El arquetipo de banda de rock and roll, 70 años después de una irrupción que cambio la cultura popular de Occidente para siempre, se corporiza en los Rolling Stones. Aunque el grupo de los hoy octogenarios (¡Mick Jagger tiene 82, Keith Richards 81!) no está exento de debates sobre su ampulosa autodenominación —“la banda de rock más grande del mundo”—, pocos discuten que hayan definido la esencia misma de un género que se transformó en cultura. Pese a que otros iconos de los años sesenta, como Bob Dylan, Paul McCartney, Eric Clapton, Neil Young y Van Morrison por citar ilustres congéneres, han cultivado carreras solistas en la cima y siguen activos, los Stones destacan por la notable solidez de su núcleo creativo: los años y la vida fueron dejando en el camino a varios de sus integrantes históricos, pero ahí están Jagger y Richards -con Ron Wood como fiel escudero- como el eje más carismático y también, más duradero de la historia del rock. A lo largo de los años, no solo han preservado una actividad continua, sino que mantienen una popularidad mundial sin precedentes.
Entonces, debe hablarse de los Stones en presente: el productor Andrew Watt y Marlon, hijo de Keith Richards, confirmaron que la banda está grabando nuevas canciones para un futuro nuevo disco. Confirmación que, obviamente, dispara entusiasmo y fantasías de una nueva gira (¿mundial? Siempre en Argentina surge la esperanza de verlos una vez más). En fin, que hay Rolling Stones para rato.
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Pero también, hay Rolling Stones del pasado para seguir descubriendo. Una inagotable cantera de canciones y shows que acumulan a lo largo de más de 60 años, los convierte en una fuente de reediciones. Ahora le toca el turno a Black and Blue (1976), un disco infravalorado en su rica historia, parte de un período confuso y nublado -sobre todo por la adicción a la heroína de Keith Richards, el canónico yonqui stone- que además, marcó la transición hacia la conformación del dúo de guitarras que se mantiene hasta el presente: fue en ese momento que Mick Taylor se bajó del barco y apareció Ron Wood, entonces guitarrista de The Faces -donde conformaba otro dúo emblemático voz-guitarra junto a Rod Stewart-.
Recapitulemos. A mediados de los años 70, Los Beatles se habían separado, Jimi Hendrix había muerto y Led Zeppelin atravesaba un período oscuro luego de publicar el brillante Physical Graffiti. Para los Stones, tampoco era un momento luminoso: luego de la muerte de Brian Jones, el joven prodigio Mick Taylor había asumido su lugar como segunda guitarra pero no contaba con una contundente presencia escénica acorde a la pirotecnia habitual de la banda.
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Sin embargo, el período comprendido entre la canción “Jumpin’ Jack Flash” (1968) y el álbum doble Exile on Main St. (1972) sigue siendo el pico creativo e icónico la banda. Los álbumes de estudio Let It Bleed (1969) y Sticky Fingers (1971), además del disco en vivo Get Yer Ya-Ya’s Out! (1970), les dieron el repertorio y la imagen que aún los define: una mezcla incendiaria de sexo, drogas, satanismo y radicalismo político, entregada con su fusión característica de la distancia irónica de Jagger y la intensidad desaliñada de Richards. Sus discos y conciertos de esa época exploraron y proporcionaron la banda sonora de las contradicciones de una contracultura en colapso, en un momento en que casi todos los demás—con la excepción de The Doors, The Velvet Underground y The Mothers of Invention de Frank Zappa—parecían seguir en un estado de euforia psicodélica.
Producidas primero por Glyn Johns y Jimmy Miller y luego por el propio Jagger y Richards (como los “Glimmer Twins”), las grabaciones de este período los muestran incorporando la música country a su lista de influencias y—especialmente en Beggars Banquet—añadiendo cada vez más texturas de guitarra acústica a su ya impresionante dominio de los matices musicales.
