
El libro Polar Noise: Diario de una gira ártica publicado recientemente por editorial Mansalva narra las experiencias que viví allá por 2009 en una singular gira musical realizada en Svalbard: un archipiélago noruego ubicado dentro del Círculo Polar Ártico. Esta formación insular está muy cercana al Polo Norte, y allá, las temperaturas diarias llegan sin problema a los 30 grados bajo cero.
Algunos datos más sobre este inhóspito sitio: en el archipiélago la población de osos polares supera a la de humanos, allí se encuentra el piano más septentrional del mundo –que tuve la posibilidad de poder tocar y constatar que su estado dista muchísimo de ser el ideal–, como no hay hospitales no suele haber nacimientos, y debido a que los cuerpos no terminan del todo de descomponerse, una ley prohíbe estrictamente a toda persona morirse en Svalbard.
Este tour en los confines mismos del planeta fue tan extraordinario como exigente: en él, además vivenciar el frío en los límites de lo soportable, experimentamos largos viajes en scooter y tuvimos que realizar performances en condiciones extremas.
A continuación, se reproducen algunos fragmentos del libro:
1 de marzo de 2009 - 1:00 p. m.
Toma al menos un día entero llegar hasta Svalbard. En mi caso, eso supone tomar tres aviones diferentes: uno de Bruselas a Oslo, uno de Oslo a Tromsø y uno de Tromsø a Longyearbyen. Hay que hacer las conexiones en todos los aeropuertos y en algunos casos es necesario esperar ahí varias horas. Con tantos cambios, me encomiendo a la suerte para que no haya problemas con la valija. En un sillón aprovecho para ordenar un poco lo que llevo en la mochila de mano. Me estoy durmiendo antes de salir y la mayor parte del viaje va a ser de noche. Si fuera por su tamaño, debería sacarle un pasaje extra a mi cansancio.

2 de marzo de 2009 - 1:00 a. m.
Adentrados en la noche oscura de Longyearbyen, con todos los termómetros hundidos bajo cero, esperamos el transporte. Un par de minutos después llega un bus marca Volvo. Nos subimos. Después de algunos minutos de viaje nos deja en nuestro destino. El hotel se llama Mary-Ann’s Polarrigg y, en realidad, son antiguas barracas de minero restauradas, modernizadas, reacondicionadas, y ahora por lo menos bien calefaccionadas. El aura de los mineros que trabajaron acá no termina de irse del todo. Sus fantasmas deben vagar por ahí, arremolinados como los copos de nieve que se lleva el viento.
2 de marzo de 2009 - 8:30 a. m.
Me pongo la campera. Pero para salir nos dan unos trajes especiales que van arriba de toda la ropa. Parecen trajes de astronauta, solo que son bien negros para distinguirlos en la nieve. Tienen varios cierres, bandas reflectivas en las piernas, brazos, hombros y también en la espalda. Arriba traen una capucha con piel bastante abundante. Dos pares de guantes, botas de goma grandes y un casco –también negro– completan el traje. El casco entra en la capucha sin problema. Con todo eso encima uno siente que tiene un segundo cuerpo que resulta tan protector como incómodo.

2 de marzo de 2009 - 10:30 a. m.
Partimos hacia Pyramiden en una caravana de nueve scooters. Nuestro guía ruso se llama Vadim: mide casi dos metros y tiene una mirada sensible pero seria. Su traje es gris y negro y viaja en un scooter algo más grande que el resto. Vadim hace pocos meses que tiene un GPS de referenc, peroro durante años hizo este trayecto sin ninguna ayuda satelital. Es un baqueano experimentado que hace tiempo vive en Svalbard y que solo habla ruso. Salimos lentamente de Longyearbyen. Los scooters se mueven y las casas poco a poco van quedando atrás. El termómetro no se mueve: sigue marcando 30 bajo cero.
3 de marzo de 2009 - 3:30 p. m.
Los tres cuidadores miran azorados. Nunca va nadie a darles un concierto. Y justo ahora que viene alguien no saben cómo reaccionar ante una música semejante. En cambio a Vadim parece que lo divierte el ruido. Ante la situación climática cada artista hace su obra, como puede. Desarmamos y nos vamos. A la vuelta me ofrecen ir en scooter pero como había venido caminando no tengo el casco. Decido subirme igual. Pero la decisión parece no ser tan buena: el frío que me entra de frente es tal que me quema la piel dejándome una cicatriz que me toma toda la nariz. Nunca se me ocurrió que el frío pudiera quemar la piel tan fácilmente, pero ahí está la evidencia. Una marca del ártico.
6 de marzo de 2009 - 10:30 a. m.
El sol sale por momentos y después se esconde entre las nubes. Hoy definitivamente no nieva. La temperatura es de menos 20 pero ya no me sorprende. El viaje es bastante más llevadero. A mitad de camino hay un paisaje imponente. Es la costa del fiordo, que refleja los distintos colores del cielo en el agua y ambos se potencian. Paramos todos para sacar fotos. Haga lo que haga, mi cámara sigue durando solo treinta segundos y se apaga. Así que tengo únicamente ese lapso para sacar lo que pueda y guardarla. Es un esfuerzo absurdo que implica congelarme las manos cada vez que lo hago, pero ante semejante paisaje no puedo dejar de intentar sacar lo más posible, aunque después, quizás, ninguna foto sirva.
8 de marzo de 2009 - 8:00 a. m.
Por la mañana tomamos el último desayuno en el Hotel Barenstburg, pienso que voy a extrañar sus tostadas. Doy un último paseo por la ciudad; en algunas casas la nieve es tanta que directamente tapa las entradas. Hago una parada en la Casa de Cultura y compro algunos souvenirs rusos para llevar de recuerdo: matryoshkas y artículos típicos de cocina de madera, pintados de forma muy colorida. Preparamos los trineos para el viaje de vuelta. En el camino nos cruzamos con un grupo de scooters que van en sentido opuesto. Todos llevan banderines triangulares que se sacuden con el viento: los saludamos. Vamos de vuelta sin apuro en una larga caravana. Lo principal del viaje ya está hecho. Pero es mejor no dejar que la luz se nos escape.
[Fotos: Archivo personal AC]
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