había escrito compulsivamente. Los 120 días de Sodoma, redactada en un rollo oculto en la pared, es prueba de esa necesidad de narrar incluso bajo amenaza. En 1803 fue trasladado al asilo de Charenton, declarado poseedor de una “demencia libertina”. Allí se le prohibió escribir, aunque organizó representaciones teatrales con otros internos.

Las novelas de Sade no solo describían prácticas extremas: desmontaban las bases morales y religiosas de su tiempo. El problema no era únicamente el erotismo, sino la filosofía que lo sustentaba. El poder entendió que aquellas ficciones no eran simples relatos escabrosos, sino una crítica radical a las estructuras de autoridad. La respuesta fue el encierro.
John Cleland
En 1748, John Cleland estaba preso en la cárcel de Fleet por una deuda de 840 libras. Culto, con experiencia en la administración británica en Bombay, había regresado a Inglaterra sumido en la pobreza. En ese contexto escribió Memorias de una mujer de placer, conocida como Fanny Hill.

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La novela —historia de una joven que se convierte en prostituta y luego alcanza respetabilidad— evitaba el lenguaje anatómico explícito y recurría a metáforas y eufemismos. Sin embargo, tras su publicación en 1749, Cleland y sus editores fueron arrestados por “libelo obsceno” y por “corromper a los súbditos del Rey”.

Ante el tribunal, Cleland adoptó una estrategia pragmática: se retractó, atribuyó el libro a la necesidad económica y expresó su deseo de que fuera quemado. Evitó una condena prolongada, pero la obra quedó prohibida. Durante más de dos siglos circuló en mercados clandestinos y enfrentó múltiples procesos judiciales, hasta que en 1966 la Corte Suprema de Estados Unidos dictaminó que no podía considerarse obscena una obra que poseyera “un mínimo de valor social redentor”.
Oscar Wilde
En 1895, Oscar Wilde pasó de ser el ingenio más celebrado de Londres a un condenado por “grave indecencia”. Durante los juicios que siguieron a su fallida demanda por difamación contra el Marqués de Queensberry, El retrato de Dorian Gray fue utilizado como prueba moral.

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El abogado Edward Carson citó pasajes de la novela para sugerir que la relación entre Basil Hallward y Dorian encubría inclinaciones homosexuales. Wilde defendió la autonomía del arte: una obra no debía juzgarse por criterios morales externos, sino por su perfección estética. El jurado victoriano no aceptó la distinción.
Condenado a dos años de trabajos forzados, fue trasladado a la prisión de Reading. El silencio obligatorio, el trabajo físico extenuante y la humillación sistemática destruyeron su salud y su posición social. Pero de esa experiencia surgieron De Profundis y La balada de la cárcel de Reading, textos donde el sufrimiento y la compasión reemplazaron al hedonismo brillante de sus comedias.
En el caso de Wilde, la ficción fue tratada como confesión. El Estado leyó en la novela una prueba de conducta. La literatura dejó de ser metáfora para convertirse en expediente judicial.
Ahmed Naji
En 2016, el escritor egipcio Ahmed Naji fue condenado a dos años de prisión por su novela Using Life. El detonante fue la publicación de un fragmento en la revista literaria Akhbar al-Adab. Un ciudadano denunció que la lectura le había provocado palpitaciones, mareos y una caída de tensión. La fiscalía sostuvo que el texto hería los “valores fundamentales de la sociedad egipcia”.

La obra Using Life (algo así como “Aprovechando la vida”) tercera en la bibliografía de Ahmed Naji y la primera traducida al inglés, despliega un pesimismo radical bajo una prosa cargada de expresiones soeces. La narración alterna conversaciones triviales sobre sexo, drogas y Led Zeppelin, mientras en el trasfondo emerge un escenario casi apocalíptico: tormentas y terremotos convierten a las pirámides en “un simple montón de escombros

Paradójicamente, la novela completa había sido autorizada previamente por la junta de censura. Pero el tribunal de apelación aplicó el Artículo 178 del Código Penal, que penaliza el material contrario a la moral pública, a pesar de que la Constitución de 2014 prohíbe encarcelar a artistas por sus obras.
Naji pasó diez meses en la prisión de Tora, compartiendo espacio con presos comunes y políticos. Su experiencia dio origen a Rotten Evidence -Evidencia corrupta-, donde describe la economía de cigarrillos, los juegos improvisados y la lucha contra la deshumanización.
En pleno siglo XXI, el deseo urbano y el lenguaje explícito seguían siendo motivo de encierro. La acusación ya no era herejía ni blasfemia, sino “herir la sensibilidad”.
Tianyi
En 2018, en la provincia china de Anhui, la autora conocida como Tianyi fue sentenciada a diez años y seis meses de prisión por su novela Gongzhan (Occupy), perteneciente al género danmei —romances entre hombres escritos principalmente por y para mujeres. En este caso, el libro relata la historia de amor prohibida entre un profesor y un estudiante.

La condena no se basó solo en el contenido erótico, sino en el volumen de ventas: más de 7.000 copias, superando el umbral que la ley considera “circunstancia especialmente grave”. Aunque la homosexualidad fue despenalizada en China en 1997, la representación homoerótica continúa sujeta a censura.
La severidad de la pena generó indignación en redes sociales, donde se comparó con condenas menores por delitos violentos.
A lo largo de cinco siglos y distintos sistemas políticos, la lógica se repite. La definición de “obsceno” cambia; el impulso de control permanece. La literatura de amor incomoda porque desplaza la autoridad: muestra deseos que no siempre coinciden con la norma, cuerpos que no obedecen al dogma, pasiones que el poder no puede administrar.
La cárcel, sin embargo, rara vez logró borrar estos libros. Al contrario, la persecución les otorgó una densidad histórica. Las paredes pueden contener un cuerpo. No así una idea. Y menos aún el deseo que la escribe.
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