
La reedición remasterizada del emblemático álbum 4º LP de León Gieco representa, tal vez, el primer acontecimiento de la música popular argentina en 2026. Publicado originalmente en 1979, el disco regresa a plataformas digitales con arte restaurado y un insert con fotografías inéditas, y es parte de una serie de relanzamientos impulsados por el Instituto Nacional de la Música (INAMU) que recupera el catálogo del extinto sello discográfico Music Hall. El proceso incluyó una remasterización a cargo de Gustavo Gauvry, bajo la producción de León Gieco y Bernabé Cantlon. Pali Muñoz se encargó de restaurar la portada que muestra a Gieco sentado en la vereda, a metros del Obelisco de Buenos Aires, y las fotografías fueron seleccionadas por Rubén Andón.
Publicado el 8 de julio de 1979, aquel 4º LP -lacónico título para semejante obra- marcó un punto de inflexión en la carrera de León Gieco. Vale contextualizar: el disco se editó en un momento de esplendor para la dictadura militar a caballo de las victorias futbolísticas de la época -seguían los ecos del triunfo en el mundial de fútbol de 1978 y se acercaba el mundial juvenil de Japón, donde la selección sub-20 capitaneada por un jovencito llamado Diego Maradona habría de clasificarse campeona también- y, por supuesto, en un tiempo de censura y represión todavía generalizadas.
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Por otro lado, un -para la época- audaz acercamiento al folklore argentino y la colaboración con músicos de diferentes géneros (del flautista Jorge Cumbo y el bandoneonista Dino Saluzzi a Charly García y Nito Mestre) definieron un nuevo rumbo para el cantautor santafesino que ya no habría de abandonar.

Si se dice que este es un disco “histórico” es porque, entre otras cosas, inicia con una canción que habría de convertirse en un himno mundial del pacifismo. “Solo le pido a Dios” nació frente a la inminencia de un conflicto bélico con Chile y se convirtió en un DNI de León Gieco para todos los tiempos. Cuenta la leyenda no tan leyenda, que en un principio, Gieco dudaba en incluirla por parecerle “monótona” hasta que Charly García le aconsejó grabarla de inmediato. Dino Saluzzi aportó su bandoneón en una sola toma casi espontánea, creando junto a la voz y guitarra de Gieco una versión irrepetible. Unos años después, cuando estalló la guerra de Malvinas, se volvió un mantra y desde entonces, un salmo de la paz en todos los idiomas. Mucho tuvo que ver para eso la voz de Mercedes Sosa quien la internacionalizó para que luego trascienda fronteras interpretada entre otros, por Joan Baez, U2, Roger Waters, Bruce Springsteen y Shakira.
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La otra perla del disco, refiere directamente al sorprendente encuentro que propuso Gieco ¿Un rockero podía cantar un chamamé? Claro que sí. “Cachito campeón de Corrientes” relata la historia de un boxeador correntino que conoce el ascenso y la caída y que, derrotado, cuando regresa a su pueblo solo encuentra pura indiferencia y desprecio de quienes se autotitulaban “los amigos del campeón”. El arriesgado paso estilístico abrió una puerta que nunca más volvió a cerrarse en casi medio siglo y que habría de sumar hitos en la historia. Rock y folclore dejaron de ser opuestos, y el concepto “música popular argentina” los integra para siempre.

El tríptico de canciones de cierre, además, incluye varias historias en paralelo. Fueron grabadas en vivo en 1978 en el estadio Luna Park, en un extraño festival organizado por una extraña fundación “para la genética humana” -en donde debutó en suelo argentino una banda de insólito nombre, Seru Giran-. Son “Canción de amor para Francisca”, una poética viñeta sobre una prostituta pueblerina; la profunda reflexión de aquella realidad en “La historia ésta” (“Alguna vez sentiste cuando un pueblo/ chorrea de su sangre nueva/ como se muere lento igual que el corazón/ de un cuenta cuentos/ Déjate atravesar por la realidad/ y que ella grite en tu cabeza/ porque es muy malo dejar pasar/ por un costado a la historia ésta”) y las potentes imágenes biológicas del “Tema de los mosquitos” (“salieron a matarse todos los animales”) concluyen un disco con peso específico ideológico y musical que transciende las décadas y se reinstala en 2026 como el testimonio vital de un artista trascendente para la cultura argentina.
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Por último, el dato visual del disco también tiene su relevancia: el diseño de tapa fue obra de Rodolfo Bozzolo, creador también, unos meses después, de la icónica portada de La grasa de las capitales de Serú Girán, aquella que ironizaba brutalmente sobre la cobertura mediática de un tiempo frívolo y oscuro de la Argentina.
[Fotos: prensa INAMU]
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