
Este jueves, el escritor chileno Rafael Gumucio presenta en Argentina su nuevo libro. Se titula El vértigo de Eros y aborda la vida del pintor surrealista chileno Roberto Matta, centrándose en sus intensos años en Nueva York entre 1939 y 1948. El evento será, justamente, en el Centro Cultural Matta, en Tagle 2762, Ciudad de Buenos Aires.
Roberto Matta fue un destacadísimo arquitecto, pintor y escultor. Nació en Santiago de Chile en 1911 y se radicó en diversos países a lo largo de su vida, participando activamente en el movimiento surrealista europeo. Su obra combinó elementos cósmicos y oníricos, integrando aspectos de la ciencia, la naturaleza y el subconsciente humano.
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Mantuvo vínculos con grandes figuras como André Breton y Salvador Dalí, y su trayectoria se distinguió por su experimentación con nuevas técnicas y materiales. Sus pinturas se caracterizan por crear paisajes abstractos y visiones espaciales, donde mezcla formas orgánicas y estructuras geométricas. Falleció en 2002 en Italia.

Rafael Gumucio es un escritor, periodista y académico nacido en Santiago en 1970. Ha publicado novelas, ensayos y crónicas, abordando temas de identidad, política y sociedad chilena, con una mirada crítica y reflexiva. COmo dato de color, es hijo del historiador Rafael Luis Gumucio y nieto del político Rafael Agustín Gumucio.
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Su obra literaria incluye títulos como Memorias prematuras, Monstruos cardinales, La deuda y Milagro en Haití. Además, es uno de los fundadores de la revista The Clinic, ha ejercido la docencia y participado en proyectos audiovisuales en la televisión chilena, consolidándose como una voz relevante en el debate público contemporáneo.
A continuación, publicamos un fragmento de El vértigo de Eros, editado por el sello Universidad Diego Portales en su colección Vidas Ajenas:
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Roberto Matta Echaurren odiaba Nueva York, el lugar donde pintó sus cuadros más importantes y que lo convierte en el más influyente de los pintores nacidos en Chile. Los años en que vivió ahí, de 1939 a 1948, pasó de ser una ciudad industrial y poco significativa a, gracias a los exiliados que llegaron como él durante la Segunda Guerra Mundial, a ser la nueva capital cultural e intelectual del mundo. En ese momento Matta fue protagonista esencial, pero que no le impedía comparar a los Estados Unidos con un bosque que cree que su destino es convertirse en una fábrica de muebles.
«En Nueva York solo interesa la tecnología –denunciaba–. No les puedes pedir a los neoyorquinos, que se han dedicado en exclusiva a la publicidad y al comercio, que tengan ganas de un arte creador de conciencias y de amor profundo». Sin embargo, es ahí donde Roberto Matta –pieza obligada de todo coleccionista chileno, y también del MET y del MoMA– dejó el dibujo y empezó a pintar con los ojos vendados, con un solo ojo, con las manos y los codos, salpicando pintura al azar. Más que en ninguna otra parte, fue influyente, incluso esencial para una generación de artistas, la llamada Escuela de Nueva York (Pollock, Rothko, Motherwell), a la que siempre se esforzó en despreciar. Incluso, es donde nacieron sus dos hijos mayores y vivían sus dos primeras esposas (las dos estadounidenses, la tercera, también norteamericana la conocerá en Italia años después de su estadía en los EE.UU.).
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Más que en ninguna otra parte fue tentado por el éxito, la fama y la soledad, quizás de esto venga su aversión. A pesar de la indudable fama que lo acompañó desde que llegó semiexiliado a fines de 1939, Matta pensaba que «casi se podría decir […] que a mí no me pasó nada en ese periodo. Para mí no ocurría nada en usa. Todo era así como interrumpido…».
Yo también odio Nueva York, reflexiono al caminar por el West Village, en las mismas calles donde lo hizo por primera vez Matta en otoño de 1939, con siete dólares en los bolsillos. O más bien, como él, no sé cómo amarla. Son las 8:48 a. m. en el Waverly Diner de la Sexta Avenida y la calle Waverly. Acabo de dejar a mi hija Beatrice en su colegio en la calle Morton y Hudson Avenue. Camino por las avenidas nubladas del West Village, entre ejecutivos hipnotizados, señoras y señoritas que salen a borbotones de la iglesia y se instalan a conversar en la vereda con una cruz negra dibujada en la frente. Sonríen como un ejército de muertos vivientes que van a contagiarle sus cruces a todos los transeúntes, igual que una peste. Es Miércoles de Ceniza, recuerdo de pronto, por eso tienen esa cruz negra y pienso que quizás era mejor suponer que se trataba de un rito nuevo, improbable, así como los protocolos que se impusieron sobre la asustada población a causa de un virus que amenaza con contagiar la ciudad, es decir, al mundo entero en aquel febrero de 2020. Un virus que no se sabe por qué no ha contagiado a nadie en Nueva York, aunque tiene encerrado a toda Francia, España, Italia y China, de donde vino.