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A la vez, su incursión impulsada por el blues en el corazón de las tinieblas de la época dio frutos amargos. Cuando un joven afroamericano (Meredith Hunter) fue asesinado por los Hells Angels (contratados como seguridad) en un desastroso concierto gratuito en el Altamont Speedway en Livermore, California, durante la gira estadounidense de 1969, a muchos observadores les pareció que el propio aura de decadencia y peligro de los Stones era, de alguna manera, responsable de la tragedia.
La calidad de su música comenzó a decaer después de Exile on Main St. Jagger y Richards empezaron a escenificar la fascinación del grupo por la yuxtaposición de la alta sociedad y el bajo mundo: el cantante se convirtió en una figura del jet set; el guitarrista, en un consumidor habitual de heroína que finalmente “se desintoxicó”, salvando así tanto su propia vida como el futuro de la banda. En ese contexto, Mick Taylor se fue en 1975 y fue reemplazado por Ron Wood.
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Black and Blue (1976) fue el decimotercer álbum de estudio de la banda, en plena transición de guitarristas: durante la búsqueda de un reemplazo para Taylor, por el proceso de selección desfilaron nombres como Steve Marriott de Small Faces, Peter Frampton, Rory Gallagher y hasta Eric Clapton. Sin embargo, las aspiraciones individuales y los proyectos personales de cada uno impidieron su incorporación. Ninguno estuvo dispuesto a relegar su desarrollo personal en favor de unirse a una banda ya establecida, en donde inevitablemente ocuparían un rol secundario.
La candidatura que finalmente prosperó fue la de Ronnie Wood, que, más allá de su habilidad como guitarrista, tenía una personalidad afín al espíritu irreverente de Richards y al entorno de los Stones. Su perfil difería del de figuras imponentes como Clapton o Beck, quienes, por su condición de solistas, habrían alterado el delicado equilibrio jerárquico del grupo.
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Durante la grabación de Black and Blue en un estudio de Múnich, Alemania, se convocó a varios guitarristas para explorar posibles incorporaciones. Participaron Harvey Mandel (de los bluseros tradicionalistas Canned Heat), Wayne Perkins (sesionista estrella de Bob Marley, Joe Cocker y Leon Russell) y el propio Wood. Aunque cada uno aportó recursos técnicos distintos, no se definió a un reemplazante inmediato. La resolución llegó una vez finalizadas las grabaciones. La ruptura de los Faces, precipitada cuando Rod Stewart decidió priorizar su camino solista, dejó a Wood libre para ser formalmente incorporado. Su entrada quedó ratificada en las fotografías promocionales del disco.
En ese mismo proyecto, las contribuciones de Billy Preston y Nicky Hopkins al teclado y al órgano enriquecieron la sonoridad del álbum. Black and Blue, publicado en mayo de 1976, se posicionó en el primer lugar de ventas en Estados Unidos y en el segundo en Reino Unido, destacando como un éxito inesperado tratándose de una etapa de transición para la banda. El álbum guarda una anécdota especial: en estas sesiones, los Rolling Stones experimentaron con una versión reggae de “Star Me Up”, un tema que años después, ya renombrado como “Start Me Up”, sería reelaborado con un estilo rock y terminaría convertido en uno de sus grandes clásicos de todos los tiempos, con un riff de guitarra inmortal.
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El álbum, desparejo en la calidad de las canciones, muestra un enfoque más experimental, incorporando reggae, funk y soul al sonido característico del grupo. Además, es el segundo trabajo autoproducido por Jagger y Richards bajo el seudónimo The Glimmer Twins. El repertorio destaca por la diversidad estilística y la inclinación a la experimentación. Formado por apenas ocho temas, revela un espíritu de sesión abierta en el estudio, más centrado en la prueba e incorporación de Ron Wood que en forjar un concepto unificado. Sin embargo incluye perlas: “Hot Stuff”, super funk influido por la música disco en boga por aquella época; “Memory Motel”, una composición distinguida por la intervención de Keith Richards al piano y Billy Preston al órgano; y “Fool to Cry”, icónica balada ubicada por fans y expertos arqueológicos como una de las grandes canciones de los Rolling Stones. Medio siglo después, basta con esas tres para apreciar la significación de la obra.
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