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¿No es eso el surrealismo, separar las imágenes de sus explicaciones? ¿Los hechos de sus consecuencias? La cruz en la frente y el Miércoles de Cenizas. Tengo, como Matta, una esposa gringa y dos hijos, dos hijas en mi caso, gringos. Como él, debo hacerme un destino aquí, vencer o morir, salvar mi matrimonio y no perder a mis hijas, convencer a mi familia de que estoy dispuesto a intentar ser un buen extranjero, alguien que postula algún día a ser un buen inmigrante.
«En USA la cuestión es complicada –continúa quejándose Matta– porque si no eres un inmigrante en el sentido de verdaderamente querer integrarte y ser ciudadano de los Estados Unidos, eres como nada».
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Odio Nueva York, odio mi vida que elegí también lejos, porque nadie me exilió, porque al casarme con una neoyorquina, como Matta, me casé, también, con Nueva York. Y los chilenos de Brooklyn esperando en sus opening en Dumbo o de Chelsea algún coleccionista gringo, algún enviado de una bienal con los que desplegar sus statement queer, mulatos, latinos, interculturales. Toda esta estafa del arte-política, o de la política en el arte, todo ese colonialismo poscolonial ante el que el más orgulloso agacha la cerviz y aguanta la humillación de inventarse una etnia, un dolor, una opresión sobre la que mentir. Y mi inglés con acento francés mezclado con el castellano irrenunciable que no logra terminar del todo las frases en que se enreda explicando que ese país ultraconservador y pinochetista que las universidades americanas estudian, y los festivales de cine premian, no es tan así, o es así, pero es también lo contrario.
Odio esta ciudad. Me odio en ella al mismo tiempo que la amo cuando el viento del puerto se infiltra por las calles del West Village y la isla parece, de pronto, un barco que no se suelta del todo de sus amarras. Y los chispazos en los rieles del metro, las ratas que dominan la estación de la calle 42. Y el horror de los colores del Times Square que me recuerdan algunos de los cuadros de Matta.
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Amo y detesto el éxito y el fracaso total que solo existen aquí.
Mi ambición insatisfecha, siempre que me mantienen al margen de la historia siguiendo a los comulgantes muertos vivientes del Miércoles de Ceniza en Waverly Place, Christopher Street y el 9 de Gay Street, donde Roberto Matta se instaló a esperar que le dieran una beca para poder llegar a fin de mes. Sus cartas de recomendación eran de Le Corbusier y André Breton, que no bastaron porque en el Nueva York de 1939 nadie sabía quién era Le Corbusier y menos aún André Breton.
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Tengo 50 años y decidí ser nadie en Nueva York. Cuando elegí ser escritor sabía que tendría que irme de Chile si no quería ser solo «un escritor chileno». Cuestión de tamaño, un país con dieciocho millones de personas al fin del fin del mundo no puede alimentar la vocación artística de nadie. Todos los artistas importantes, desde Pablo Neruda a Claudio Arrau, de Matta a Raúl Ruiz, pasando por Donoso, vivieron la mayor parte de su vida adulta fuera de Chile. Esto vale tanto para el bolerista Lucho Gatica como para el artista conceptual Juan Downey y, por supuesto, para Gabriela Mistral, la más chilena de los poetas chilenos, que vivió casi toda su vida en países tan distintos y distantes como Brasil, España, México, Portugal y Estados Unidos.
Pero a dónde irse, Si escribir, pintar o componer es pertenecer, es entender dónde naciste y de quién, ¿cómo irse? Si los que te vieron nacer son los únicos que pueden verte morir. ¿Cómo irse? ¿Dónde? No me resigno a ser extranjero, que es lo que he sido casi toda mi vida. Que es lo que Matta también siempre fue, pero en su caso fruto de una voluntad, de un esfuerzo, de un empeño que me cuesta entender.
Porque todos nos vamos alguna vez de la casa en que fuimos niños, pero irse de nuevo, y de nuevo, en el caso de Matta, de París a Nueva York y de Nueva York a Roma y de Roma a Londres y de Londres de nuevo a París, en todos esos lugares sin un peso, sin un destino claro, empezando en todos esos lugares desde cero una y otra vez.
Presentación
El vértigo de Eros. Roberto Matta en Nueva York, 1938-1948, de Rafael Gumucio
Fecha: jueves 6 de noviembre de 2025, a las 18 h
Lugar: Centro Cultural Matta, Embajada de Chile en Argentina — Tagle 2762, Ciudad de Buenos Aires
Participan: Rafael Gumucio, Alejandro Goic y Andrés Duprat
Organizan: Centro Cultural Matta y Museo Nacional de Bellas Artes
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